Málaga tiene una ciudad para enseñar y otra para vivir. La primera es la de calle Larios, los hoteles, las terrazas y las promociones inmobiliarias de lujo. La segunda es la de los barrios: calles sucias, contenedores rodeados de basura, parques infantiles deteriorados, pistas deportivas en mal estado, jardines descuidados, árboles que desaparecen y vecinos que llevan años reclamando algo tan elemental como que el Ayuntamiento se acuerde de ellos. Esa es la Málaga que Francisco de la Torre no quiere enseñar. La Málaga que ha quedado detrás del escaparate.

Después de más de dos décadas en la Alcaldía, De la Torre, alcalde del PP, ya no puede culpar a nadie. Si Málaga está sucia, es su responsabilidad. Si los parques están deteriorados, es su responsabilidad. Si los jóvenes no tienen pistas deportivas en condiciones, es su responsabilidad. Si hay barrios sin zonas verdes suficientes, es su responsabilidad. Y si los vecinos aseguran que el alcalde lleva años sin aparecer por determinadas barriadas, también es su responsabilidad. De la Torre no es un alcalde que necesite tiempo: lleva demasiado tiempo. Y el resultado es una ciudad cada vez más desigual, donde parece que el cuidado depende de si el lugar resulta rentable para el negocio turístico o inmobiliario.

En 2023, la OCU otorgó a Málaga 41 puntos sobre 100 en limpieza, un suspenso rotundo. La propia organización señalaba la limpieza como una de las principales demandas de los malagueños. En septiembre de 2025, vecinos de El Torcal y de la avenida de La Paloma denunciaban suciedad, ratas y falta de recursos de limpieza. En Puerta Blanca, el PSOE recogía denuncias sobre plagas, suciedad acumulada y árboles que llevaban años sin poda.

En Sixto, las reclamaciones vecinales incluían falta de limpieza y baldeo, ratas en parques infantiles, malos olores por un alcantarillado sin mantenimiento, ausencia de poda, calles que necesitan asfaltado y aceras en las que los vecinos sufren caídas. Y en La Luz, otra de las grandes barriadas de Carretera de Cádiz, los vecinos han vuelto a denunciar en 2026 abandono, falta de inversión y ausencia de control sobre servicios públicos básicos. No son tres calles. No es un problema puntual. Es una fotografía de una ciudad.

Hay algo especialmente grave en todo esto: la sensación de que existen barrios de primera y barrios de segunda.

Y luego están los parques infantiles. Hay pocas cosas que retraten mejor la gestión de una ciudad que el estado del lugar donde juegan sus niños. En marzo de 2026, Con Málaga reclamó una auditoría del estado de los parques infantiles después de recibir numerosas quejas vecinales en distintos barrios. Se denunciaron juegos rotos, pavimentos de seguridad deteriorados, elementos potencialmente peligrosos y falta de limpieza y mantenimiento.

Y luego están las instalaciones deportivas, reducidas en muchos casos a la mínima expresión, con un equipamiento y una iluminación que dejan mucho que desear. Aunque eso sí, siempre está la alternativa de las instalaciones privadas.

Después están las zonas verdes. Aquí De la Torre parece tener una concepción del medio ambiente parecida a la de Ayuso: una macetita en la ventana y asunto solucionado. El propio Ayuntamiento reconoce enormes diferencias territoriales. Su Estudio de Vulnerabilidad y Territorio de 2024 señala que barrios como Camino de Suárez, La Bresca, Suárez, Las Pedrizas y Los Tilos no alcanzan siquiera 10 metros cuadrados de zonas verdes por habitante.

Eso es lo que debería preocupar al alcalde: no solamente cuántos metros cuadrados puede colocar en una estadística, sino cuántos árboles puede ver un niño cuando sale de su casa, cuánta sombra tiene una persona mayor cuando camina por su barrio, cuántos parques tiene una familia cerca y si esos parques están cuidados. Porque una zona verde no es un número. Es un árbol, es una sombra, es un banco, es un lugar donde sentarse, es un espacio donde respirar.

Por eso resulta especialmente doloroso lo ocurrido estos días en La Paz. Un árbol histórico de grandes dimensiones de la calle Realenga de San Luis fue talado después de que una de sus ramas se desprendiera. Los vecinos se reunieron alrededor del ejemplar para despedirlo y escribieron mensajes sobre su tronco. Para ellos no era simplemente un árbol: era un símbolo de la historia y de la identidad del barrio.

Se puede discutir si la tala era inevitable por razones de seguridad. Lo que no se puede discutir es lo que significa perder un árbol así para un barrio que necesita precisamente más sombra, más verde y más espacios de convivencia. Y esa sensibilidad también debería formar parte de gobernar.

Y luego están los aparcamientos. Ahí están dos ejemplos especialmente sangrantes. El aparcamiento del Hospital Civil, con precios que muchos usuarios consideran desproporcionados, termina convirtiéndose en una especie de copago sanitario para pacientes y familiares que necesitan acudir al hospital en una zona con dificultades de acceso, sin conexión de Metro y con alternativas de transporte público muy limitadas. Y la factura no la soportan únicamente quienes van al hospital: también los sanitarios que tienen que acudir diariamente a trabajar.

Algo parecido ocurre en el PTA, donde la implantación de la zona azul en una zona sin alternativas reales para muchos trabajadores ha provocado un profundo malestar. Se podrá llamar como se quiera, pero para quienes tienen que pagar todos los días por aparcar para poder ir a trabajar, la sensación es la de un auténtico robo a mano armada.

Todo parece convertirse en una operación: el suelo, la vivienda, el aparcamiento, el turismo, el centro. Y mientras tanto, la vida cotidiana de los vecinos queda relegada.

Los barrios están cansados, están sucios y están peor mantenidos de lo que merecen. Hay parques que necesitan atención, jardines que necesitan cuidados, árboles que necesitan protección y vecinos que llevan años reclamando que el Ayuntamiento los escuche.

Y hay una pregunta que De la Torre, alcalde del PP desde hace más de dos décadas, debería responder: ¿para quién está gobernando Málaga?

Porque si gobierna para los turistas, para los grandes inversores, para las promociones de lujo y para quienes ven Málaga como una oportunidad de negocio, entonces puede seguir presumiendo del escaparate.

Pero si gobierna para los malagueños, tiene una tarea mucho más sencilla y mucho más difícil al mismo tiempo: salir de calle Larios. Ir a La Luz, a Sixto, a Palma-Palmilla, a Carretera de Cádiz, a Huelin, a Cruz de Humilladero, a La Paz y a los barrios donde no hay focos ni alfombras rojas. Caminar, mirar, escuchar y comprobar cómo viven aquellos a quienes representa. Necesita que alguien se ocupe de ella.

Y después de más de dos décadas, la decadencia de sus barrios ya no puede presentarse como un accidente, una casualidad o un problema menor. Es el resultado de una manera de gobernar. Una manera que ha cuidado demasiado el escaparate y demasiado poco la casa.

Porque una ciudad no demuestra su grandeza por cómo recibe al turista. La demuestra por cómo trata a sus vecinos. Y los barrios de Málaga llevan demasiado tiempo esperando que De la Torre se acuerde de ellos.

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