Todos hemos sido educados, desde niños, en muchos miedos y terrores. Uno de ellos es el miedo que nos inculcan a lobos feroces, fieras salvajes, bestias aladas, monstruos marinos, según ese repugnante ideario antropocéntrico que vierte sobre las especies animales todo lo inmundo y detestable de la propia especie humana; con ese engranaje psicológico, muy propio de narcisistas y personalidades similares, que proyectan en el otro las miserias propias, incapaces de percibirlas ni asumirlas en sí mismos; coloquialmente la famosa “ley del espejo”. En definitiva, nos han hecho proyectar la maldad y la monstruosidad humanas en los animales de otras especies, aunque en ellos no existe la crueldad, ni la perversidad, ni el disfrute con el sufrimiento ajeno, algo exclusivo de una parte de la especie humana.

Dice Noam Chomsky que no concibe la vida sin la tendencia a cuestionarlo todo. Pues yo soy un poco igual, sobre todo y especialmente cuando percibo que hay algo en alguna idea, proposición o argumento que no me cuadra. Y, a estas alturas, me parece a mí que descuadran muchas, demasiadas cosas. Algo me descuadraba profundamente, desde muy pronto, con este tema de los monstruos y los animales. Me preguntaba por qué se utiliza siempre a los animales como carnaza con la que alimentar a los miedos y los terrores humanos. Un simple pequeño análisis fijándonos en la realidad desbarata todo eso: somos los humanos los que abusamos, torturamos, encerramos, asesinamos y despreciamos a miles de millones de animales diariamente en todo el planeta; planeta que hemos convertido, parafraseando a Shopenhauer, en un infierno para ellos.

Por cada animal que mata a un ser humano (siempre por hambre, por defensa o por miedo), mueren cientos de millones de ellos, casi siempre tras vidas agónicas, a manos humanas. No hay punto alguno de comparación. Dice el actor Joaquin Phoenix, gran animalista, que “nos sentimos con el derecho a inseminar a una vaca y robarle a su bebé aunque sus gritos de angustia sean insoportables”. Pero, sin embargo, nos adoctrinan en esa idea que contempla lo grotesco y lo aberrante casi siempre con identidad animal. Poco a poco fui sabiendo los motivos. Hace tiempo di con una frase definitiva que leí una vez en una entrevista al escritor norteamericano Lovekaraft, muy conocido por crear monstruos cósmicos en sus cuentos y novelas de ciencia.ficción y terror. En esa entrevista decía, en respuesta a una pregunta, que los monstruos literarios que creaba estaban inspirados todos en seres humanos que había conocido; “todos los monstruos son humanos”, dijo, a modo de resumen final. Ésa es la clave.

Crueldad y perversidad nos rodean a diario, en muchos aspectos, ámbitos y direcciones. En política se hace muy evidente:, dictaduras, ideas totalitarias, represiones, genocidios, injusticias, intolerancias y odios. Parece que nos queda muy lejos, pero todos esos argumentarios homófobos, racistas, liberticidas que se profieren con mucha asiduidad en la actualidad provienen claramente del odio. Y provienen también del odio todos esos modus operandi neoliberales que llevan décadas despojando a millones de ciudadanos de derechos,  de prestaciones, de sanidad y educación públicas de calidad, recortando todo lo que tenga que ver con ayuda a las personas.

En su reciente discurso en Madrid,  al recibir la Medalla de la Comunidad de Madrid de manos de su presidenta, Milei emitió unas palabras realmente graves e intolerables en una democracia. Habló de destruir el socialismo, y dijo literalmente “No dejen que el socialismo les arruine la vida. Los socialistas creen en un monstruo llamado Justicia social”. Me temo que los que arruinan a las personas, a las sociedades, a los países no son los socialistas. Que se lo digan a millones de argentinos. Como sabemos, la Argentina de Milei es un país destruido, más del 60 por cien de pobreza, el dinero que posee al día un argentino medio es menor que lo que cuesta un kilo de arroz, y su legislatura no ha hecho más que empezar. Parece que disfrutan despreciando a las personas más vulnerables, con una aporofobia que dice mucho de la calidad humana de neoliberales y neofascistas

Efectivamente, vemos cómo las ideologías neoliberales de Milei son idénticas, en muchos aspectos, a las de las derechas y extremas españolas. En el fondo, en España llevan décadas haciendo lo mismo. Recordemos los recortes de Rajoy, las viviendas sociales entregadas a fondos buitre, los despidos de funcionarios, los contratos basura, la destrucción de lo público, la financiación pública de lo privado, el cierre de plantas de oncología infantil, la bajada de salarios; hasta recuerdo algo que me quedó grabado en la memoria: la retirada de bancos de calles y plazas, en el Madrid de Botella, para que no pudieran dormir y “afear” el panorama. Aporofobia, odio a los “pobres”, en su máxima expresión, y un desprecio absoluto a la justicia social, que Milei ha calificado de “monstruo”. Aunque la justicia social es la columna vertebral de toda democracia, y aunque los fondos para la justicia social provienen, en su mayor parte, como todos los fondos, del dinero que, en su mayoría, aportan con su trabajo las pequeñas empresas y las mismas clases trabajadoras.

Lovekraft estaba lleno de razón. Los monstruos no son animales, ni es la Justicia social, como dice Milei; los monstruos son todos humanos. Y todos sabemos qué tipo de seres humanos.

Coral Bravo es Doctora en Filología