Cuando alguien afirma con desparpajo que el Gobierno de Pedro Sánchez no ha hecho nada en ocho años, no está describiendo la realidad. Está recitando un mantra. Un mantra que repiten quienes tienen un problema serio con los hechos, y un problema aún mayor con las soluciones que este Gobierno ha puesto encima de la mesa para la mayoría social.
Hablemos claro. Hablemos de lo que se ha hecho. Y hablemos de quién lo ha impedido.
El escudo social: hechos, no relatos
Desde 2018, este Gobierno ha construido un escudo social que no existía antes. No es retórica: es política pública con nombres y cifras. El Ingreso Mínimo Vital, impulsado en plena pandemia, ha llegado a casi un millón de hogares y a cerca de tres millones de personas. Gracias a él, España ha dejado de ser la excepción europea que abandonaba a quien caía en la vulnerabilidad. La tasa de pobreza ha bajado al 19,7%, el valor más bajo de la serie histórica, y la desigualdad, medida por el índice de Gini, ha caído de 33 puntos a 31,2.
Las pensiones se revalorizan conforme al IPC. La pensión media de jubilación ha superado los 1.300 euros, casi 400 euros más que en 2018. El Salario Mínimo Interprofesional ha subido un 61% en siete años, con un impacto especial en las mujeres, que representan el 60% de quienes lo perciben. El bono social eléctrico protege a cerca de 98.000 familias vulnerables en Galicia, y se ha prohibido el corte de suministros básicos a hogares en riesgo.
Estos no son logros menores. Son la diferencia entre llegar a fin de mes o no llegar. Entre tener una pensión digna o no tenerla. Entre la exclusión y la cohesión.
Vivienda: la batalla que las derechas no quieren que se gane
La vivienda es el gran desafío de esta década. Y este Gobierno ha sido el primero en abordarlo con instrumentos reales. La Ley 12/2023, por el Derecho a la Vivienda, es el primer marco normativo estatal en democracia que regula el alquiler y protege a los inquilinos. El Sistema Estatal de Referencia del Precio del Alquiler ha permitido que, en los municipios catalanes declarados tensionados, los precios regulados hayan caído un 0,9% interanual, frente al aumento del 6,1% en el resto.
Se ha limitado la subida del alquiler al 3%. Se ha ampliado la suspensión de desahucios para familias vulnerables. Se ha creado un Bono de Alquiler Joven de 250 euros mensuales, que ya ha llegado a más de 66.000 jóvenes. Se han movilizado 80.745 viviendas del Plan de Vivienda en Alquiler Asequible y se han firmado más de 800 acuerdos con comunidades y ayuntamientos. El presupuesto en vivienda ha pasado de 481 millones en 2018 a 3.741 millones en 2024.
¿Es suficiente? No. Pero es infinitamente más de lo que se hizo antes. Y es infinitamente más de lo que las derechas quieren que se haga.
La labor de las derechas: bloquear, tumbar, destruir
Aquí llegamos a la hora de la verdad. Porque quienes dicen que “no se ha hecho nada” son, en muchos casos, los mismos que han hecho todo lo posible para que no se haga nada.
El pasado 1 de octubre de 2026, el Congreso tumbó dos decretos de vivienda que contenían medidas como la protección frente a desahucios de personas vulnerables, la regulación de alquileres temporales y la prórroga de contratos de arrendamiento. ¿Quién votó en contra? PP, VOX y Junts. Juntos. Las derechas españolas y las derechas catalanas, unidas por el mismo propósito: que nada cambie.
No fue un accidente. Era la tercera vez en la legislatura que el mismo bloque tumbaba la protección contra los desahucios. El PP lleva ocho años diciendo que el Gobierno no hace nada en vivienda mientras vota sistemáticamente contra todo lo que el Gobierno intenta hacer en vivienda. VOX, por su parte, sostiene que proteger a los inquilinos vulnerables los expulsa del mercado. Es una lógica perversa: si no puedes desahuciar a nadie, nadie alquilará a nadie. Traducido: si protegemos a los vulnerables, los condenamos. Mejor dejarlos en la calle, por su propio bien.
Y Junts. La formación de Puigdemont, que se presenta como adalid de la justicia social catalana, votó junto a la extrema derecha española contra las medidas de vivienda. Su portavoz, Míriam Nogueras, pidió “negociar a puerta cerrada”. Pero votó con PP y VOX. Gabriel Rufián, de ERC, lo dijo sin ambages: “Que ustedes tienen intereses inmobiliarios lo sabe todo el mundo”. Puede sonar duro. Pero cuando tu voto coincide con el de VOX contra la protección de los desahuciados, las explicaciones sobran.
Las injusticias se combaten con votos
Hay una lección que conviene recordar en estos tiempos de cinismo y desafección. Las injusticias no se combaten con tuits indignados. No se combaten con abstención. No se combaten con el “todos son iguales”.
Se combaten con votos. Con partidos. Con representación. Con mayorías parlamentarias que aprueben leyes y decretos que cambien la vida de la gente.
Los partidos políticos no son perfectos. Son imperfectos, contradictorios, a veces frustrantes. Pero son el único instrumento que la democracia ha inventado para transformar la realidad. Sin partidos que defiendan políticas concretas, las injusticias se perpetúan. Sin mayorías que las sostengan, los avances se revierten.
Lo que ocurrió con los decretos de vivienda es la prueba definitiva. El Gobierno propuso. Las derechas dispusieron. Y los desahucios que se produzcan a partir de ahora llevarán los nombres y apellidos de quienes votaron que no.
La hora de la verdad
Este no es un artículo para pedir el voto para nadie. Es un artículo para pedir lucidez. Para pedir que dejemos de repetir consignas y empecemos a mirar los hechos.
Este Gobierno ha construido un escudo social que protege a millones de personas. Ha aprobado la primera ley de vivienda de la democracia. Ha aumentado el presupuesto en vivienda un 677% en seis años. Ha subido las pensiones, el salario mínimo, ha creado el Ingreso Mínimo Vital.
Las derechas españolas y catalanas han votado contra todo eso. Una y otra vez. PP, VOX y Junts. Juntos. Contra los desahuciados. Contra los inquilinos. Contra los vulnerables.
La hora de la verdad no es la hora de los discursos. Es la hora de las urnas. Y las injusticias, las de verdad, las que duelen en el bolsillo y en la dignidad, solo se combaten de una manera: con votos.
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