Decenas de personas protestan por Maricarmen, frente al Congreso de los Diputados, a 7 de octubre de 2026, en Madrid (España). Fernando Sánchez / Europa Press.
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La pasada semana una noticia nos impresionaba y nos rasgaba el corazón. Maricarmen, la anciana de 87 años cuyo desahucio impactó al país entero y fue la mecha que encendió el polvorín de las movilizaciones por una vivienda digna, había muerto. Murió en el hospital, después de dos semanas ingresada desde el mismo momento en que la desalojaron de su casa.
No lo podíamos creer. Aquella mujer, que podía ser nuestra madre, nuestra tía o nuestra hermana, parecía estar todo lo bien que su edad y sus circunstancias hacían suponer. Incluso había enviado mensajes desde su cama del hospital animando a la gente a que no desfalleciera en la lucha por causas como la suya.
Pero lo que pasaba después también parecía increíble. Al menos, me lo parecía a mí que, en mi ingenuidad, aun creo en la bondad del ser humano y en sentimientos como la compasión o la empatía. Quizás se trata de una defensa de mi subconsciente para hacer más digerible nuestro mundo.
Tras lo ocurrido, podíamos imaginar que las muestras de solidaridad y los minutos de silencio se iban a suceder por todas partes, independientemente de las tendencias, las ideologías, las filias o las fobias de cada cual. Al fin y al cabo, había fallecido una mujer que, como decía antes, podía ser nuestra madre, nuestra tía o nuestra hermana.
Sin embargo, no fue así. Es cierto que los minutos de silencio afloraron por todos los puntos cardinales de este país nuestro, pero también lo es que hubo quien se negó, desde las instituciones, a llevar a cabo esta pequeña muestra de respeto. Incluso hubo quien denegó la posibilidad de hacerlo, obligando a quienes querían hacerlo a salir a la calle para ello. Adiós, compasión, hola ideología.
Aunque tal vez esto no fue lo peor. Lo peor han sido los mensajes y manifestaciones que hemos podido leer y oír de la boca de personajes públicos -y también de seres anónimos- que no solo culpaban indirectamente a la clase política del bando contrario de haber provocado la muerte de Maicarmen, sino que llegaban más lejos. Y no se referían a provocarla con su actitud o decisiones, sino que directamente hablaban de asesinato y hasta reclamaban una autopsia para determinar la causa de la muerte. Una auténtica barbaridad.
No obstante, no podemos perder el norte. Ni afirmar que la han matado unos u otros. Maricarmen murió de muerte natural, porque a los 87 años y con una salud ya precaria es lo más natural que le sobreviniera la muerte. Pero no murió igual que hubiera muerto si todo esto no hubiera sucedido. Porque puede que a Maricarmen le hubiera llegado la hora ya, pero habría acabado sus días en su casa de siempre, acompañada de sus recuerdos de siempre, y no viéndose arrojada de ella a la fuerza. De modo que habría muerto, sí, pero no igual.
Ahora, con las elecciones generales convocadas y la precampaña primero y la campaña después, en marcha, el nombre de Maricarmen va a salir por todas partes. Nos guste o no, su figura se va a convertir en un arma arrojadiza y probablemente oigamos más veces su nombre que el de muchos de los candidatos que van en las listas.
Por eso hay que pedir, cuanto menos, respeto. Respeto para ella y para la causa que ella defendía. Es el mejor homenaje que podemos hacerle.
SUSANA GISBERT
Fiscal y escritora @gisb_sus)




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