Hay gestos políticos que muerden más que mil discursos. El sábado 28 de marzo, Pedro Sánchez subió a Instagram un vídeo pedaleando por la montaña con una gorra roja calcada, hasta en la tipografía, a la mítica visera de Donald Trump. Pero donde el magnate neoyorquino borda “Make America Great Again”, la del presidente español decía “Make Science Great Again”: “Hagamos la ciencia grande otra vez”. Y antes de arrancar a pedalear, suelta la frase que ya es meme y ya es también un dedo en el ojo del trumpismo: “Hoy le vamos a dar caña”.

No fue una broma inocente. Fue una provocación calculada, y funcionó como tal: el vídeo, musicado con la sintonía de Hannah Montana, se hizo viral en cuestión de horas, con tuiteros e influencers estadounidenses boquiabiertos ante la escena de un jefe de Gobierno europeo ridiculizando en su propio idioma al hombre que se cree amo del mundo. La gorra, además, no era un capricho de guardarropía: se la había regalado la vicepresidenta tercera y ministra para la Transición Ecológica, Sara Aagesen, tras una cumbre del clima, como guiño a un lema que circula desde hace meses entre la comunidad científica estadounidense para denunciar el acoso sistemático de la Casa Blanca a la investigación. Sánchez no improvisó el zasca: lo llevaba preparado.

Detrás de la broma, una masacre con presupuesto

Reducir el episodio a un simple viral sería hacerle el juego a quienes prefieren que hablemos de gorras y no de lo que hay detrás. Porque lo que hay detrás es, sin eufemismos, una guerra declarada contra el conocimiento. Desde su vuelta al poder, la Administración Trump ha recortado con hacha los presupuestos de investigación: hasta un 40% menos para los Institutos Nacionales de Salud (NIH), un 56% menos para la Fundación Nacional para la Ciencia y un 50% de tijeretazo al área científica de la NASA, además de la cancelación de misiones espaciales y de líneas de investigación sobre cambio climático, vacunas, género o diversidad que resultan incómodas para el conservadurismo más reaccionario. Harvard, símbolo académico mundial, ha sufrido la cancelación de contratos federales y la amenaza —judicialmente frenada, que no abandonada— de prohibir la matrícula de estudiantes extranjeros. No es recorte: es depuración ideológica con forma de partida presupuestaria.

El resultado es un éxodo sin precedentes que debería avergonzar a cualquier país que se diga líder mundial. Una encuesta de la revista Nature reveló que el 75% de los más de 1.200 investigadores estadounidenses consultados se plantea abandonar el país. Científicos consultados por la Prensa lo comparan, sin exagerar un ápice, con la fuga de cerebros de la Alemania de los años treinta, solo que ahora en sentido inverso: ya no es Europa la que expulsa el talento hacia América, sino Estados Unidos el que empuja a sus mentes más brillantes al otro lado del Atlántico por miedo, censura y recortes. Uno de los investigadores entrevistados lo resume sin rodeos y sin necesidad de más comentario: “Tengo miedo al fascismo”.

España no se ríe: recoge a los que Trump expulsa

Frente a ese incendio, el Gobierno de Sánchez no se ha limitado a las burlas en redes sociales: ha actuado, y con cifras que desmontan a quienes acusan al presidente de frivolizar. El programa ATRAE, gestionado por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades que dirige Diana Morant, ha triplicado su presupuesto hasta los 45 millones de euros en su última convocatoria, con un incentivo extra de 200.000 euros para quienes vengan huyendo desde Estados Unidos. El efecto es contundente: más de 254 investigadores de todo el mundo se postularon en la última edición, uno de cada tres procedente de Estados Unidos, y del centenar y medio de “fichajes” definitivos, el 56,7% llega escapando de los laboratorios censurados por la Administración Trump. Como resume sin medias tintas la propia Morant, España se está convirtiendo en “refugio de valores democráticos y científicos frente a los recortes en ciencia por parte de otros países”. Dicho de otro modo: mientras Trump quema bibliotecas, Sánchez enciende laboratorios.

No es un gesto solitario ni un golpe de efecto español. Diez países europeos, entre ellos Alemania, Francia y España, pidieron ya en 2025 a Bruselas una respuesta coordinada, y la Comisión Europea de Ursula von der Leyen respondió con la iniciativa Choose Europe for Science, dotada con 500 millones de euros para 2025-2027. Francia lanzó Safe Place for Science y Choose France for Science, precisamente para las disciplinas que Trump considera “prohibidas”: estudios de género, clima, historia, biología. Europa entera, con España a la cabeza, se está convirtiendo en el dique de contención frente a un modelo que trata el conocimiento como enemigo ideológico y a los científicos como disidentes a perseguir.

El chiste que desnuda al negacionismo

Por eso la gorra de Sánchez no es solo un “zasca” viral, aunque también lo sea y hay que celebrarlo como tal. Es un posicionamiento político nítido y necesario en un momento en que la desinformación se disemina más rápido que la verdad y el mundo afronta a la vez una crisis climática, amenazas pandémicas y pérdida de biodiversidad que exigen políticas basadas en evidencia, no en consignas de bar. El guiño a la ciencia es, además, una bofetada directa al negacionismo antivacunas que ha convertido en bandera el vicepresidente estadounidense J.D. Vance y buena parte del entorno MAGA, ese mismo entorno que prefiere creer a un influencer antes que a un epidemiólogo.

Y no sorprende que el episodio también haya servido de espejo incómodo para la derecha española, esa que corea consignas importadas sin plantearse jamás sus consecuencias. Mientras algunas voces trumpistas acusaban a Sánchez de “no defender a su país” y reclamaban un imposible y ridículo “Make Spain Great Again”, el propio Congreso de Estados Unidos —incluso con mayoría republicana— acabó rechazando por amplio margen los recortes más brutales que planteaba la Casa Blanca para la NASA, la Fundación Nacional de Ciencia y la Agencia Nacional Atmosférica, en una votación de 82 a 15 en el Senado. Ni siquiera en Washington cunde ya el consenso de que la ciencia sea sacrificable en el altar del populismo. Que se enteren los que en España aplauden a rabiar cada ocurrencia de Trump: ni sus propios votantes le ríen ya todas las gracias.

Ciencia contra ideología: no hay término medio

La lección política es sencilla y merece decirse sin medias tintas ni falsas equidistancias: mientras el trumpismo y sus imitadores locales tratan el conocimiento como una amenaza —censurando la investigación sobre el clima, la salud pública o la igualdad—, el Gobierno de España ha optado por lo contrario: invertir, acoger y proteger a quienes producen ese conocimiento. Una gorra roja con una frase en inglés puede parecer un detalle menor de la política de las redes sociales. No lo es. Resume, mejor que cualquier discurso, una disputa de fondo entre dos modelos irreconciliables: el que financia laboratorios y protege a sus investigadores frente al que los persigue, los calla y los expulsa por motivos puramente ideológicos.

Frente al “Make America Great Again” que amenaza con dejar a Estados Unidos sin ciencia —y sin futuro—, “Make Science Great Again” no es solo una broma bien puesta ni un simple golpe de comunicación. Es la defensa, sin complejos, de que las políticas públicas deben seguir construyéndose con datos, evidencia y verdad, y no con el negacionismo ni con las camisetas de un movimiento que ha convertido la mentira en programa de gobierno. La derecha española que mira hacia Washington como quien mira a un espejo debería tomar nota: se puede imitar el populismo de Trump, pero no se puede imitar su fracaso.

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