A estas alturas no descubro nada. Todo el mundo sabe del artículo escrito hace unos días por quien fue presidente del gobierno, un artículo que pretendía hablar de fútbol y que entró de lleno en fuera de juego. Porque eso de afirmar tranquilamente que quienes juegan en la selección francesa no son franceses tiene su aquel. Sobre todo, si nos preguntamos quién es él para repartir certificados de francesidad como quien registra fincas, que es ahora lo suyo.

Y claro, tratándose de quien se trata, a una se le viene a la cabeza aquello de que un plato es un plato para contestarle en los mismos términos: un francés es quien dice la ley francesa que es francés, valga la redundancia. Y es por eso por lo que juegan en la selección francesa. Blanco y en botella.

Pero la cosa no es tan graciosa como parece. Porque, aparte de la evidente torpeza de la frase, hay algo mucho más grave que subyace en su afirmación. Y ese algo no es otra cosa que un indudable sesgo racista. Y ojo, que no digo yo que el expresidente sea racista -ni que no lo sea- sino que lo que ha dicho es una manifestación de racismo como la copa de un pino. O como un balón de reglamento, si se prefiere, que parece que va más al caso.

Me pregunto qué entenderá el expresidente por francesidad, si para ser francés “de verdad” hay que tener un color de piel y unos rasgos físicos determinados, ostentar determinados apellidos desde hace varias generaciones o tener varios antepasados que se pasearan por los Campos Elíseos diciendo “Oh la la”. O quizás se trata, ya puestos, de que todos estos requisitos se puedan convalidar con meter uno o varios goles en la portería contraria.

La cuestión es que, en unos momentos en los que la extrema derecha se implanta cada vez en más sitios, cuando el ICE estadounidense vuelve a matar a un migrante ayer mismo y cuando cada vez más se recorta la solidaridad, es muy peligroso frivolizar con ciertos temas. 

Estamos en una sociedad multicultural, y esta multiculturalidad se refleja en los equipos de fútbol, como no podría ser de otra manera. Ojalá se reflejara también en otros ámbitos, como las instituciones públicas y las grandes empresas, pero no es el caso. Todavía nos queda mucho camino por recorrer. Y lo que no podemos es quejarnos de que, en el fútbol, al menos, ya se pueda hablar de integración. 

Más bien al contrario, tendríamos que celebrarlo. Como se celebran los goles de la selección, independiente del color de la piel de quien lo haya marcado. Porque un gol es un gol igual que un plato es un plato.

SUSANA GISBERT

Fiscal y escritora (@gisb_sus)

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