La política española vive estos días uno de esos momentos que retratan a un dirigente mejor que cualquier discurso o programa electoral. Alberto Núñez Feijóo, que durante años ha convertido a Carles Puigdemont en uno de los principales objetivos de sus críticas, se encuentra ahora atrapado por sus propias palabras. El líder del Partido Popular ya no puede esconder una realidad incómoda: está dispuesto a buscar el apoyo de Junts para intentar llegar a La Moncloa, aunque para ello tenga que desdecirse de todo aquello que llevaba años proclamando ante los españoles.

Las recientes declaraciones de Feijóo asegurando que no piensa viajar a Waterloo no cambian la cuestión de fondo. De hecho, son casi irrelevantes. Lo importante no es el lugar donde pueda producirse una eventual negociación, sino el hecho de que el presidente del PP ha abierto la puerta a entenderse con quienes durante años presentó como una amenaza para España. El debate ya no gira alrededor de una fotografía en Bélgica. El verdadero debate es político, moral y de credibilidad.

Porque durante años la derecha española construyó buena parte de su estrategia sobre una idea muy simple: cualquier acuerdo con Puigdemont era inaceptable. El PP denunció los contactos del Gobierno con el independentismo catalán, criticó las negociaciones con Junts, calificó la amnistía como un ataque al Estado de derecho y convirtió cada movimiento del Ejecutivo en una supuesta cesión intolerable ante quienes habían protagonizado el procés.

Los españoles asistieron durante meses a manifestaciones convocadas por la derecha contra los pactos parlamentarios del Gobierno. Escucharon discursos inflamados sobre la dignidad nacional, la igualdad entre ciudadanos y la necesidad de aislar políticamente al independentismo. Escucharon a dirigentes populares afirmar que jamás aceptarían depender de los votos de quienes habían intentado romper la unidad de España. Escucharon acusaciones gravísimas contra Pedro Sánchez por hacer exactamente lo que ahora el propio Feijóo está dispuesto a explorar.

Y ahí reside el problema político que persigue al líder popular.

Porque cuando Pedro Sánchez negociaba con Junts era, según el relato del PP, una traición. Cuando el Gobierno dialogaba con Puigdemont era una humillación para España. Cuando se buscaban acuerdos parlamentarios para garantizar la estabilidad institucional era una cesión inadmisible. Sin embargo, cuando el objetivo pasa a ser una moción de censura que permita desalojar al actual Ejecutivo, las líneas rojas empiezan a desaparecer con una velocidad sorprendente.

De repente, aquello que era inmoral se convierte en aceptable. Lo que era una amenaza para la democracia pasa a ser una conversación posible. Lo que justificaba manifestaciones multitudinarias se transforma en una opción política legítima. La contradicción resulta tan evidente que ni siquiera los esfuerzos comunicativos de Génova consiguen ocultarla.

La última propuesta lanzada por el Partido Popular para promover una moción de censura instrumental ha terminado provocando un efecto inesperado. En lugar de debilitar al Gobierno, ha colocado el foco sobre las propias incoherencias de Feijóo. Porque para que esa operación tuviera alguna posibilidad de prosperar necesitaría precisamente el apoyo de Junts. Es decir, necesitaría los votos de aquellos a quienes el PP ha utilizado durante años como símbolo de todo aquello que decía combatir.

El escenario resulta especialmente incómodo para los dirigentes populares que han dedicado meses a elevar el tono contra el independentismo. También para quienes participaron activamente en las movilizaciones convocadas por la derecha. Miles de ciudadanos acudieron a esas manifestaciones convencidos de que existían principios que no podían negociarse. Convencidos de que determinadas líneas jamás serían cruzadas. Convencidos de que había diferencias esenciales entre la estrategia del Gobierno y la del Partido Popular.

Hoy esas diferencias aparecen cada vez más difusas o incluso son inexistentes.

La pregunta que inevitablemente surge es dónde quedan los principios que Feijóo decía defender con tanta contundencia. Si negociar con Junts era una amenaza para España cuando lo hacía Pedro Sánchez, ¿por qué deja de serlo cuando el beneficiario potencial es el Partido Popular? Si Puigdemont representaba una línea roja infranqueable, ¿qué ha cambiado exactamente para que ahora se contemple su apoyo como una posibilidad política?

La respuesta parece evidente. No han cambiado los principios. Ha cambiado la necesidad política.

La obsesión por alcanzar La Moncloa ha terminado empujando al líder popular hacia un terreno que él mismo contribuyó a convertir en tabú durante años. Y eso tiene consecuencias inevitables sobre su credibilidad. Porque un dirigente puede cambiar de estrategia, rectificar posiciones o adaptar sus planteamientos a nuevas circunstancias. Lo que resulta mucho más difícil de explicar es haber presentado durante años una cuestión como un problema moral absoluto para después actuar exactamente en sentido contrario cuando cambian las necesidades del momento.

La política democrática necesita diálogo, negociación y acuerdos. Eso forma parte de cualquier sistema parlamentario. Lo que los ciudadanos tienen derecho a exigir es coherencia. Y precisamente ahí es donde Feijóo se enfrenta hoy a su mayor problema.

La cuestión ya no es si viajará o no a Waterloo. Tampoco si acabará reuniéndose con Puigdemont en Bruselas, en Madrid o en cualquier otro lugar. Lo verdaderamente relevante es que está dispuesto a hacer aquello que llevaba años denunciando con dureza cuando lo hacían otros. Esa es la contradicción que no puede esconderse detrás de ningún titular ni de ninguna explicación táctica.

Porque si un líder político es capaz de cambiar de posición en un asunto que presentó durante años como una cuestión de principios irrenunciables, los ciudadanos tienen derecho a preguntarse qué valor real tienen esos principios. Y también tienen derecho a plantearse una cuestión todavía más inquietante: si ha estado dispuesto a desdecirse de algo que consideraba tan importante, ¿en qué otras cosas podría hacer exactamente lo mismo mañana? Esa es la pregunta que persigue hoy a Alberto Núñez Feijóo.

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