Hay tragedias que exigen silencio, respeto y responsabilidad. Momentos en los que la política debería saber retirarse un paso, dejar hablar a los técnicos y acompañar a las víctimas sin ruido ni cálculo. Y luego están los políticos que, ante el dolor colectivo, detectan una oportunidad. Alberto Núñez Feijóo ha decidido situarse en este segundo grupo. El luto por el accidente ferroviario de Adamuz no merecía, a su juicio, pausa ni contención, sino un volantazo político cargado de bulos, insinuaciones y ataques sin pruebas. No para proteger a las víctimas ni para exigir rigor, sino para protegerse a sí mismo en un momento de extrema debilidad interna dentro del PP.

Lo que estamos presenciando no es una oposición firme ni una fiscalización legítima del Gobierno, funciones esenciales en cualquier democracia sana. Es una huida hacia adelante. Un líder cuestionado, presionado por Vox y sin autoridad en su propio partido, que opta por convertir una tragedia nacional en munición partidista.

Cuando un dirigente cruza esa frontera, no solo degrada la política: degrada las instituciones. Existe una línea invisible que separa la crítica responsable del oportunismo más descarnado, y Feijóo la ha cruzado con frialdad generando alarmismo al plantear públicamente si los españoles pueden “viajar tranquilos en tren”. Un mensaje diseñado para sembrar miedo, desconfianza y una sensación de colapso generalizado. Y hacerlo en pleno luto oficial tiene un nombre que la política conoce bien: “carroñería” institucional.

Nada de lo ocurrido estos días responde al comportamiento de un hombre de Estado. Responde, más bien, a la lógica corrosiva del “cuanto peor, mejor”. A la necesidad de elevar el tono para ocultar las grietas internas de un liderazgo que se resquebraja frente a Ayuso y frente a Abascal. Feijóo no está atacando a Pedro Sánchez ni al Gobierno en abstracto: está atacando la confianza en el sistema ferroviario, en los trabajadores públicos que lo sostienen y en la imagen internacional de un país que presume, con razón, de uno de los transportes ferroviarios más seguros de Europa.

Cuestionar la seguridad del tren español sin esperar a una investigación técnica rigurosa no es una crítica política legítima. Es una irresponsabilidad mayúscula. Y lo es aún más cuando se hace sabiendo que cada palabra tiene consecuencias económicas, sociales y de reputación. El transporte ferroviario no es solo un servicio público: es un pilar estratégico, una infraestructura crítica y una fuente de empleo y prestigio internacional. Dañar su credibilidad para obtener rédito partidista es una forma de sabotaje moral que debería escandalizar incluso a quienes comparten siglas con el líder del PP.

El doble rasero moral se hace evidente a poco que el lector observe con atención. Feijóo exige dimisiones inmediatas, comparecencias urgentes y responsabilidades políticas fulminantes cuando el foco apunta al Gobierno central, pero pide comprensión, tiempo y silencio cuando el responsable político pertenece a su partido. El caso de Mazón y la gestión de la DANA en la Comunitat Valenciana es paradigmático: para él, empatía; para el Ejecutivo, linchamiento. Ese desequilibrio ético invalida cualquier discurso sobre responsabilidad y revela que no estamos ante una defensa de las víctimas, sino ante una utilización selectiva del dolor.

No es una cuestión ideológica. No va de izquierdas o derechas. Va de coherencia democrática. Y Feijóo hace tiempo que renunció a ella. Su liderazgo se ha construido más sobre el cálculo que sobre la convicción, más sobre el mimetismo con los marcos de la ultraderecha que sobre una propuesta propia reconocible. El miedo se ha convertido en su principal herramienta política. Gobernar - u oponerse - desde el miedo es asumir que no se tiene un proyecto sólido que ofrecer.

Vincular el estado de unas vías ferroviarias con el supuesto “estado de la Nación” es abandonar la política de gestión para abrazar la política del Apocalipsis permanente. Hoy es el tren. Mañana será el agua, la luz, la sanidad o cualquier servicio público que permita construir un relato de país fallido. Es una estrategia conocida, importada de los manuales de la ultraderecha europea y americana, que consiste en erosionar la confianza colectiva para presentarse después como la única tabla de salvación. España no necesita un pirómano al frente de la oposición. Necesita a alguien capaz de respetar el luto antes de lanzar la primera piedra.

La cronología de los hechos confirma que nada de esto fue improvisado. El lunes 19, Feijóo inició su ofensiva con una queja aparentemente medida: el Gobierno no le informaba del accidente de Adamuz. Un reproche que, en la superficie, sonaba institucional, pero que ya anticipaba una deriva conocida. Mientras tanto, el ministro de Transportes, Óscar Puente, mantenía contacto directo con el presidente andaluz, Juan Manuel Moreno Bonilla, y el propio presidente del Gobierno hablaba con él de forma permanente. La información fluía por los canales institucionales adecuados.

Al día siguiente, en La Moncloa se entendió que la supuesta “falta de información” no era el problema real, sino la excusa. El análisis fue claro: existe un PP autonómico consciente de la necesidad de lealtad institucional en momentos de crisis y un PP nacional instalado en la estrategia del choque permanente.

La deriva de Feijóo tras Adamuz no es un error puntual ni un exceso retórico. Es la crónica de una estrategia anunciada: acoso y derribo permanente, al margen de investigaciones, hechos o responsabilidades reales. Todo vale si sirve para desgastar. Incluso utilizar la muerte como ariete político. Hace años, tras la tragedia de Angrois, se reclamaba rigor, prudencia y una investigación exhaustiva para evitar nuevas desgracias. Lo que entonces se pedía era respeto por las víctimas y compromiso con la verdad. Lo que hoy se ofrece desde la dirección del PP es ruido, miedo y oportunismo.

Feijóo ha decidido competir con la ultraderecha en su propio terreno, convencido de que así frenará su avance. Pero la experiencia demuestra que ese camino solo conduce a una espiral de radicalización en la que siempre ganan quienes gritan más fuerte. Abascal juega sin complejos en ese tablero y siempre llevará ventaja. Cuando un líder conservador abandona el centro político para abrazar el barro, no solo pierde la dignidad institucional: pierde la condición de alternativa. Y con ella, la posibilidad de ser tomado en serio cuando el país necesita algo más que ruido.

Síguenos en Google Discover y no te pierdas las noticias, vídeos y artículos más interesantes

Síguenos en Google Discover