Cuando pensaba en lo que iba a escribir hoy, el primer título que se me vino a la cabeza era el de “no tomarás en nombre de España en vano”, parafraseando uno de los Diez Mandamientos. Pero, haciendo una pequeña comprobación, me percaté que yo no era la primera a la que se le había ocurrido este título, así que, en pro de la propiedad intelectual, decidí cambiar el título, por más que venía más que pintado para la cuestión que pensaba plantear.
Confieso que, cuando veo a los deportistas de otros países ponerse la mano en el pecho y cantar emocionados su himno nacional, siento una punzada de envidia. Y, aunque es cierto que nuestro himno no ayuda, con su ausencia de letra y sus compases militares, no es ahí donde está el problema del que venía a hablar. Y ese problema no es otro que la desafección de determinados sectores de la población con nuestros símbolos y, especialmente, con nuestra bandera.
No podemos negar que el hacer ostentación de la bandera nacional suele identificarse con una parte del espectro político muy concreta y, en el ambiente de frentismo que respiramos, eso hace que la otra parte de ese espectro la rechace. Y eso es algo que deberíamos hacernos mirar.
Es cierto que nuestro país cuenta con una pasado a sus espaldas que abona en cierto modo estas posturas. Durante cuarenta años, la dictadura se apropió de símbolos y emblemas, relacionando y mezclando lo español con los valores del régimen. Y eso ha dejado un poso que no ha solucionado el simple cambio del escudo en la misma bandera.
Pero esta brecha, que debería haberse suavizado con el tiempo, parece que se acrecienta. Y lo hace porque la ultraderecha ha asumido esos mismos símbolos, y apelan a la españolidad para defender sus tesis reaccionarias y, lo que es más grave, para sustentar posturas xenófobas que no hacen sino fomentar el odio y la desigualdad. Y eso no es bueno.
No es nada bueno que, si alguien lleva una pulsera o un polo con los colores de la bandera española, o acude a una manifestación enarbolándola, automáticamente se le relacione con, en el mejor de los casos, una sola parte de la población de nuestro país. Pero está pasando. Y no solo eso: en el nombre de España se cometen tropelías y se hacen declaraciones que son, a todas luces, contrarias a los valores de una Constitución que establece que esa misma bandera es el símbolo de todos -y todas, aunque no lo diga- los españoles.
Como decía, nos lo deberíamos hacer mirar. Y no solo quienes rechazan una bandera de la que tendríamos que enorgullecernos, sino, especialmente, quienes no tienen ningún empacho en patrimonializarla y apropiársela, y quienes permiten que lo hagan.
Me gustaría que llegara un día en que, en cualquier acto donde se represente a nuestro país, todo el mundo sienta la bandera y el himno como propios, pero temo que aún queda lejos. Porque siguen siendo muchos y muchas quienes toman el nombre de España en vano.
SUSANA GISBERT
Fiscal y escritora (@gisb_sus)
Añadir ElPlural.com como fuente preferida de Google.
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.