Asistimos a una oleada ultraderechista global que constituye la mayor amenaza contemporánea para las democracias del Viejo Continente. Probablemente, desde la caída del Muro de Berlín y la disolución de la URSS no nos habíamos enfrentado a un momento tan crítico en nuestra historia. Ante una encrucijada de tal complejidad, limitarse a pedir "más Europa" ya no es suficiente: el verdadero desafío es construir una mejor Europa.

Esto implica avanzar hacia una Unión de convergencia y de espacios comunes, donde la voluntad política se traduzca en respuestas coordinadas que impulsen el crecimiento económico, la cohesión social y la vertebración territorial. Frente a este escenario, no vale mirar hacia otro lado ni esperar de brazos cruzados a que amaine la tormenta. La política de altura exige acciones concretas, no inmovilismo.

El modelo social como motor

La solidaridad debe consolidarse como el motor indispensable para el progreso social. En este sentido, el fenómeno migratorio no puede abordarse desde el relato del invasor, sino desde su realidad como agente multicultural, diverso y factor de riqueza material y demográfica. Así se demuestra en España, cuya fórmula, basada en la justicia social y el dinamismo laboral, la ha convertido en la auténtica locomotora del continente, contrastando con el evidente agotamiento de los viejos motores industriales europeos que hoy sufren el peso de la parálisis.

En sus inicios como secretario general del PSOE, Pedro Sánchez ya advertía de la necesidad de sortear los falsos dilemas entre la "nueva" y la "vieja" política, apostando en su lugar por la buena política. Esta es la que se rige por la determinación conceptual y ejecutiva para comprender los cambios sociales y actuar con audacia ante cada desafío global.

El debate interno en la izquierda

La estrategia de la internacional ultraderechista busca socavar los cimientos de la Unión. Su objetivo es degradar a este gigante sociocomercial hasta convertirlo en un vasallo del orden geopolítico que intentan imponer Donald Trump y sus satélites en el continente.

Por ello, resulta contradictorio declararse demócrata hacia el exterior y, al mismo tiempo, debilitar los espacios de horizontalidad en el seno de la socialdemocracia. El verdadero pulso democrático se mide en la capacidad de escuchar a las bases, reactivar las agrupaciones locales como centros vivos de deliberación y fomentar la libre confrontación de ideas frente al repliegue vertical. El diálogo interno no debilita; fortalece la legitimidad de las siglas frente a la intolerancia.

Es inevitable recordar con cierta nostalgia a aquel Felipe González que en Mi idea de Europa dibujaba un continente donde el progreso nacía de la puesta en común y la convergencia posibilista. Es una lástima comprobar cómo su deriva actual parece alejarse de los postulados que la socialdemocracia europea selló en el siglo XX de la mano de arquitectos de la modernidad como Willy Brandt, François Mitterrand u Olof Palme.

Un futuro de derechos, no de muros

Europa debe ser decididamente social, ecologista y defensora de una economía humanista, frente al modelo desregulador que desmantela los servicios públicos y precariza la condición ciudadana en favor de intereses oligárquicos. Incluso la concepción de la seguridad debe cambiar: la defensa del territorio debe entenderse desde la responsabilidad cooperativa y la solidaridad, y no a través de dinámicas bélicas que evoquen los fantasmas y las fronteras rotas del periodo comprendido entre 1914 y 1989.

Es hora de tender puentes y levantar manos abiertas a la concordia en lugar de alzar muros. La Europa del entendimiento no es la que prioriza el gasto armamentístico, sino la que blinda la educación pública, la sanidad, las pensiones y la dependencia. Es la Europa de los derechos humanos frente a la reacción excluyente; esa misma línea roja que europeístas de convicción conservadora, como Angela Merkel, mantuvieron siempre firme en sus programas. Hoy, cuando los ecos de las elecciones en Sajonia-Anhalt tiemblan con la victoria histórica de la extrema derecha alemana y amenazan con agrietar ese imprescindible cortafuegos democrático, recordar y blindar esos consensos mínimos se vuelve una obligación inaplazable para la supervivencia de la Unión.

En nuestras manos está cambiar el rumbo de la Historia antes de que nos devore la fiera involucionista. Para ello, es urgente sustituir a aquellos políticos que, bajo nuestras siglas, abrazan hoy discursos cercanos al neoliberalismo o a la órbita neocon; mantenerlos solo debilita nuestro proyecto y nos convierte en presas fáciles para las fauces de un neofascismo que golpea cada vez con más fuerza el mentón de Europa.

Actuemos con audacia y determinación antes de que sea demasiado tarde.

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