Un ciudadano, un voto. Democracia. Ten fe, diría Blair Waldorf en Gossip Girl «Ten fe… y, si no, toma mimosas». Pues aquí estamos, en Andalucía, tierra de fe, en elecciones. Fe en las urnas, fe en las promesas, fe en que esta vez sí, en que ahora sí, en que lo que se vota tiene algo que ver con lo que se vive. Camarero, cuatro mimosas plis.
Mientras tanto, las redes, que como canta y apunta Andrés Suárez “redes-que nunca sociales”: Gymbros, influencers, Vito Quiles, queso cottage, Maxi Iglesias. Y, entre semejante desfile algorítmico de abdominales, banderas gigantes y opiniones patrocinadas. La izquierda intenta, con la paciencia de una maestra de infantil, explicar que la sanidad pública no es una conspiración bolchevique y que los derechos laborales no son una alucinación woke provocada por exceso de tofu
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Hemos alcanzado un punto de la historia donde ser progresista consiste, básicamente, en ser el aguafiestas oficial de la fiesta nacional. Y no hablo solo de los toros. Hay que explicar, otra vez o esta vez, qué es democracia. Y que lo otro es, cuanto menos, chunguillo. A menos, claro, que pertenezcas a las élites económicas. Pero seamos honestos, lo más cerca que la mayoría hemos estado de una élite ha sido viendo la serie Élite en Netflix mientras compartimos cuenta.
Imagino a Manuel Castells mirando las pantallas y diciendo «Esto no era exactamente lo que quería decir». Y a Bauman, sorbiendo lentamente su modernidad líquida, con pajita biodegradable, por supuesto, mientras contempla el panorama con expresión de «Se os ha ido completamente de las manos».
Porque ahora la izquierda tiene que alfabetizar democráticamente a los bootantes. Antes, ciudadanos; Antes, personas. El pueblo, the folk. Idiomas, querida. Hola, esto es democracia. Hola, esto es igualdad. Hola, esto es fascismo. Hola, esto es racismo. Rosalía, ¿hablamos de ismos? Ojú. ¿A esto hemos llegado? Resulta que defender lo público, lo democrático, exige más pedagogía que nunca. Recuerdo el cartel de Alfredo Pérez Rubalcaba “Hacer, explicar”. Parece que combatir bulos requiere más esfuerzo que construir derechos. Que explicar por qué privatizar comedores escolares o deteriorar la sanidad tiene consecuencias para ti, persona humana. “Radicales”, nos llaman, mientras vender “libertad” con recortes entra suavecito. El privilegio como mérito, la precariedad como esfuerzo, el individualismo como emancipación. Léase con tono de reguetón y en quince segundos. Rápido. Dopamina.
¿En qué piensan los bootantes cuando compran discursos de derecha? Por pura estadística, a cada andaluz le toca de pleno un problema consecuencia de la derecha, una cita médica, un abuelo sin dependencia, un hijo sin plaza en la universidad, un “algo”, qué sé yo. Aquí no se libra nadie ni nada. Y, por ende, a cada andaluz le toca de pleno un derecho progresista que le hace la vida una mijita más fácil: un matrimonio igualitario, conciliación familiar, subida del salario mínimo, subida de pensiones.
Pero los bootantes están en otra cosa, en justificar que la responsabilidad de sus problemas (repito, consecuencia de la derecha) recae, nada más y nada menos, en la democracia… y en los migrantes. Cáspita. Y en las mujeres, ya que estamos.
El mayor reto electoral, reto vital-viral, de la izquierda es tener la capacidad de explicar la democracia mejor que quienes la convierten en meme satánico. Que no en relato. Ya no hay tiempo ni para eso. Porque, en esta campaña que es casi constitucional, entre algoritmos, desmemoria y marketing emocional, lo verdaderamente revolucionario para la izquierda no es cambiar el mundo; es conseguir que la gente, votantes y bootantes, recuerden porqué mereció la pena hacerlo.