Ahora, cuando las distopías son tendencia y los relatos distópicos nos reclaman desde películas, series, cuentos y novelas, hay que reivindicar la utopía ecológica que Ernest Callenbach concibió en 1975 en su novela Ecotopia y que, un lustro después, en 1980, divulgó de manera práctica en su Enciclopedia Ecotopiana. Guía para la supervivencia en la época de la Inflación. Esta traducida y adaptada por el sociólogo Mario Gaviria (1938-2018) y Blanca Berlín en la edición española de 1983.

Como parece que nos hemos vuelto adictos a la pornografía del desastre: zombis, desiertos radiactivos y regímenes totalitarios con líderes fascistas, la ficción actual intenta convencernos de que el futuro es una pared con la que chocaremos inevitablemente. Para contribuir al relato pesimista del presente, la industria cinematográfica tiene una aliada insuperable en la industria de la seguridad, con su asfixiante publicidad engañosa de las alarmas anti okupas, los controles y la vigilancia en los accesos a todo tipo de servicios e instalaciones.

Un libro recomendable para entender la dimensión del problema que comentamos es Disculpe, Es por su seguridad. Negocio y reconversión de la industria del miedo, escrito por el andaluz Gabriel Ruiz Enciso y publicado en 2025 por Editorial Descontrol, en el que se denuncia el aumento del fascismo securitario en todo el mundo y se apuesta por revertir sus discursos planteando alternativas al control y al autoritarismo.

Recuperar la ecotopia no es solo un ejercicio de nostalgia setentera; es un acto de resistencia cívica y psicológica. Mientras la distopía nos paraliza con el miedo, la ecotopia nos debe movilizar con el deseo de una convivencia y coexistencia pacíficas.

No podemos rendirnos a la dictadura del individualismo y la ley del más fuerte y convertirnos en altavoces de los que niegan que la cooperación es el motor del progreso de la humanidad. Callenbach nos propone usar la tecnología a favor de la vida y las personas, no del capital.

Se trata de reactivar la lucha civil y trabajadora frente a las oligarquías capitalistas y tecnológicas que piensan en un delirio posthumanista de robots y seres robotizados, en el que la inmensa mayoría sea prescindible y sólo una minoría imprescindible: "los que tienen la sartén por el mango y el mango también," como dice María Elena Walsh en su canción "Los Ejecutivos".

Ha llegado el momento de reordenar la escala de valores que se nos ha impuesto por los poderosos. Las personas importantes y valiosas son las que nos ayudan a vivir y salvan vidas, no las que destruyen puestos de trabajo y dejan a la gente en la calle; las que cumplen sus obligaciones, no las que se saltan las normas y evaden impuestos. Son las personas honradas, las que construyen a diario el bienestar común, las que merecen ser homenajeadas pública y notoriamente. Basta ya de monumentos a conquistadores y militares con espadas y cañones, de estatuas de iconografías confesionales, de exaltación de la violencia y el sometimiento.

La ecotopia engloba todo lo que odian Trump y sus secuaces, que es la bondad intrínseca de todo ser humano.

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