Asistimos a diario, con una mezcla de perplejidad y estupefacción, a un desfile de titulares en la prensa tradicional de derechas que desafía cualquier atisbo de sentido crítico. Lejos del rigor informativo exigible, prolifera un ecosistema de entrevistas de masaje y coberturas complacientes hacia los cargos del Partido Popular. Son piezas que desprenden un tufo reverencial y cortesano que debería indignar a cualquier ciudadano que crea en la salud democrática de nuestro país. Sin embargo, a una parte de ese electorado parece no importarle y es algo que me preocupa sobremanera.
Cuando la máxima prioridad de ciertos enfoques mediáticos se resume en sentenciar que "Ayuso viste espectacular en el evento X", el periodismo renuncia a su función fiscalizadora. Se opta, de manera deliberada, por la frivolidad estética en lugar de auditar la gestión real. Da la sensación de que a los altavoces de la derecha les importa bien poco el contenido de sus páginas; asumen que su lector habitual mantendrá el voto inquebrantable. Para ellos, la gestión y las cosas del comer no parecen ser asuntos relevantes, lo que constituye una dejación de funciones intolerable.
Resulta profundamente preocupante este fenómeno de anestesia y desinformación social. Hace no mucho leí una reflexión certera de Fernando Navarro en su bitácora, titulada "La idiotización de la sociedad como estrategia de dominación". El texto ponía el dedo en la llaga: el poder mueve los hilos para convertir a los ciudadanos en meras marionetas, entretenidas con fuegos de artificio mediáticos para que no reparen en los verdaderos entresijos de las altas esferas, que es donde se decide el día a día de la gente común. Líderes como Isabel Díaz Ayuso dominan este arte a la perfección, sustituyendo la dialéctica política seria por el grito fácil, populista y vacío de "cañas y libertad". Qué triste y qué pobre nivel.
Existe la tentación nostálgica de afirmar que cualquier tiempo pasado fue mejor. Sin embargo, la Historia es tozuda. Figuras reverenciadas por el conservadurismo patrio como Manuel Fraga o José María Aznar demostraron formas de hacer política que distaban mucho de la eficacia y, desde luego, de la talla de un estadista. No lo fueron ellos, como tampoco lo han sido después Mariano Rajoy ni Alberto Núñez Feijóo en su etapa en Galicia, como tampoco está demostrando serlo estando en la oposición.
Lamentablemente, no atravesamos el mejor momento del periodismo ni de la política. Vivimos en una preocupante hegemonía de la mediocridad donde el talento real escasea. Quizás por eso se ha convertido a Pedro Sánchez en la gran pieza a batir. El presidente del Gobierno se erige hoy como un estadista de primer orden en nuestra historia democrática. No hay nada peor para la mediocridad que verse superada por alguien con una talla política, una preparación y un control del arco parlamentario que resultan, en ocasiones, apabullantes. Lo demuestra tanto en la solidez de sus datos de gestión como en sus formas y destreza en la oratoria.
Frente a esta superioridad manifiesta, la maquinaria del ruido recurre a malabares verbales para encumbrar al ineficaz y empequeñecer al estadista. Para lograrlo, recurren a una sistemática y deliberada campaña de deshumanización. Lo denunciaba de forma muy acertada esta misma semana el president de la Generalitat de Cataluña, al desmontar la falsa caricatura que la oposición proyecta sobre el jefe del Ejecutivo.
A los españoles que conocen la Historia de nuestro país no debería extrañarles este proceder. A lo largo de los siglos, España ha sufrido personajes políticos que la sonrojaron de manera vergonzante. Como la historia tiende a ser cíclica, hoy presenciamos cómo lo "cañí" y el chascarrillo tabernario cotizan al alza, arrinconando la seriedad, el rigor y la utilidad pública.
Si no queremos que España se "trumpice" hasta el extremo, la continuidad del liderazgo de Pedro Sánchez es una necesidad democrática. Lo que hay enfrente oscila, a partes iguales, entre el miedo y la risa. Y en los tiempos que corren, no hay nada más peligroso para el bien común que la incompetencia instalada en el poder. Por eso, apostar por la buena gestión debe ser primordial para que nuestro país siga avanzando con rigor, templanza, verdadera vocación de servicio a los demás y auténtico sentido de Estado. Todo lo demás estorba. Son fuegos de artificio innecesarios.
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