El director de cine José Luis Garci, hombre sensible inteligente ha dicho, más de una vez, que siempre ha tenido la sensación de que los españoles no nos queremos. Curiosamente, yo tuve también esa sensación muchas veces desde mi primera infancia. Y ahora puedo afirmar que en nuestro país hay muy poca empatía, y se valora muy poco que alguien la tenga. Eso de ponerse en el lugar del otro, de intentar sentir lo que siente el otro, es algo que cuesta mucho a mucha gente. Afortunadamente, hay maravillosas excepciones. Pero si en España la empatía escasea hacia los propios, ni qué decir hacia los extranjeros. El secular y sempiterno odio al diferente.
Será por eso, quizás, que en los últimos días han aparecido en España, en artículos, editoriales y sobre todo en redes sociales, unas críticas feroces, llenas de insultos, desprecio y odio, contra Brigitte Bardot, recientemente fallecida. Bardot publicó en 2003 su libro Un grito en el silencio, en el que se sinceró respecto de sus ideas sobre las cuestiones importantes en la Francia actual. Expresó su opinión sobre los musulmanes, sobre la islamización de su país, sobre las mujeres, la naturaleza, los animales o la homosexualidad; criticó con rotundidad las derivas superficiales del mundo actual, la comida basura, los programas de telerealidad, y cuestionó a muchas figuras políticas, especialmente en su enorme insensibilidad respecto de la cuestión animalista.
A partir de este libro ha sido tachada de racista, homófoba y fascista (fue amiga del ultraderechista Le Pen, y su último marido, al parecer, ha sido, o es, simpatizante de la ultra derecha francesa). Sin embargo, hay que ahondar un poco más para percibir que, como ella misma dijo, no se sentía interesada por la política en otra cosa que no fuera la consecución de logros contra el maltrato y el abuso animal, condicionando sus fobias o filias a la causa animalista. Es cierto que vertió varias veces comentarios contra los inmigrantes musulmanes, y se oponía a la islamización de Francia; yo también tengo terror a la islamización de Francia y de España, y del mundo, porque el fanatismo religioso es un peligro enorme y real al que habría que poner freno de algún modo, al del Islam y también al cristiano, que son lo mismo o parecido.
Su rechazo a lo musulmán hay que entenderlo en el contexto de su denuncia de muchos años de la crueldad en los sacrificios rituales, verdaderas matanzas masivas de corderos en las fiestas árabes. Era una mujer totalmente transparente, impulsiva, apasionada y libre. Marcó un camino de libertad a las mujeres de su tiempo, aún secuestradas por la moral conservadora y religiosa. Decía lo que sentía en el momento en que lo sentía. Tras publicar ese libro se disculpó con los homosexuales. También se disculpó con el pueblo árabe francés. Sus amigos y personas cercanas afirman, por activa y por pasiva, que Brigitte Bardot no es racista, que tuvo muchos amigos homosexuales, y que, en lo profundo, era una mujer muy desilusionada con el mundo, muy afectada por la decadencia de esa cultura francesa maravillosa tan llena de intelectualidad y de glamour, y, sobre todo, muy decepcionada con el ser humano.
Bardot se refugió en los animales y en la naturaleza de un mundo que le fue cada día más hostil. Pese a su gran honestidad, que parecía descaro, era una mujer muy sensible y necesitada, por su historia personal, de afecto. Pidió disculpas por afirmaciones que molestaron a algunos colectivos. Aquí, en España, las disculpas tendrían que hacerse a diario por muchísimo más, y no se hace. No conozco bien sus ideas políticas o sociales, ni me interesan; pero sí sé algo que para mí es muy importante: fue casi toda su vida una activista incansable contra la crueldad, contra la peor de las crueldades; una mujer que ha trabajado, como casi nadie, a través de su lucha y su fundación, por acabar con el trato terrible que el ser humano dedica a los animales de otras especies, los seres más indefensos. Eso es lo menos fascista que existe, estar al lado de los más vulnerables; tenga los amigos que sea, vote a las siglas que vote, o tenga el marido y las ideas que tenga, que me pueden gustar o no.
Hace años, a Fernando Fernán Gómez se le estuvo increpando y acusando de antipatía, de soberbia y mal carácter por negarse a firmar un autógrafo cuando iba a comprar, una mañana, el periódico. Y yo pensaba: es un genio del teatro, es un gran actor, gran escritor, tiene un talento impresionante, ¿es que, además, tiene que ser comedido y amable cuando alguien le molesta en su privacidad? No, como todos, no era perfecto. Pero era un genio. Pues algo parecido me ocurre con tanta crítica y tanto repudio contra esta actriz icónica cuya existencia conmocionó al mundo, y cuyo compromiso con el animalismo ha marcado un antes y un después. Sólo por esa lucha personal, Brigitte Bardot es imprescindible, y es y será siempre profundamente admirable.
Coral Bravo es Doctora en Filología
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