Opinión

Los datos no votan; pero hablan

España llega al 29 de noviembre con el mejor balance económico, social y medioambiental de su historia democrática. La pregunta no es si hemos avanzado, sino si queremos dar marcha atrás

Sánchez pone al PSOE en pie de guerra contra el PP de la “motosierra” con la izquierda partida en dos. Europa Press.
Sánchez pone al PSOE en pie de guerra contra el PP de la “motosierra” con la izquierda partida en dos. Europa Press.

Pedro Sánchez ha disuelto las Cortes y ha puesto fecha a la cita con las urnas: el 29 de noviembre. Lo ha hecho de frente, presentando un balance y pidiendo a la ciudadanía que lo juzgue. Es lo que cabe esperar de un demócrata. Y conviene, antes de que el ruido de campaña lo tape todo, detenerse en lo esencial: los números.

Porque hay una verdad incómoda para quienes llevan ocho años anunciando el apocalipsis: España nunca había estado tan bien en tantos frentes a la vez.

Empecemos por el empleo, que es donde se juega de verdad la vida de la gente. La Seguridad Social cerró septiembre con 22,44 millones de afiliados, el máximo de su historia, y el paro registrado bajó a 2,38 millones, la cifra más baja en ese mes desde 2007. Hace no tanto, hablar de veinte millones de cotizantes era una quimera. Hoy es el punto de partida.

La economía acompaña. España creció en 2025 en torno al doble que el conjunto de la Unión Europea y se consolidó como la gran economía del continente que más avanza. Mientras Alemania y Francia se atascaban, aquí se creaba riqueza y empleo. No es un milagro: es el resultado de reformas, como la laboral o la de pensiones, que la derecha juró que hundirían el país y que hoy ni sus críticos se atreven a derogar.

Pero el crecimiento sin reparto es solo estadística. Lo que distingue a este Gobierno es su decisión de que la prosperidad llegue abajo. El salario mínimo, que en 2018 era de 735 euros, alcanza hoy los 1.221 euros mensuales en catorce pagas. Un 66% más. Cada una de esas subidas fue presentada por la oposición y por la patronal más rancia como una amenaza para el empleo. El empleo, como hemos visto, no ha dejado de crecer.

La pobreza también retrocede. La tasa de riesgo de pobreza o exclusión social ha bajado del 27,8% de 2021 al 25,7% en 2025. Sigue siendo alta, demasiado alta, y sería deshonesto ocultarlo. Pero la tendencia es la contraria a la que impusieron los recortes de la década pasada, cuando la crisis la pagaron siempre los mismos. A ello se suman más becas, permisos por nacimiento más largos e iguales para madres y padres, más recursos para la dependencia y una sanidad pública con más prestaciones.

Y luego está el planeta, que no espera. En 2025, el 55,5% de la electricidad generada en España procedió de fuentes renovables. Hemos pasado del impuesto al sol a liderar la transición energética en Europa, atrayendo inversión industrial gracias también a los fondos europeos. Lo que antes era un eslogan verde hoy es política industrial y soberanía energética.

Todo esto se ha logrado en condiciones adversas: guerra en Europa y en Oriente Medio, crisis energética, aranceles, un Parlamento fragmentado y una oposición que ha preferido el bloqueo al acuerdo. Una oposición que ha recibido del Estado más fondos que nunca para vivienda y sanidad y que, en demasiadas comunidades, ha respondido privatizando servicios y mirando hacia otro lado.

¿Está todo hecho? No. La vivienda sigue siendo la gran herida de una generación. La desigualdad persiste. Los servicios públicos necesitan más músculo. El propio presidente lo ha reconocido sin rodeos, algo poco habitual en política. Pero precisamente por eso la pregunta del 29 de noviembre no es si España ha avanzado, porque eso ya lo dicen los datos, sino quién está en mejores condiciones de terminar el trabajo.

Enfrente hay una alternativa sin programa, solo con un plan de derribo. Que promete recortar derechos conquistados y que se mira en el espejo de la ultraderecha internacional, esa que allí donde gobierna levanta muros, niega el cambio climático y entrega el poder a los multimillonarios. España, en cambio, ha demostrado que se puede crecer sin dejar a nadie atrás, apoyar a Ucrania, defender el derecho internacional en Gaza y negarse a desmantelar el Estado del bienestar para cumplir con un gasto militar dictado desde fuera.

Los datos no votan. Pero cuentan una historia. Y esa historia dice que, con un gobierno progresista, España ha vivido la mejor etapa económica, social y medioambiental de su democracia. Ahora toca decidir si queremos escribir el siguiente capítulo o arrancar las páginas.

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