El último mes he tenido, contra mi voluntad y casi moral, que apuntarme a un gimnasio. De esos muy grandes, con muchas cosas o no-cosas -Byung-Chul Han dixit-. Tiene frases citadas en formato APA en las paredes. Eso fue lo único que me pareció bien, el contenido no. El resto me daba mucha pereza. Venga, asume que estás lesionada -por hacer el tonto, añadiría mi sabia madre, en masculino singular y no puedes hacer la cafre- apunta mi fisio, -por la montaña-. "Tienes que no sé qué, tienes que, tienes que..." ñiñiñi. Duelo montañero en un gym. Que incoherencia.

Llegué el primer día y, después de un negociado de tarifas y fidelidades, me pusieron la pulsera, cual ibis eremita en peligro de extinción en Barbate (por cierto, qué pájaro más feo; ya me contaréis qué os parece) o como alguien con la condicional. Sorpresa. las cintas de correr te ponen paisajes alpinos, o el circo mediático televisivo (da igual cuando leas esta frase), y te calculan la altitud. ¿La altitud y la distancia sin moverte? Eso sí que es llegar lejos como humanidad. Tú puedes engañar al cuerpo, pero no a la geografía.

El segundo día me puse a calcular cuántas horas tendría que hacer de cinta al 15 % de pendiente, para llegar a los 4.808 del Mont Blanc (a ojo de buen cubero) y a qué velocidad mi lesión podría aguantarlo. Cada uno se engaña como quiere. Notificación del fisio: "Ni se te ocurra". Entonces, aburrida porque la cinta, por mucho que ella insista, no llega a la altura de mis expectativas montañiles, oteé el horizonte no alpino de mi pantalla y vi otra con los horarios de las clases. En un ataque de hemingwayismo, procedí a ello. Vamos a ver qué se cuece.

Entré en bodypump. Me llamó brutalmente la atención lo poco que habla la gente entre sí. Llegas, tienes tu número en el suelo y al lío. El monitor ejecuta y tú, de forma precaria y torpe, lo imitas. Aquí he de decir que la gente tiene más claro lo que es la derecha y la izquierda que en las encuestas del CIS.

La siguiente clase a la que acudí fue el llamado spinning. Madre mía. Al llegar, la limpiadora quitaba el sudor y las lágrimas de la clase anterior. De forma literal, se puede reducir a “En mi infarto de miocardio mando yo, nadie más”, da igual quien o que te lo produce fuera. El monitor era un DJ que subía la música, hablaba de pulsaciones, cambios de luces... La Fabrik se queda corta, me lo ha contado una amiga. Perico Delgado también.

Otro día probé el medio marino. Ese plus constituyente de clase media-alta “mi gimnasio tiene piscina”, y miras por encima del hombro. La clase estaba llena de señoras costumbristas que hablaban entre ellas sobre operaciones de cadera, precios del pescado y comportamientos cuestionables de nueras. Sororidad señora, que igual su hijo es un profundo capullo. Y, al fondo, esos seres sobrenaturales para mí que son los que nadan, que aguantan una hora sin nada más que ellos mirando el paisaje inerte de las profundidades. Desapezerer como verbo.  

Dejé para el último día una dicotomía preciosa, hyrox y yoga, ser o estar. Lo primero es, para los que no tengáis el gusto, una mezcla de oposiciones a bombero con ataque de ira. El público era mayoritariamente masculino, en edad de ir a la guerra o de volver de ella con canas. Madre mía. Los pre y postentrenos tienen más sustancias que la facultad de Farmacia y todo acaba en -ina. Creatina, carnitina y seguramente gasolina. En mi favor o en contra -juzgadme Peinando constitucionalidad- la mitad de los ejercicios ni me los planteé. Las ruedas están hechas para rodar.

Luego las clases de yoga. Todas mujeres, mayoritariamente en edad de congelar óvulos, la mía, o de saber la receta de la tortilla perfecta tras haber criado nietos. Se respira amor, pulcritud y tranquilidad. A mi pesar, tengo que decir que me cuesta horrores mantenerme en pulsaciones bajas 45 minutos. Y leches, la Torre de Pisa lleva años desequilibrada y sigue teniendo éxito. 

Después de varias semanas de observación participante (esa fórmula metodológica tan útil para convertir mi salseo sociológico en evidencia empírica sin ruptura epistemológica ni ná) he llegado a una hipótesis que, estoy convencida, merecería al menos una discusión informal entre mis colegas de Sociología del Deporte, el gimnasio es un zoológico emocional. Ea.

Las distintas salas se asemejan más a jaulas especializadas en la gestión del malestar contemporáneo, o más bien, a falta de un término mejor, lo que seguimos llamando vida. Cada cual acude disciplinadamente a la que mejor se adapta a sus frustraciones, obsesiones o pequeñas catástrofes personales. Todo ello bajo una versión sorprendentemente actualizada de aquella vieja pulsión ascética, o quizá directamente balagueriana por Escrivá, claro, resumida en una frase que leí el otro día en una pared: “Castigar el cuerpo para que no duela el alma”. A mi querido Battiato creo que le hubiera producido más agotamiento metafísico que físico elegir entre uvas pasas y un batido de proteínas a las puertas del gimnasio.

El alma sigue exactamente igual de desorientada, pero el reloj inteligente considera que vamos por buen camino, el de Delibes o el de Escrivá. 

Hay quienes delegan el sufrimiento o lo que sea,  en un monitor que organiza la fatiga. Hay quienes luchan contra bicicletas estáticas o barras cargadas de discos como si en ellos se hubiera encarnado el origen de todos sus problemas. Algunos buscan redención. Otros penitencia. Otros simplemente una tregua temporal frente al ruido de sus propios pensamientos. Yo, de momento, sigo creyendo que puedo ser alpinista desde una cinta en Sevilla. La cinta me dice que estoy subiendo. La ventana insiste en que sigo en Sevilla.

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