Cada vez será más frecuente las cláusulas en los contratos que tengan en cuenta los fenómenos climáticos extremos y súbitos. La crisis climática ya no son cuestiones lejanas o abstractas de un gigante glaciar derrumbándose en el ártico, inundaciones extremas en Asia o temperaturas récord en desiertos africanos. La crisis climática ya nos acompaña a diario en España, en forma de lluvias torrenciales, incendios que baten récords de hectáreas quemadas, cortes de agua en poblaciones, y en ocasiones desgraciadamente personas que pierden sus vidas por estas situaciones climáticas.
Este lunes 5 de octubre Plan International presentó globalmente el informe que anualmente presenta en torno al Día Internacional de la Niña. En esta ocasión titulado El Estado Mundial de las Niñas 2026: Cambia su pronóstico.
Se trata de un informe que pone luz sobre una realidad devastadora (incluso puede dudarse de que pueda ser cierto): el calentamiento global está funcionando como un acelerador directo de la violencia sexual, el matrimonio infantil y los embarazos no deseados en las comunidades más vulnerables del planeta.
Tengo que decir que, al leer el informe, una vez más, Plan International vuelve a sustentar sus informes en una consistencia muy sólida. Se trata de una investigación, que cruza tres décadas de datos climáticos y sanitarios en 52 países de ingresos bajos y medios. A ello le suma encuestas propias a 5.000 adolescentes y jóvenes que viven en países de la primera línea del frente de la crisis climática (en Bangladesh, Kenia, Perú, Senegal y Zimbabue). Su informe arroja una conclusión demoledora; para millones de niñas y adolescentes, un fenómeno meteorológico extremo no significa solo perder su casa, la cosecha o tener que desplazarse forzosamente a otro lugar a vivir, significa, literalmente, perder el control sobre su propia vida.
Es una realidad tan demoledora como silenciosa. Veo comprensible que haya personas que puedan reaccionar con incredulidad al leer por encima el informe. Quizá sea eso lo que hace relevante este informe. Pone números y pone cara a una tragedia silenciosa. Nueve de cada diez niñas que han quedado fuera del sistema escolar aseguran que los impactos del clima imponen una presión insoportable sobre la supervivencia y estabilidad de sus hogares. Por ejemplo, cuando una sequía avanza en silencio en una comunidad o una inundación arrasa una aldea, la economía familiar se hunde. En este caldo de cultivo germinan con fuerza las “normas” de género más tóxicas y peligrosas, como puede ser casar a una hija menor de edad para convertirse, a ojos de familias asfixiadas económicamente, en una trágica estrategia de supervivencia familiar.
Los datos son alarmantes: el 36% de las personas encuestadas ha observado un incremento de los matrimonios o uniones infantiles en sus entornos a causa de los desastres climáticos. La sequía prolongada emerge como el factor más directamente relacionado con este repunte del matrimonio precoz. A esto se suma el aumento de los embarazos no planificados (percibido por un 33% de la comunidad) y de la explotación sexual. En contextos de extrema necesidad, las adolescentes se ven empujadas a mantener relaciones sexuales transaccionales para conseguir comida, agua o dinero extra para sus familias.
Un elemento más cristalino es el que se refiere a la desprotección de espacios temporales de emergencia habilitados cuando ocurren inundaciones o ciclones. Una cuarta parte de las jóvenes constató un repunte directo de la violencia de género tras sufrir un desastre climático.
Una vez más, frente a las dificultades surge la educación, emergen las escuelas como el pilar fundamental sobre el que pivotar la protección y la seguridad. Aquí una vez más, Plan International sitúa al sistema educativo como el escudo protector más eficaz y consistente a lo largo de las últimas tres décadas. Las adolescentes y las jóvenes cuya educación se ve interrumpida de forma abrupta por el clima tienen el doble de probabilidades de acabar casadas de forma temprana o de afrontar la maternidad forzada en comparación con aquellas que consiguen seguir estudiando. Esto es como llamar a la mano cerrada puño. Lo es en contextos bélicos, lo es contextos de pobreza y lo es en contextos de crisis climática.
Las escuelas son espacios seguros, lo son en un plano físico, pero lo son porque abren la puerta a conocer sus derechos, al acceso a redes de apoyo y a la educación afectivo-sexual integral que son herramientas indispensables para que las adolescentes puedan identificar abusos y tomar decisiones autónomas sobre sus vidas. Cuando el clima destruye colegios o bloquea el acceso a la educación se rompe el escudo principal de protección.
En pocas semanas tendrá la cumbre internacional la 31ª Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático que celebrará en Antalya (Turquía). Plan International en este informe pone las luces largas en que, a pesar de la gravedad de estas dinámicas, apenas el 0,5% de la financiación climática multilateral se destine a respaldar la salud y los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres y niñas.
En Turquía veremos si el empuje de los gobiernos y donantes internacionales va hacia reaccionar con urgencia y contundencia para que la educación sea un pilar de las respuestas internacionales ante las crisis climáticas o por el contrario siguen por el camino seguido hasta ahora.
Junto a las voces oficiales en Turquía hará falta que también estén las voces de adolescentes como las que incluye el informe de Plan International para que en las mesas donde se diseñan las políticas de adaptación climática su voz no sea una cuestión estética, sino una necesidad urgente para que la crisis climática no siga cobrando un peaje extra a las niñas y las adolescentes de todo el mundo.
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