Urna de elecciones. EP.
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De todos debería ser sabido por todos, aunque no lo es, que cuando llegan las derechas al poder arrasan con todo. Lo privatizan todo, recortan todo lo que tenga que ver con lo público (salarios, pensiones, educación, sanidad, servicios...). De todos es sabido, a la vista de la evidencia, que las derechas neoliberales empobrecen a la sociedad mientras saquean el dinero público, ese dinero que sale de los impuestos de los que trabajamos, para derivarle a manos privadas y para enriquecerse, con mordidas, comisiones y de mil modos y maneras.
Algunos diréis que algunos de las izquierdas también utilizan la política como camino de enriquecimiento personal; sí, así es en algunos casos. La diferencia es que esos casos no son la mayoría, sino casos puntuales sobre los que se actúa, y acaban siendo juzgados. En las derechas no democráticas la corrupción es algo endémico y sistemático; en otras palabras, es algo que les define.
Las palabras del periodista franquista Emilio Romero (nada sospechoso de progresía) sobre las derechas explican mejor que mil palabras las trastiendas de las ideologías conservadoras: “La derecha gobierna para doscientas familias, y eso no da suficientes votos, por eso, para ganar unas elecciones la derecha tiene que mentir”. Las derechas gobiernan a favor de los poderosos, de una minoría, y contra el pueblo, las personas, la ciudadanía, mientras destruyen la naturaleza, torturan a los animales y despojan a las personas de sus derechos e, incluso, de su dignidad como seres humanos. Recordemos la muerte de los miles de ancianos en residencias de Madrid.
Por eso es tan difícil de asimilar que una buena parte de los trabajadores o de los sectores más precarios de la sociedad les voten. Es como autolesionarse. Por acriticismo y por ignorancia. Es la España negra caciquil que narró muy bien Buero Vallejo en Los santos inocentes (1981). Retrató esos roles crueles y psicopáticos de la sociedad franquista que definían unas relaciones totalmente abusivas entre los “amos” y los “sirvientes”, quienes ejercían una sumisión total a cambio de la más primaria y precaria supervivencia. Galdós lo describió también de manera magistral en su obra Misericordia (1897), cuya protagonista, la sirvienta Benina, se iba a la puerta de una iglesia a pedir limosna para sus “señores”, aspirantes a burgueses adinerados que, sin un real de la época, vivían por y para las apariencias.
Así y todo hay, o había, derechas y personas de derechas muy respetables; lo sé muy bien (mi padre lo era y, a la vez, era el hombre más bueno del mundo, por poner un ejemplo muy cercano); y también sé muy bien que los neoliberales se quitaron de en medio a los demócratas de su partido, para aupar a personajes sin escrúpulos ni conciencia que les fueran útiles en sus maquinadas privatizaciones, corrupciones y corruptelas. De tal manera que las actuales derechas son “lo mejorcito de la huerta”, por decirlo de manera coloquial y con cierta ironía. No son demócratas, y ni se detienen a disimular sus objetivos de llegar al poder para desmantelar el Estado de derecho, perjudicar a las clases medias y bajas y, sobre todo, para desviar el dinero público a manos privadas, sirviendo, como todos sabemos, a unas élites voraces que están, literalmente, destruyendo las democracias en el mundo, y al mundo también.
En este contexto tan desesperanzador, con el auge del fascismo y la agresividad y el descaro de las extremas derechas, estamos a un paso de que en mes y medio gobiernen esas dos derechas en alianza, con todo lo que ello supone, que es mucho y muy malo. Ellos mismos lo anuncian sin disimulo, a sabiendas de que mucho ignorante les votará por pura pulsión de primitivismo, de catetez y de prepotencia. Pero ante las derechas, los totalitarios, los fascistas, los malvados que llegan para destruirlo todo y desmantelar el país, sólo cabe algo que hacer, y es desenmascararles y frenarles; algo que lleva ocupando a los políticos demócratas muchas décadas, y hay que seguir en ello.
La decepción ha sido enorme cuando las fuerzas a la izquierda del PSOE han sido incapaces de ponerse de acuerdo en formar el Frente Amplio progresista que ayudaría en las próximas elecciones generales. La unión era el camino.Sabemos que si las izquierdas no van unidas, muchos votos progresistas se pierden, especialmente en aquellas provincias, que son muchas, en las que estas formaciones tienen seis diputados o menos.
Pues el acuerdo no ha podido ser. Muchos dicen que son los egos de algunos dirigentes. Pero, sea por lo que sea, no hay justificación posible, porque ¿qué se puede esperar de algunos de estos políticos que, como las derechas, parecen anteponer sus intereses propios, sean cuales sean, al país, y que, por esos intereses, contribuyen a poner a la democracia española en la mismísima “boca del lobo”?
Los votantes progresistas tenemos que salir a votar, pero votar bien, porque sin ese Frente Amplio que aglutinaría a todas las fuerzas de izquierdas, los votos a esos partidos políticos se pierden. La única solución es votar al partido progresista que aglutina más votos, PSOE, informándose de todas las provincias en la que los votos a otras formaciones de izquierdas no computarían. Por el bien del país, por el bien de la sociedad y por el bien de todos.
Coral Bravo es Doctora en Filología




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