Hace años Bourdieu (lo siento, tengo devoción por Pierre) escribió “El baile de los solteros”, un estudio sobre los campesinos del Bearne francés y la ceremonia popular «amorosa» cuyo desenlace estaba decidido de antemano. No había Tinder, qué le vamos a hacer. Llevo días acordándome de ellos. No de los campesinos franceses, que bastante tuvieron con lo suyo y años después con nuestros pepinos, sino de Juanma Moreno y Vox. El nombre del candidato os da igual, todos y todas lo sabemos. Sus votantes también.
La política andaluza es ahora mismo uno de aquellos bailes de pueblo en los que toda la gente sentada alrededor de la pista sabe perfectamente quién acabará bailando con quién, salvo los propios protagonistas, que continúan representando una ceremonia de distancias, reproches y declaraciones solemnes destinada únicamente a preservar las apariencias. A sabiendas de que las matemáticas tienen una desagradable tendencia a imponerse sobre la poesía política. Los escaños son unos reaccionarios que siempre terminan sumando igual, vaya por Dios.
Hay una señora en cada barrio andaluz, que puede incluso que vaya a aquagym, que entiende estas cosas mejor que cualquier analista político. No ha leído a Bourdieu. Ni falta que le hace. Le basta con observar quién entra y sale del portal, quién coincide demasiadas veces en el supermercado y quién empieza a utilizar expresiones sospechosamente parecidas.
—Estos... estos terminan juntos. Te lo digo yo. Que hay lío.
Moreno lleva años explicando que Vox representa una forma de hacer política bronca, exagerada y polarizadora. Nada que ver con él, cuya contribución a la guerra cultural consiste en desear felices fiestas sin especificar demasiado cuáles. Vox, por su parte, describe a Moreno como un dirigente acomplejado por su propia moderación, que no lleva a ningún lado; concretamente, a su extremo diestro. Pero aquí estamos. Viéndolos girar lentamente alrededor de la pista. Mitad putivuelta, mitad todos sabemos a lo que hemos venido. La señora lo sabe. Bourdieu lo sabría y Queipo de Llano lo celebraría.
Aun así, se mantiene la representación porque las apariencias son importantes. Vox necesita demostrar que sus votos sirven para cambiar políticas, o eso que llaman la Política con mayúsculas. Moreno necesita demostrar que sus pactos no cambian demasiado su política. Ambos tienen su razón y ambos tienen su problema: intentar vender a sus votantes que han ganado la discusión antes incluso de empezarla. Cada uno con lo suyo, y pretenden hacerlo utilizando exactamente el mismo acuerdo, lo cual tiene un mérito comunicativo extraordinario. O una cara impresionante. Me imagino la conversación:
-Bueno, Juanma, lo de la prioridad nacional...
-Sí, sí, eso.
-¿Sí, qué?
-Que Andalucía es prioritaria.
-No, hombre, la nación.
-Andalucía.
-La otra nación. ¿Qué eres ahora, de Adelante Andalucía?
-¿Qué otra?
-La de tu prima Ayuso, Juanma. La otra.
-Esta ronda la pagas tú, que la primera la pagué yo.
-¿Ves? Al final hay lío.
Podría verse como una versión cómica, masculina, y bastante más cutre de Pétronille de Amelie Nothomb. En la novela, las protagonistas convierten cualquier gesto de afecto o amistad en una sutil lucha de posiciones, donde importa tanto lo que ocurre como quién conserva la ventaja simbólica. Aquí sucede algo parecido ya que la negociación no consiste en decidir si bailan. Eso dejó de ser el problema hace tiempo. La verdadera negociación consiste en decidir quién contará después que fue el otro quien sacó primero a bailar. Quién cedió menos, quién resistió más, quién dobló el brazo de quién y quién consiguió llegar hasta el final sin parecer demasiado satisfecho con el resultado. Gobernar puede ser complicado, tanto como hacerse una foto de campaña abrazando a una vaca, pero explicar a los tuyos por qué has acabado haciendo exactamente lo que juraste que nunca harías exige una habilidad distinta: la de construir un relato en el que, pese a todo, parezca que has ganado.
Así que seguirán unos días más intercambiando reproches, marcando distancias y pronunciando frases cogidas con papel de fumar. Papel de arroz, perdón. Es parte del ritual. La señora del aquagym ya ha llegado a casa, ha tendido la ropa y ha comentado el asunto con dos vecinas. Su veredicto está emitido desde hace meses.
En Andalucía hay miles de personas (tantas como las que están en listas de espera) que no han leído a Bourdieu, no siguen tertulias políticas y no distinguen una enmienda de una moción, pero poseen una comprensión intuitiva de las relaciones humanas que deja en evidencia a media ciencia política española. Reconocen un acercamiento cuando lo ven. Detectan una reconciliación antes de que se produzca. Y saben que cuando dos personas pasan tanto tiempo explicando por qué jamás estarían juntas es porque la conversación importante ya no es si estarán juntas, sino cuándo dejarán de disimular.
Por eso el baile continúa. Aun a sabiendas del desenlace, solo falta repartir los papeles. Alguien tendrá que hacer de vencedor y alguien tendrá que hacer de resistente. Alguien tendrá que explicar que no ha cedido en nada. Y, cuando termine la función, todos intentarán convencer al público de que aquello que acaba de ocurrir era exactamente lo contrario de lo que llevaban meses preparando. Para entonces, la orquesta ya habrá tocado la última canción (será la de Juanma), las luces se habrán encendido y la señora del aquagym, una vez más, podrá decir aquello de: «¿Lo ves? Si estaba clarísimo». Y, como siempre tendrá razón.
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