En la Comunidad de Madrid, el ingenio no tiene límites, o al menos eso parece cuando se trata de encontrar soluciones creativas, por no decir disparatadas, a los problemas que ellos mismos generan. La última ocurrencia, que roza lo surrealista, nos llega directamente desde el mismísimo epicentro de la sabiduría popular que es la Consejería de Educación, Ciencia y Universidades.
La escena es la siguiente: más de 20.000 aspirantes a docentes, junto a los más de 2.100 miembros de tribunales, se enfrentaron a una jornada maratónica de oposiciones en 67 sedes distribuidas por toda la región. El reto no es solo demostrar sus conocimientos pedagógicos, sino también su resistencia física, ya que las pruebas se alargan desde las 9 de la mañana hasta bien pasadas las 3 de la tarde. Y, por si fuera poco, lo han hecho en plena ola de calor, en unos centros educativos que, oh, casualidad, en buena parte de los mismos carecen de sistemas eficaces de climatización.
Pero ¿cómo afronta la Administración esta situación "alarmante", como la han calificado los sindicatos y que no es un suceso imposible de prever? Pues con la elegancia de un elefante en una cacharrería. La solución, en lugar de garantizar unas condiciones mínimas (como, no sé, instalar sistemas de climatización en lugar de prometerlos), ha sido tan "salomónica" como digna de un relato de Kafka: ordenar que aquellos locales que sí contaban con algún medio para combatir el sofocante calor no los utilicen. Sí, han leído bien. Para que nadie se sienta privilegiado y todos sufran por igual, se ha optado por la nivelación por abajo. Todos a abanicarse como puedan, que la solidaridad en la desgracia es muy madrileña.
Esta decisión, que podríamos calificar de brillante si lo que se busca es la épica del sufrimiento compartido, es la guinda del pastel de una gestión que ya venía regada con perlas de sabiduría. Porque no podemos olvidar a la artífice de esta maravillosa política educativa, la consejera Mercedes Zarzalejo, quien hace unos días sentenciaba con una profundidad filosófica inusitada que "cuando hace calor, hace calor”. Una frase que, sin duda, pasará a los anales de la retórica política por su capacidad para resolver el problema de raíz. Si a un niño en un aula a 35 grados se le dice esa perogrullada, su termorregulación corporal se activa automáticamente y el problema, mágicamente, desaparece.
Pero no están solos en esta cruzada contra el sentido común. El inefable consejero de Cultura, Mariano de Paco, quien no se sabe muy bien qué pinta en este debate (quizás su departamento ya ha empezado a gestionar el patrimonio inmaterial del "caloret"), se apresuró a echar un cable a su compañera. Y lo hizo con una declaración que será recordada por los siglos de los siglos: afirmó que el calor es "fuente de inspiración". Para más inri, puso como ejemplo al poeta murciano Vicente Medina, algo por lo que la familia del poeta le pidió que dejara de frivolizar con la producción literaria de su bisabuelo y, como colofón, compartió su propia experiencia vital: aseguró que, en su infancia en Murcia, el calor no era problema porque "no pasa absolutamente nada" y que su solución estrella para su hija es ponerle "una camiseta de manga corta y un pantalón corto, como hemos hecho toda la vida" . ¡Ahí es nada! ¡Cómo no se nos había ocurrido antes! El problema del cambio climático, las olas de calor y las infraestructuras escolares del siglo XXI se resuelven, como todo en la vida, con una prenda de algodón y un poco de "inspiración" poética.
La gestión, en resumen, ha pasado de ser negligente a convertirse en una tragicomedia. Por un lado, se niegan las denuncias de la comunidad educativa tachándolas de "maniobras políticas" y pidiendo que los centros "identifiquen" y "concreten" sus problemas (como si no supieran dónde están sus propias aulas). Por otro, se defiende una inversión "récord" que, a la vista de los resultados, se traduce en que los niños y los opositores sigan asándose como pollos en un horno.
La gota que colma el vaso, metafóricamente hablando, porque un vaso de agua fresca sería un lujo, es esta decisión de igualar las condiciones a la baja. Si no podemos darles sombra a todos, que nadie tenga sombra. Si algunos tenían un ventilador, lo guardamos. El mensaje es claro: aquí se sufre, pero se sufre en comunidad y con la frente bien alta, aunque gotee el sudor. Eso si, ¡a la madrileña!
Ante este despliegue de competencia, capacidad de gestión y empatía, solo cabe hacer un llamamiento. Si la señora consejera tiene un mínimo de amor propio, y un gramo de vergüenza, debería considerar la opción de la dimisión voluntaria. No por la presión política, sino como un acto de misericordia hacia el sistema educativo y, de paso, hacia su propio prestigio, que a este paso quedará reducido a una anécdota en los libros de humor.
Y si ese llamamiento, por desgracia, no es atendido, la Presidenta de la Comunidad, Isabel Díaz Ayuso, tendrá que actuar con la misma contundencia que aplica a otros asuntos. No se le pide que abandone su climatizado despacho, ni siquiera que deje el confort de su confortable dúplex para visitar un aula en plena ola de calor. Bastaría con un simple gesto. Cesar de forma inmediata a esta inigualable Consejera. Un acto de justicia poética que, al menos, devolvería un poco de cordura al panorama y permitiría que los futuros docentes de Madrid se examinaran para enseñar, y no para sobrevivir a una prueba de fuego (nunca mejor dicho) en la que el un mérito que no se evalúa pero es imprescindible parece ser la capacidad de resistir el calor.
Diego Cruz Torrijos es diputado y vicepresidente tercero de la Asamblea de Madrid
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