Se acaban de cumplir cinco años de la llegada de los talibanes al poder en Afganistán. Hace cinco años, todos los informativos abrían con las imágenes de la gente huyendo despavorida, literalmente, por tierra, mar y aire, y las tertulias en los medios eran casi monográficas acerca de lo que ocurriría y lo que iba a significar. Como siempre ocurre, la burbuja se fue desinflando, y hoy en día prácticamente nadie se acuerda de aquello. De aquello y, lo que es sin duda peor, de lo que ha supuesto para miles de seres humanos, especialmente para las mujeres.

Como cualquiera con dos dedos de frente hubiera podido suponer, el golpe de estado talibán implicaba mucho más que un cambio de gobierno. Implicaba un cambio de paradigma para los derechos humanos en todo el país, sobre todo para los derechos de las mujeres, que, poco a poco, han quedado relegadas a la invisibilidad total y a la carencia de lo más elemental.

Aunque es imposible, tratemos de ponernos por un momento en su lugar. ¿Cómo sería nuestra vida si nos encontráramos dentro de una cárcel de tela? ¿Si lo poco que pudiéramos ver fuera a través de una rejilla ínfima? ¿Si no pudiéramos ir solas ningún sitio, y a muy pocos en compañía de un varón? ¿Si no pudiéramos trabajar, leer ni estudiar? ¿Si no pudiéramos tener asistencia médica? ¿Si se nos privara de la posibilidad de reír, de cantar, y hasta de hablar? ¿Si nos relegaran a los confines de un domicilio sin siquiera ventanas? ¿Si los hombres pudieran hacer cualquier cosa con nosotras sin que nadie les castigara por ello? ¿Si el solo hecho de pensar por nosotras mismas fuera un pecado castigado con la muerte? ¿Y si, encima, el mundo entero nos ignorara como si no importáramos nada?

A mí, a pesar de la lejanía física y de vivir en mi zona de confort se me ponen los pelos como escarpias con solo imaginarlo. Y no solo eso, me enfurece que las tengamos olvidadas, que nos resignemos como sociedad a que existan esas situaciones. Porque, como diría una buena amiga, tendría que pararse el mundo.

Sin embargo, el mundo sigue girando, aunque lo haga con enormes piedras en sus engranajes para ellas. Y parece que quienes quieren hacer algo, no pueden, y quienes pueden, no quieren. Pero ¿de verdad no podemos hacer nada? ¿De verdad hemos de resignarnos a que haya tantas mujeres que estén muertas en vida?

No podemos seguir mirando hacia otro lado. Pensemos que lo único que nos separa de ellas es el azar de haber nacido en un momento y un lugar determinado. Nosotras podríamos ser ellas. Podrían ser nuestras madres, nuestras hermanas, nuestras hijas, nuestras amigas. Y no podemos olvidarlas.

SUSANA GISBERT
Fiscal y escritora (@gisb_sus) 

Añadir ElPlural.com como fuente preferida de Google.

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora