Durante miles de millones de años, el Sol ha sido percibido como una presencia constante: una esfera incandescente cuyo latido parecía inmutable desde la distancia de la Tierra. Sin embargo, la ciencia lleva décadas demostrando que esa aparente estabilidad es, en realidad, una ilusión. Bajo su superficie ardiente, la estrella que gobierna el sistema solar atraviesa ciclos de actividad, pulsaciones magnéticas y movimientos internos que transforman su comportamiento con el paso del tiempo.

Ahora, un equipo internacional de científicos ha encontrado nuevas pruebas de que el interior del Sol cambia de forma sutil incluso cuando parece atravesar sus fases más tranquilas. Investigadores de la Universidad de Birmingham, en Reino Unido, y de la Universidad de Yale, en Estados Unidos, han analizado más de 40 años de datos astronómicos para estudiar cómo evoluciona la estructura interna de la estrella entre distintos mínimos del ciclo solar.

Sus conclusiones, publicadas en la revista científica Monthly Notices of the Royal Astronomical Society, sugieren que incluso pequeñas variaciones en la actividad magnética del Sol dejan huellas detectables en su interior. El trabajo apunta a una idea tan sencilla como sorprendente: el Sol no atraviesa dos periodos de calma exactamente iguales.

El ritmo oculto del Sol

El Sol sigue un ciclo magnético que dura aproximadamente 11 años. Durante ese periodo, su actividad aumenta y disminuye gradualmente. En la fase de mayor intensidad, su superficie se llena de manchas solares, llamaradas y erupciones magnéticas capaces de lanzar enormes cantidades de energía al espacio.

En el extremo opuesto se encuentra el llamado mínimo solar, una etapa en la que la estrella se muestra aparentemente tranquila. Las manchas solares desaparecen casi por completo, los campos magnéticos se debilitan y la superficie solar adquiere un aspecto mucho más uniforme.

Fue precisamente durante esos periodos de calma cuando los investigadores decidieron mirar más allá de lo visible.

Para ello utilizaron observaciones procedentes de seis telescopios repartidos por todo el planeta, que forman la llamada Red de Oscilaciones Solares de Birmingham (BiSON). Este sistema lleva décadas monitorizando las diminutas vibraciones del Sol de forma continua, lo que permite a los científicos estudiar su interior sin necesidad de penetrar físicamente en él.

Escuchar el latido de una estrella

La clave de esta investigación se encuentra en una técnica conocida como heliosismología, una disciplina que estudia el interior del Sol a partir de sus oscilaciones.

El astro no permanece completamente inmóvil. En su interior se generan ondas sonoras atrapadas en el plasma solar que hacen vibrar toda la estrella de manera imperceptible, como si se tratara de un gigantesco instrumento musical.

Analizando cómo se propagan esas ondas, los científicos pueden reconstruir qué ocurre en las distintas capas internas del Sol.

En este estudio, los investigadores examinaron cuatro mínimos solares consecutivos correspondientes a los ciclos 21, 22, 23, 24 y 25. Se trata del primer trabajo que compara directamente varios de estos periodos utilizando datos sísmicos solares recogidos durante décadas.

Los científicos buscaban una señal muy concreta: un pequeño “fallo” en las ondas sonoras que aparece cuando el helio presente en el interior del Sol se ioniza por segunda vez. Ese fenómeno altera ligeramente la velocidad del sonido en determinadas capas y permite detectar cambios estructurales en la estrella.

Un mínimo solar diferente a los demás

Los resultados revelaron un hallazgo inesperado. El mínimo solar ocurrido entre 2008 y 2009, situado entre los ciclos solares 23 y 24, mostró características internas notablemente distintas respecto a los otros periodos analizados.

Ese mínimo ya era conocido entre los astrónomos por su duración inusualmente larga y por la escasa actividad registrada en la superficie solar. Sin embargo, el nuevo análisis demuestra que la diferencia no se limitó a lo que se observaba desde el exterior.

Los investigadores detectaron que el llamado “fallo del helio” era mucho más pronunciado durante ese periodo, una señal de que la estructura interna del Sol había cambiado de forma medible. Además, observaron una mayor velocidad del sonido en las capas externas de la estrella, lo que sugiere que en ese momento existían presiones y temperaturas más elevadas en el gas solar, junto con campos magnéticos más débiles.

El profesor Bill Chaplin, de la Universidad de Birmingham, explica que el hallazgo permite medir por primera vez estas variaciones con precisión.

“Por primera vez hemos podido cuantificar claramente cómo cambia la estructura interna del Sol de un mínimo del ciclo al siguiente”, señala el investigador. “Las capas externas del Sol evolucionan sutilmente con el tiempo, y los mínimos más profundos y silenciosos dejan una huella interna que podemos detectar”.

Lo que el Sol puede hacerle a la Tierra

Comprender estas variaciones no es solo una cuestión académica. La actividad solar tiene consecuencias directas sobre la Tierra.

Las erupciones y tormentas solares generan lo que los científicos llaman clima espacial, un fenómeno capaz de afectar a la tecnología moderna. Estas explosiones de energía pueden provocar interferencias en las comunicaciones por radio, errores en los sistemas GPS, daños en satélites e incluso fallos en redes eléctricas.

Por eso, entender cómo evoluciona el interior del Sol podría ayudar a anticipar mejor los futuros ciclos de actividad.

La profesora Sarbani Basu, de la Universidad de Yale, subraya que conocer lo que ocurre bajo la superficie solar es clave para prever lo que vendrá después. “Revelar cómo se comporta el Sol en estos periodos de calma es importante porque ese comportamiento influye directamente en cómo se acumula la actividad en los ciclos posteriores”, explica.

Escuchar otras estrellas

El estudio también abre la puerta a aplicar estas técnicas a otras estrellas similares al Sol.

Gracias a nuevas misiones espaciales como PLATO, el observatorio que prepara la Agencia Espacial Europea, los científicos podrán estudiar las oscilaciones de estrellas lejanas con una precisión sin precedentes.

Según Chaplin, esto permitirá comparar la evolución del Sol con la de otros astros y comprender mejor cómo cambia la actividad estelar y cómo puede afectar a los planetas que orbitan a su alrededor.

Mientras tanto, la red BiSON seguirá escuchando el latido de nuestra estrella desde la Tierra: un coro silencioso de telescopios repartidos por el planeta que, día tras día, continúa registrando las vibraciones de ese gigantesco corazón de plasma que ilumina el sistema solar. Porque incluso cuando parece dormido, el Sol nunca deja de cambiar.

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