En el corazón de una galaxia remota, donde la luz tarda 10.000 millones de años en alcanzarnos, algo ha comenzado a apagarse. No es una estrella ni un sistema planetario: es un agujero negro supermasivo, uno de esos motores invisibles que gobiernan el ritmo de las galaxias. Y su súbita pérdida de brillo ha puesto en jaque décadas de certezas en astrofísica.

El hallazgo, en el que participa el Instituto de Astrofísica de Canarias junto al Gran Telescopio Canarias, documenta un fenómeno tan inesperado como inquietante: este gigante cósmico ha reducido su luminosidad hasta una vigésima parte en apenas veinte años. Un parpadeo insignificante en términos humanos, pero un suspiro en la escala del Universo.

Durante décadas, los científicos asumieron que estos colosos - anclados en los centros de las galaxias - evolucionaban a un ritmo lento, casi geológico. Sus fases de actividad, en las que devoran gas y polvo generando una radiación cegadora, se estimaban en cientos de miles o millones de años. Lo que ahora se observa rompe esa narrativa.

Un motor cósmico que se queda sin combustible

Para entender la magnitud del descubrimiento hay que descender al corazón de estos objetos. Los agujeros negros supermasivos no emiten luz por sí mismos, pero sí lo hace el material que cae hacia ellos. Ese gas forma un disco de acreción: una estructura en rotación que se calienta hasta extremos inimaginables y brilla con intensidad a través del cosmos.

Es lo que los astrónomos llaman núcleos galácticos activos, auténticos faros en la oscuridad. Sin embargo, en este caso, ese faro se ha atenuado de forma abrupta.

Es como si un potente motor cósmico empezara de repente a quedarse sin combustible”, resume el investigador japonés Tomoki Morokuma, que lidera el estudio. La metáfora no es casual: las evidencias apuntan a que el flujo de gas que alimentaba al agujero negro se ha reducido drásticamente.

Los datos recogidos en múltiples longitudes de onda - desde el óptico hasta los rayos X - descartan explicaciones más simples, como la presencia de polvo ocultando la fuente o cambios en los chorros de energía. Lo que se apaga no es una ilusión: es el propio mecanismo central.

Las estimaciones son contundentes. La cantidad de materia que caía hacia el agujero negro pudo disminuir hasta cincuenta veces en un intervalo extremadamente corto. Un colapso en el suministro que deja al descubierto un comportamiento mucho más dinámico - y volátil - de lo que se creía.

Una coreografía global para atrapar lo imposible

Detectar un fenómeno así no es fruto del azar, sino de una vigilancia paciente y coordinada a escala planetaria. El descubrimiento se apoya en una red de observatorios que incluye el telescopio Subaru, en Japón, y el propio GTC en el Observatorio del Roque de los Muchachos, en La Palma.

La clave estuvo en comparar imágenes separadas por décadas. Los registros históricos del cielo, como los del Sloan Digital Sky Survey, permitieron identificar el objeto cuando aún brillaba con intensidad. Las observaciones más recientes revelaron su declive.

Los datos infrarrojos del GTC fueron fundamentales para demostrar que todo el motor central se estaba desvaneciendo, no solo una parte”, explica Nieves Castro Rodríguez.

Este tipo de estudios, que combinan grandes cartografiados del cielo con seguimientos detallados, se han convertido en la columna vertebral de la astronomía moderna. Y todo apunta a que apenas estamos empezando a comprender lo que esconden.

En los últimos años, algunos núcleos galácticos activos cercanos ya habían mostrado cambios rápidos, pero este caso - por su distancia y magnitud - amplía el fenómeno a escalas cósmicas mucho mayores. “Solíamos pensar que estos objetos solo cambiaban en escalas de tiempo extremadamente largas”, señala José Acosta Pulido. “Ahora sabemos que pueden alternar entre estados activos y tranquilos en cuestión de años”, apostilla.

El reto, a partir de aquí, es teórico. Los modelos actuales no logran explicar cómo puede producirse un apagón tan rápido. Para investigadores como Toshihiro Kawaguchi, este objeto se convertirá en un banco de pruebas imprescindible para reformular las bases de la evolución de los agujeros negros.

Mientras tanto, nuevos instrumentos - como el futuro Observatorio Vera C. Rubin o la misión Euclid - prometen ampliar el catálogo de estos “gigantes intermitentes”. Cada uno de ellos, una pista más en el intento de responder a una pregunta esencial: cómo crecen, y cómo se detienen, los mayores devoradores de materia del Universo.

Porque, en algún lugar del cielo profundo, puede que otros faros estén empezando a apagarse sin que todavía lo sepamos.

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