“Se dice patria, y se dice bandera, y no se sabe bien qué se dice”. La advertencia de Miguel de Unamuno flotó durante décadas sobre un país que aprendió a no hacerse demasiadas preguntas. Durante el franquismo, esa confusión no fue un error ni una deriva: fue una estrategia. La bandera dejó de ser un símbolo discutible para convertirse en una certeza obligatoria, en un atajo emocional que evitaba cualquier matiz. Nombrarla era nombrar a España; cuestionarla, quedar fuera. 

En la posguerra, la bandera se instaló en la vida cotidiana con la naturalidad de lo impuesto. Estaba en los patios de los colegios, en las fachadas de los ayuntamientos, en los actos religiosos y en los documentos oficiales. No hacía falta explicarla: se aprendía por repetición. Los niños la veían izarse cada mañana, aún con el frío agarrado a las manos, mientras el silencio se imponía antes incluso de comprender el gesto. Aquella escena, repetida miles de veces, fue una de las primeras lecciones políticas de la dictadura: hay símbolos que no se preguntan. 

El régimen de Francisco Franco entendió pronto que la bandera podía funcionar como un lenguaje simple para una realidad compleja. La rojigualda, acompañada del águila de San Juan y de los símbolos falangistas, se presentó como la expresión natural de la nación. No se hablaba de historia, ni de conflicto, ni de pluralidad. La bandera condensaba un relato cerrado: España era una, grande y libre, y todo lo demás quedaba fuera del encuadre. El símbolo servía para suturar heridas sin curarlas, para tapar las grietas con solemnidad. 

Pero los símbolos no se viven igual desde todos los lados. Para quienes habían perdido la guerra, la bandera no era motivo de orgullo ni de celebración. Era, en muchos casos, una presencia incómoda, asociada a la derrota, al miedo y al silencio. En esos hogares no se colgaba en balcones ni se mencionaba en voz alta. Simplemente no estaba. La ausencia, en aquel contexto, también era una forma de relación. Se aprendía a convivir con el símbolo sin hacerlo propio, a mirarlo de reojo, a bajar la voz al pasar frente a él. 

La bandera también marcaba el ritmo de las celebraciones oficiales. Desfiles, fiestas nacionales, procesiones y actos públicos se articulaban en torno a ella. Ondeaba mientras sonaban himnos y discursos solemnes que hablaban de sacrificio, unidad y destino. Para muchos asistentes, aquellos actos eran una rutina que había que cumplir con corrección. La emoción no era necesaria; bastaba con no destacar. La bandera no invitaba a compartir una identidad, sino a demostrar adhesión. En ese contexto, disentir no era una opción visible. 

Con el paso de los años, la presencia constante de la bandera empezó a perder parte de su fuerza emocional, sobre todo entre las generaciones nacidas en los años cincuenta y sesenta. Crecieron rodeadas de símbolos, pero también comenzaron a percibir la distancia entre el relato oficial y la vida real. La España que se proclamaba victoriosa era un país de emigración, salarios bajos y censura. La bandera seguía ahí, presidiendo actos y edificios, pero cada vez decía menos a quienes empezaban a hacerse preguntas. Se convirtió, para muchos, en parte del decorado de un país detenido en el tiempo. 

Mientras tanto, otras banderas sobrevivían fuera del espacio público. No ondeaban en plazas ni aparecían en los libros de texto, pero existían en la intimidad de los recuerdos familiares, en canciones cantadas en voz baja, en papeles escondidos en cajones. Eran símbolos prohibidos, ligados a identidades políticas, territoriales o democráticas que el régimen había expulsado del relato oficial. Su invisibilidad reforzaba el monopolio simbólico del franquismo y hacía aún más evidente que la bandera no representaba a todos. 

La muerte de Franco abrió un tiempo nuevo también para los símbolos. Durante la Transición, la bandera volvió a situarse en el centro del debate, aunque de una forma distinta. Se mantuvieron los colores, pero se retiraron los elementos más explícitos de la dictadura. Fue una solución pragmática, pensada para avanzar sin romper del todo. Para algunas personas, ese cambio permitió empezar a reconciliarse con un emblema que había sido utilizado como herramienta de exclusión. Para otras, el recuerdo seguía demasiado cerca. Los símbolos, como las memorias, no se transforman al mismo ritmo que las leyes. 

Décadas después, la bandera arrastra todavía esa historia. No es solo un emblema nacional, sino un objeto cargado de significados contradictorios. Hay quienes la sienten propia y quienes la miran con distancia, quienes la viven con naturalidad y quienes no logran desprenderla del pasado autoritario. Comprender su papel durante el franquismo ayuda a explicar por qué sigue generando debate, incomodidad y, a veces, rechazo. Durante mucho tiempo, la bandera no fue un lugar de encuentro, sino una línea divisoria. 

Mirar hoy ese recorrido no implica quedarse atrapado en él. Los símbolos no son inmutables, pero tampoco inocentes. Cambian cuando cambia la forma en que se viven y se comparten. La bandera que durante el franquismo fue obligatoria, vigilante y excluyente puede, con el tiempo, dejar de serlo. No por olvido, sino por resignificación. Tal vez la esperanza esté ahí: en permitir que el símbolo deje de imponer silencio y empiece a convivir con la diversidad real del país que dice representar. En aceptar que la patria no cabe entera en una tela, y que reconocerlo no la debilita, sino que la hace, por fin, habitable.

Palabra oculta

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