"Paguita" se ha convertido en una de las palabras más repetidas del debate político español. Con ella se agrupan, casi siempre de forma despectiva, prestaciones tan distintas como una beca para estudiar, una pensión no contributiva, una ayuda a la dependencia, un subsidio por desempleo o el Ingreso Mínimo Vital. El término, muy utilizado por la derecha política, mediática y económica de este país, pretende transmitir la idea de que esas prestaciones son un regalo, una concesión inmerecida o un gasto prescindible. Sin embargo, detrás de ese eslogan se esconde una pregunta mucho más importante: ¿qué papel debe desempeñar una democracia cuando alguno de sus ciudadanos atraviesa una situación de necesidad?

La respuesta a esa pregunta explica buena parte de la transformación de España durante las últimas décadas. Porque la democracia no solo devolvió las libertades políticas. También construyó un Estado del bienestar que convirtió muchas formas de protección social en derechos garantizados por la ley. Derechos que algunos, como el líder de la oposición, Alberto Núñez Feijóo, o el presidente de la patronal, Antonio Garamendi, se han esforzado en cuestionar en las últimas fechas hablando, incluso, de perseguir las bajas laborales mezclando el discurso con el absentismo laboral.

Durante buena parte del franquismo existieron mecanismos de asistencia social, pero respondían a una lógica muy distinta. La cobertura dependía, en gran medida, de haber cotizado a la Seguridad Social, de pertenecer a determinados colectivos o de sistemas asistenciales que conservaban un marcado carácter benéfico. Quienes quedaban fuera de esas categorías debían recurrir, con frecuencia, a la ayuda familiar, a organizaciones religiosas o a la beneficencia pública. La protección social no se concebía como un derecho universal, sino como una respuesta limitada para determinadas circunstancias.

La diferencia puede parecer técnica, pero es profundamente política. La beneficencia depende de la voluntad de quien concede la ayuda. Los derechos sociales, en cambio, obligan a los poderes públicos a proteger a quienes se encuentran en una situación de vulnerabilidad. Esa idea quedó reflejada en la Constitución de 1978, que definió a España como un Estado social y democrático de derecho y abrió el camino al desarrollo del Estado del bienestar.

A partir de entonces fueron consolidándose políticas públicas que hoy forman parte de la vida cotidiana de millones de personas. Las becas permitieron que el origen económico dejara de ser, en muchos casos, un obstáculo insalvable para acceder a la universidad. Las pensiones no contributivas garantizaron unos ingresos mínimos a personas mayores o con discapacidad que nunca habían podido cotizar lo suficiente. Los subsidios por desempleo ofrecieron protección a quienes perdían su trabajo. Las ayudas a la dependencia reconocieron el derecho a recibir apoyos cuando la autonomía personal se ve limitada. Más recientemente, el Ingreso Mínimo Vital amplió esa red para hogares en situación de pobreza severa.

Cada una de estas prestaciones responde a necesidades distintas, pero todas comparten un mismo principio: que ninguna persona debería quedar completamente abandonada cuando atraviesa una enfermedad, pierde su empleo, envejece sin recursos o carece de oportunidades para salir adelante. No eliminan las desigualdades ni sustituyen el esfuerzo individual. Lo que hacen es evitar que una dificultad puntual o una circunstancia personal condenen a alguien a la exclusión.

Por eso, hablar de "paguitas" para referirse de forma indiscriminada a este conjunto de derechos supone simplificar una de las mayores transformaciones de la España democrática. Una beca no es solo una ayuda económica: es la posibilidad de que el talento no dependa exclusivamente del nivel de renta familiar. Una pensión no contributiva no es únicamente un ingreso mensual: es la garantía de que una persona mayor pueda vivir con dignidad aunque nunca tuviera la oportunidad de cotizar. Una prestación por desempleo no premia la falta de trabajo: protege a quien busca reincorporarse al mercado laboral sin quedar completamente desamparado.

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