A las afueras de Santander, a espaldas de los terrenos militares de La Remonta, el local mantiene desde fuera los aires de una humilde asesoría laboral de capital de provincias. Pero al cruzar la puerta, el zumbido de ordenadores y fotocopiadoras ha sido sustituido por el rebote de dados y el bullicio que sale de los antiguos cubículos de oficina.

“Juntarte con un tío con el que solo has jugado dos partidas y embarcarte en soltar 150 pavos… es confiar mucho”. Quien habla es Kanutxo, que junto a Raúl recibe a ElPlural a las puertas de Valores en Juego, una asociación de juegos de mesa que acaba de nacer en la capital cántabra. Ambos forman parte del equipo fundador y hace apenas dos meses eran desconocidos que quedaban en bares para poder jugar. Hoy gestionan un local, una ludoteca compartida y una pequeña familia de 36 socios que no deja de crecer.

Porque en Santander hay mucha gente con estanterías llenas de juegos de mesa, pero hasta ahora había pocos sitios donde jugarlos.


Dos socios comparten una partida de Red Cathedral.
 

Antes del local: la carencia compartida

Antes de que existiera un local, una llave o una cuota mensual, existía una sensación bastante más prosaica: la de tener con quién jugar, pero no dónde. En Santander, como en tantas otras ciudades medianas, hay aficionados con estanterías repletas, pero círculos de amigos que no siempre comparten el interés. “Tengo un ático entero que es el ático del vicio, con más de 200 juegos”, resume Raúl, “pero me ha rentado muchísimo la inversión inicial en la asociación para tener siempre gente con quien jugar”.

Y eso que en la capital cántabra no falta afición: aquí se celebran desde hace 20 años las tumultuosas jornadas Minas Tirith, que cada año reúnen a miles de personas en torno a cientos de juegos de mesa. Pero más allá de esa gran cita anual, el día a día es menos épico. Quedar en una casa no siempre es posible. Jugar en un bar, tampoco. “La gente que está viniendo es como nosotros: tiene una carencia de espacio o de gente con quien jugar. Y viene a dar el máximo”.

De esa carencia nace Valores en Juego. El germen estaba en un grupo de Telegram donde se hablaba de juegos, se organizaba alguna quedada esporádica y, sobre todo, se lamentaba la ausencia de un lugar físico más estable.

El salto de fe: confiar, pagar y empezar

Pero convertir esa conversación en algo real exigía algo más que entusiasmo. Exigía dinero, tiempo y, sobre todo, confianza. Veintitrés personas decidieron dar el paso inicial y aportar 150 euros cada una para alquilar un local, acondicionarlo y empezar desde cero. No eran un grupo de amigos de toda la vida. Salvo contadas excepciones, apenas se conocían de un par de partidas y muchas horas de chat.

“Nos conocíamos de jugar dos partidas y al final uno pone el nombre para alquilar un local, otro lo pone para los estatutos… Es confiar mucho”, rememora Kanutxo. “Pero confiar también es guapo. Ver lo que funciona, lo que sale adelante, pues mola. Y luego se trabaja la amistad: ahora ya somos colegas y con eso me quedaría. Para mí, personalmente, 150 euros era jugársela y, viendo lo que ha salido al final, no me parece dinero”.

Ese paso marcó un punto de no retorno. A partir de ahí ya no se trataba de quedar cuando apetecía, sino de responder por un proyecto común. “Pecamos de novatos en todo… estamos haciendo todo por ensayo y error”, admiten ahora, con la perspectiva que da haber sobrevivido al primer empujón.

Los errores no tardaron en llegar. “Si tuviéramos que dar un consejo a otros, que consulten con más asociaciones”, explica Raúl. “Nosotros cometimos el error de fijarnos en los estatutos de una asociación de Oviedo y, cuando fuimos al Ayuntamiento, nos dijeron que eso no valía para aquí. Tuvimos que rehacerlo todo”.

 

De la idea a la realidad: papeleo, errores y brocha gorda

Mientras tanto, el local no se iba a levantar solo. En apenas tres semanas, los fundadores se pusieron manos a la obra: pintar paredes, cambiar iluminación, fabricar mesas y adaptar un espacio que, hasta entonces, había sido cualquier cosa menos un lugar para jugar. La elección del local —la oficina de una antigua asesoría de riesgos laborales— no respondió a romanticismos urbanos. La balanza la inclinó, al final, algo tan prosaico como el aparcamiento. “Muchos somos de fuera y en el centro de Santander iba a ser muy difícil”, señalan.

La entrada la conforma una gran sala con sofás que hace las veces de punto de encuentro. Alrededor, tres antiguos despachos reconvertidos en salas de juego de distintos tamaños. “Al principio miramos locales diáfanos y luego hacer separaciones, porque tenemos la suerte de contar con gente como Raúl, que es muy manitas”, explica Kanutxo. “Pero nos ha venido bien la repartición: si estás jugando una partida de rol y necesitas crear ambiente en una sala, en otra pueden estar con un filler y chillar lo que quieran”.

Estamos en Santander y, a menudo, hace frío. Nuestra visita es en pleno invierno y cada sala tiene su propia estufa. En la más pequeña, tres hombres y una mujer juegan a Rococó Deluxe al calor de un calefactor que imita una chimenea. “En un principio esta sala estaba destinada al rol, pero es la primera que coge todo el mundo porque se calienta a toda hostia”.

La configuración se completa con un pequeño rincón junto a los baños donde han colocado una nevera “con refrescos y maicitos”. “El bar”, por llamarlo de alguna manera, “tiene un sobrecoste mínimo. Coges lo que quieras, lo apuntas en una libreta y metes el dinero en una hucha”. “No es para sacar una rentabilidad de Dios. Si sacas 50 euros, pues son 50 euros para la asociación, poco a poco”, resume Raúl.

Dinero, cuotas y el precio de la confianza

Si levantar el local fue una cuestión de brocha y taladro, mantenerlo abierto es un ejercicio constante de equilibrio. El modelo económico es sencillo, casi austero. Los 23 fundadores pagan 40 euros al mes; los nuevos socios, 20. No hay ánimo de lucro ni sueldos encubiertos. Lo que sí hay son gastos recurrentes —alquiler, luz, limpieza— y un objetivo claro: crear un pequeño colchón que permita dormir tranquilos.

“La idea es tener unos 3.000 euros de seguridad por si hay una avería o se nos cae gente de golpe”, explican. Después vendrá, si todo va bien, la devolución progresiva de la inversión inicial. Aquí se trata de sostener, no de crecer sin límite.

Ese mismo equilibrio se traslada al modelo de socios. No cualquiera que entre por la puerta recibe automáticamente una llave. Existe la figura del “socio colaborador”, que durante seis meses participa en la vida del local antes de convertirse en miembro de pleno derecho. “Establecimos los seis meses de prueba para asegurar que no entre una persona tóxica”, dicen sin rodeos, “aunque en el perfil jugón somos ya bastante adultos y no creo que nadie venga a tocar la gaita”.

Tener llave no es un privilegio simbólico; es una responsabilidad. Implica avisar cuando se abre o se cierra el local, cuidar el material común y estar al día con las cuotas. Porque al final, más allá de números y estatutos, lo que se está gestionando no es un negocio, sino confianza.

 

Detalle de una partida de Rococó Deluxe
 

Jugar sin comprar: una ludoteca compartida

La sorpresa llega cuando preguntamos cómo deciden qué juegos comprar con las cuotas de los socios. La respuesta es inmediata: no compran ninguno.

Desde el principio, la asociación decidió que el dinero común debía destinarse exclusivamente a mantener el local abierto. “No necesitamos que ninguna editorial nos traiga juegos; si nos juntamos todos, igual tenemos 4.000 juegos”, explican.

La ludoteca se construye desde lo compartido. Cada miembro aporta voluntariamente los juegos que quiere poner en circulación. Se registran mediante códigos QR y una aplicación enlazada con BoardGameGeek que permite saber qué hay disponible y quién lo ha traído. No es una colección propiedad de la asociación, sino una red viva.

Esa decisión conecta con su visión sobre la industria. “Para mí hay una burbuja de la hostia que va a partir… nos estamos convirtiendo más en coleccionistas que en jugones”, reflexionan.

En el local esa filosofía tiene consecuencias concretas. Está prohibida la especulación con cartas y juegos. “Si quieres comprar o vender, te vas a una tienda; aquí se viene a jugar”. Aquí el intercambio es de tiempo, no de dinero.

 

Más allá del tablero: jugar para acompañar

Si algo se repite durante la conversación es que el proyecto no termina en esas cuatro salas con estufas y dados. El nombre, Valores en Juego, no es casual.

“Estoy haciendo una ludoteca para que, cuando mi hija tenga 12 años, pueda tener un momento de calidad con ella antes de que conozca el calimocho y me mande a tomar por culo”, bromea uno de los socios. Detrás del humor hay una idea sencilla: compartir tiempo antes de que sea tarde.

“No te vas. Te quedas hasta que termine la partida, porque lo que se empieza, se acaba”. En una época de pantallas inmediatas, sentarse dos horas alrededor de un tablero puede convertirse en un pequeño acto de resistencia.

El siguiente paso mira hacia fuera. Entre los socios hay profesores que ya utilizan juegos en sus aulas. Y el horizonte más ambicioso apunta a las residencias de mayores. “Hay gente muy sola que solo necesita que jueguen con ellos”.

El juego, en ese contexto, deja de ser entretenimiento para convertirse en excusa. Excusa para conversar, para tocar fichas, para compartir una hora sin prisas. Para romper, aunque sea por una tarde, la rutina de la soledad.

Porque en un tiempo en el que el ocio tiende a aislar, levantar un lugar para sentarse juntos alrededor de una mesa puede ser algo mucho más ambicioso que una partida.