Durante casi tres décadas, la televisión en España tuvo un único dueño. Desde la primera emisión de TVE, el 28 de octubre de 1956, la pequeña pantalla fue un monopolio estatal que emitía la misma programación para todo el país. Los informativos, los concursos, las series y los grandes acontecimientos se decidían desde Prado del Rey y apenas existían desconexiones territoriales. Pero a principios de los años ochenta comenzó una revolución que suele quedar eclipsada por la llegada de Antena 3, Telecinco y Canal+, aunque fue igual o incluso más trascendente. Antes de que nacieran las cadenas privadas nacionales, las televisiones autonómicas ya habían empezado a romper el modelo centralizado sobre el que se había construido la televisión española.

El contexto político era completamente distinto al de décadas anteriores. La Constitución de 1978 había inaugurado el Estado de las Autonomías y los nuevos gobiernos regionales entendían que disponer de una radio y una televisión propias era una herramienta fundamental para construir identidad institucional, acercar la información al ciudadano y, en comunidades con lengua propia, impulsar su normalización en los medios de comunicación.

La pionera fue Euskal Telebista (ETB), que inició sus emisiones el 31 de diciembre de 1982. Apenas nueve meses después, el 11 de septiembre de 1983, coincidiendo con la Diada de Cataluña, comenzó a emitir TV3. Lo hicieron incluso antes de la aprobación de la Ley del Tercer Canal, promulgada en diciembre de 1983 para regular la concesión de canales autonómicos de televisión. Paradójicamente, la norma llegó cuando las dos experiencias más importantes ya estaban en marcha.

Aquellas primeras cadenas no nacieron como simples delegaciones territoriales de TVE. Su objetivo era mucho más ambicioso: producir una televisión propia. Informativos elaborados desde cada comunidad, retransmisiones de acontecimientos locales, programas de entretenimiento con rostros de proximidad y una programación diseñada pensando en la realidad de cada territorio. Por primera vez, millones de espectadores podían encender el televisor y encontrar una cadena que hablaba de sus municipios, de sus instituciones, de sus fiestas y de sus problemas cotidianos.

El modelo no tardó en extenderse. En 1985 llegó Televisión de Galicia (TVG), mientras que en 1989 comenzaron sus emisiones Canal Sur, Telemadrid y Canal 9. En apenas siete años España había pasado de una única televisión pública de ámbito estatal a un sistema mucho más descentralizado, en el que varias comunidades competían por la audiencia con una oferta propia. 

Sin embargo, la verdadera revolución no estuvo únicamente en el ámbito político. Las autonómicas transformaron por completo la industria audiovisual española. Hasta entonces, buena parte de la producción televisiva se concentraba en Madrid. La aparición de estos nuevos operadores impulsó la creación de productoras, estudios, equipos técnicos y profesionales repartidos por todo el territorio. Barcelona, Bilbao, Santiago, Sevilla o Valencia comenzaron a desarrollar una potente industria audiovisual que ya no dependía exclusivamente de TVE.

Esa transformación encontró un aliado fundamental en 1989 con la creación de la Federación de Organismos de Radio y Televisión Autonómicos, más conocida como FORTA. La alianza permitía negociar conjuntamente la compra de derechos deportivos, películas, series internacionales o grandes formatos de entretenimiento. Unidas, las autonómicas adquirían un peso que ninguna habría tenido por separado. Durante años, FORTA fue considerada casi una "tercera cadena nacional" por su capacidad para competir con TVE y, posteriormente, también con las nuevas televisiones privadas en la adquisición de contenidos de gran audiencia. 

Uno de los terrenos donde más se notó aquella fortaleza fue el deporte. Gracias a las compras conjuntas, millones de españoles pudieron seguir durante años partidos de Liga, Copa del Rey o competiciones internacionales a través de sus cadenas autonómicas. Era habitual que un mismo encuentro se emitiera simultáneamente en TV3, ETB, TVG, Canal Sur o Telemadrid, convirtiendo a FORTA en un actor imprescindible en la negociación de los derechos audiovisuales. La televisión autonómica había dejado de ser un fenómeno regional para convertirse en un competidor real dentro del mercado nacional. 

Pero probablemente su mayor legado llegó en el terreno de la ficción. Mucho antes de que las cadenas nacionales descubrieran el filón de las series diarias, fueron las autonómicas las que entendieron que el público quería verse reflejado en la pantalla. En enero de 1994, TV3 estrenó Poble Nou, considerada la primera telenovela diaria producida íntegramente en España. Ambientada en un barrio barcelonés y protagonizada por personajes cercanos, se convirtió en un auténtico fenómeno social. Su éxito fue tal que Antena 3 adquirió posteriormente los derechos para emitirla en toda España bajo el título Los mejores años

Ese mismo año, ETB respondió con Goenkale, una serie ambientada en un pequeño pueblo vasco que acabaría convirtiéndose en la ficción más longeva de la historia de la televisión española. Permaneció en antena durante más de dos décadas y superó los 3.700 episodios, demostrando que una serie diaria en euskera podía fidelizar a cientos de miles de espectadores durante años.

El fenómeno se extendió rápidamente. TV3 encadenó éxitos como Nissaga de poder y Plats Bruts; TVG convirtió Mareas Vivas en uno de los grandes fenómenos de la televisión gallega; Canal Sur hizo lo propio con Plaza Alta. Todas ellas compartían una característica: hablaban del entorno más cercano de sus espectadores, utilizaban acentos reconocibles y apostaban por historias que hasta entonces apenas tenían cabida en la televisión nacional. Sin saberlo, las autonómicas estaban sentando las bases del modelo de ficción de proximidad que años después adoptarían también las grandes cadenas estatales. 

Su influencia tampoco terminó en los contenidos. Las autonómicas fueron una extraordinaria cantera de profesionales. Periodistas, presentadores, guionistas, realizadores, técnicos y actores encontraron en ellas un espacio para formarse antes de dar el salto a las cadenas nacionales. Buena parte del talento que protagonizó la televisión española de los noventa y los dos mil pasó antes por los estudios de TV3, ETB, TVG, Canal Sur o Telemadrid.

Cuando Antena 3, Telecinco y Canal+ comenzaron a emitir en 1990, el espectador español ya no era el mismo que había conocido únicamente TVE. En muchas comunidades llevaba años acostumbrado a elegir entre distintos canales, distintos informativos y distintas maneras de entender la televisión. Las autonómicas habían preparado el terreno para la competencia, habían demostrado que existía vida más allá de Prado del Rey y habían construido una industria audiovisual distribuida por todo el país. Por eso, aunque la historia suele señalar a las privadas como el gran punto de inflexión, fueron las televisiones autonómicas las que dieron el primer golpe al viejo modelo centralizado y cambiaron para siempre el mapa audiovisual español.

Síguenos en Google Discover y no te pierdas las noticias, vídeos y artículos más interesantes

Síguenos en Google Discover

Añadir ElPlural.com como fuente preferida de Google.

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora