Damos por hecho que la vida en sí misma es una especie de fuerza imbatible que hace que todo funcione. Que el sol sale cada mañana y se pone cada tarde porque nosotros estamos en el mundo para verlo. Y nada está más alejado de la realidad que ese pensamiento. La vida es un milagro frágil que salvamos cada día, pero que en cualquier momento se queda sin solución de continuidad. Igual que una pompa de jabón está destinada a explotar y desaparecer, nuestra existencia tiene fecha de caducidad.
Semanas como la que estamos viviendo nos recuerdan esto con ferocidad y sin delicadeza. Y cuando ocurre algo tan salvaje como el accidente de Urda uno se pregunta ¿Qué más da todo lo demás? ¿A quién le importa que yo hable aquí hoy de nuestra televisión? ¿Y de qué debo hablar? ¿Hablo del accidente? ¿Acaso las palabras importan? ¿Sirven para algo en estos casos? Y aquí me tenéis tecleando, sin ninguna certeza, pero con la sensación de que nada que yo pueda decir vaya a aportar demasiado. Eso sí, también tengo claro lo que no quiero hacer con estas letras.
No quiero adueñarme de un dolor que no me pertenece. No quiero arengar a quien no sabe cómo sentirse ante una tragedia. No quiero aportar ni un ápice de crispación. No quiero hacer de faro moral para nadie. Porque si en circunstancias normales tenemos una responsabilidad cada vez que nos ponemos delante de un micrófono, una cámara o un teclado, en estos días esa responsabilidad se multiplica por diez. Me sorprendo estos días viendo cosas clamorosas en los medios. Me sorprendo leyendo cómo en el Hola se habla de que la Infanta Elena viaja en un tren a Albacete en el momento del accidente. Como si fuese relevante, como si fuera equiparable.
Es inevitable que esto me recuerde a la Dana de Valencia de la que el pasado 29 se cumplieron dos años. Ambas fechas nos recuerdan lo que antes hablábamos sobre la brevedad de la existencia, lo endeble de la nuestra condición humana. Ambas fechas nos repiten con fuerza que la vida está cosida con puntadas sencillas y no con dobles costuras, que si la circunstancia nos sacude con la fuerza justa todo se acaba. Recuerdo cómo en la Dana se pedía como un grito desesperado la dimisión de Carlos Mazón y entiendo perfectamente los que ahora piden la de Óscar Puente. Era pertinente entonces y lo es ahora. Y la no dimisión de Mazón no puede servir como acicate para justificar que Puente haga lo mismo.
Pienso en la pérdida, pienso en los familiares de esos hombres y mujeres que cogieron un tren y encontraron la muerte. Pienso en cómo se dilatan ahora las horas para ellos. En cómo la vida de repente adquiere un nuevo peso, una lentitud insufrible y se que por mucho que piense no llegaré a poder entender en su totalidad lo que están viviendo. Me parece injusto, porque todo el que ha perdido a alguien, de la forma que sea, sabe que el hecho de que los días sigan pasando, el hecho de que la vida no se detenga se convierte en un doloroso agravio que te golpea cada mañana.
Muy especialmente pienso en alguien que iba en ese tren con quien comparto círculos personales y profesionales. Alguien de quien no voy a escribir el nombre, porque ante la duda, antepongo el respeto a su familia y a su duelo. Un hombre bueno que en sus años de trabajo en televisión hizo afortunados a aquellos que hoy lo llaman amigo y a los que nos sentimos apenados por su partida por habernos cruzado en el camino con él. Un hombre que siempre tenía una palabra bonita para un compañero y una sonrisa para cualquiera que se encontrara. Cantaba Robe aquello de “Si te vas, me quedo en esta calle sin salida” y lo cierto es que en esta calle sin salida yo solo quiero abrazar a todos aquellos que hoy tienen un hueco en su corazón.
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