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Netflix quiere jugar en la liga de la televisión tradicional: el Mundial de 2030 como punto de inflexión

Tras prometer enterrar a la televisión de siempre, el gigante del 'streaming' adquiere el Mundial 2030 y claudica asumiendo el modelo clásico

Lamine Yamal. EP/Elaboración propia
Lamine Yamal. EP/Elaboración propia

Durante años, los despachos de Silicon Valley vendieron el dogma de que la televisión convencional era un fósil en descomposición, una reliquia para nostálgicos condenada a perecer bajo el rodillo del consumo individual, aséptico y a la carta. Sin embargo, la adquisición por parte de Netflix de los derechos de emisión para España y Andorra del Mundial de fútbol de 2030 —un paquete mastodóntico de 104 encuentros negociado bajo el habitual manto de opacidad económica de la FIFA— no supone una demostración de fuerza tecnológica, sino la admisión pública de un fracaso conceptual: el gigante que presumía de enterrar la parrilla ha tenido que hipotecarse para convertirse en una cadena generalista más.

La rendición no radica únicamente en la compra del acontecimiento deportivo más codiciado del planeta, sino en cómo piensa explotarlo. Lejos de inventar un lenguaje disruptivo, el despliegue anunciado por la compañía calca los vicios y virtudes de la retransmisión de toda la vida: programas previos para calentar la grada, mesas de debate durante el intermedio, análisis posteriores al pitido final y un carrusel de resúmenes diarios. La plataforma que abanderó la muerte de los horarios fijos se ve ahora en la obligación de encadenar a su público a una hora exacta, recurriendo a las mismas dinámicas de fidelización que llevan siete décadas sosteniendo a la televisión en abierto.

El salvavidas del directo

Este golpe de timón llega motivado por una crisis silenciosa pero devastadora en los cuarteles generales de Netflix. Atrapado en la denominada "fatiga de elección", el usuario medio termina desquiciado tras media hora perdida buceando entre carátulas impersonales, para acabar refugiándose en reposiciones mil veces vistas de comedias de hace veinte años. Las alarmas internas se encendieron de verdad al constatar que la cuota de tiempo de visionado no deja de erosionarse en plazas estratégicas como Estados Unidos, donde cayó a un 7,8% arrastrando consigo desplomes bursátiles superiores al 40%.

A este desgaste estructural se añade una sequía creativa insostenible. La maquinaria de ficción de Netflix se ha vuelto incapaz de sostener la conversación colectiva. Los éxitos virales arden con fuerza durante dos fines de semana y desaparecen de la memoria colectiva con la misma rapidez con la que se devoran en maratón. Ante la imposibilidad de retener a la audiencia mediante ficciones de usar y tirar, el directo se ha erigido en el único salvavidas capaz de congregar a millones de personas frente a un mismo dispositivo de forma simultánea.

La involución completa: anuncios, linearidad y La Revuelta

El desembarco mundialista es solo la última pieza de una reconversión industrial que lleva meses gestándose a la vista de todos. Para taponar la fuga de rentabilidad, la plataforma ya claudicó incorporando planes con publicidad y tantea el lanzamiento de canales FAST continuos donde el usuario simplemente presiona el mando y recibe una señal lineal sin tener que decidir qué ver. Una copia del zapping de antaño.

Esa misma necesidad de beber del agua de la televisión de siempre quedó sellada con el acuerdo para subir a diario las emisiones de La Revuelta. Necesitada del impacto cultural y la relevancia que solo el directo y la actualidad son capaces de generar, Netflix no dudó en parasitear el fenómeno de David Broncano a las pocas horas de su pase por La 1. El caballo de Troya que juró dinamitar las viejas costumbres del salón ha terminado pidiendo pista para sentarse en la misma mesa que Antena 3 o Telecinco, demostrando que la verdadera modernidad consistía simplemente en cobrarte una suscripción por hacer exactamente la misma televisión de siempre.

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