Jon Sistiaga lleva décadas metiéndose donde otros procuran no estar: guerras, conflictos y escenarios donde contar lo que ocurre implica asumir riesgos que van mucho más allá de una cámara o un micrófono. Pero el periodista ya no ve el peligro únicamente en los lugares donde silban las balas. También lo encuentra ahora en las calles, en las redes sociales, en las tertulias y hasta frente al Congreso. 

El reportero de guerra mira hoy a su propia profesión con una mezcla de preocupación y nostalgia. Habla de un oficio arrastrado por la polarización, el click y la velocidad de las redes, de unos medios que han perdido tiempo y recursos para contar historias y de una sociedad que, cada vez más, prefiere escuchar a “agitadores” antes que a periodistas. “Se está acabando todo esto, nuestra profesión, esta cosa tan chula. Al menos como era antes”, advierte.

Sistiaga reivindica al periodista que contrasta, que viaja, que pregunta y que se toma el tiempo necesario para entender una historia. Y cuestiona también a los propios profesionales: “Hemos contribuido mucho a generar este clima de polarización”. En conversación con ExtraTele, el periodista repasa el momento que atraviesa el oficio, la influencia de las redes, la responsabilidad de los medios y una transformación que, a su juicio, está dejando atrás una determinada forma de entender el periodismo.

Pregunta: Queremos empezar tirando de actualidad. Has cubierto muchísimas guerras, donde los periodistas se convierten también en focos y pueden sufrir riesgos físicos. Hace poco, en España, veíamos como en las manifestaciones por Ceuta los reporteros llegaban a ser agredidos. ¿Se están convirtiendo los periodistas en víctimas?

Respuesta: Ceuta no es un conflicto bélico por el momento. En las guerras, los periodistas nos hemos convertido en patitos de feria, ya no nos necesita nadie ni siquiera para mandar mensajes a uno u otro lado. Cualquiera de los lados tiene sus gabinetes de prensa, sus cuentas de Instagram, de TikTok. No nos necesitan, por tanto somos personajes incómodos.

Lo somos en todos los lados. Ya no necesitamos ir a un conflicto bélico, puedes hacerlo en las calles de Ceuta o enfrente del Congreso. La generalización de que la prensa miente, el hecho de que muchísima gente prefiera seguir a agitadores por redes sociales más que a periodistas. No es una gran carrera el estudiar periodismo, pero aprendes los rudimentos, el tengo que contrastar esto, comprobar esto y no miento cuando pertenezco a un medio editorial que tiene una clara línea editorial marcada, no es la opinión de alguien que está desde su cuenta de Instagram.

Ahora mismo me encuentro en un momentito de pensar que se está acabando todo esto, nuestra profesión, esta cosa tan chula. Al menos como era antes. Tampoco me quiero instaurar en el melancolismo, pero no son buenos tiempos.

(P): ¿Hasta qué punto somos víctimas de la polarización también en el periodismo?

(R): Los periodistas hemos contribuido mucho a generar este clima de polarización. El llevar a nuestros medios y a las tertulias los gritos que hay en el Congreso o que hay en las calles. Pero, de todas formas, es una imagen un poco irreal. La gente no se grita en los bares. Es una realidad un poco falsa y un poco impostada, y nosotros somos colaboradores y cooperadores necesarios. Tengo muchísimos compañeros que ejercen de tertulianos, no sé quién se inventó ese nombre, pero eso quiere decir que hacen de todólogos, y no conozco a ninguno, a nadie en nuestra profesión, que sepa todo de todo. No hay nadie.

(P): En una entrevista reciente decías que te declarabas como el último mohicano. ¿Hasta qué punto te niegas a perder ese periodismo 'antiguo'?

(R): Vuelvo a caer otra vez en la melancolía. El último mohicano de una forma de entender el periodismo que ahora está absolutamente en decadencia, porque nos ha arrastrado la ola de polarización a todos. Incluso a los que seguimos siendo independientes y procuramos hacer las cosas como siempre. Aunque hagas las cosas como siempre es imposible pasarte dos meses en un país, en el otro lado del mundo, tratando de conseguir buenas historias y volver, porque ahora ya no te lo paga nadie y ya nadie quiere hacerlo. Es imposible porque cualquiera en el más remoto rincón del mundo va a tener un pequeño móvil con una cámara y quizás una cuenta en TikTok si tiene menos de 14 años y va a contar las historias. Es decir, pertenezco a esa generación que ha transitado desde una forma sabia de hacer periodismo de irte y volver, si puedes volver, a que ahora desde casa cualquiera con un móvil te haga un informativo.

(P): ¿Crees que todo esto de lo que estamos hablando también responde a unos intereses de los medios en los que posiblemente sea más rentable tener un espectador o un oyente enfadado que a uno dispuesto a escucharte?

(R): Me niego a pensar que hay una mano negra entre los ejecutivos de los diferentes medios de comunicación que prefieren tener esos lectores, espectadores, oyentes adocenados. Está pasando en todos los lados. La respuesta viene del teléfono que tienes o del teléfono con el que nos están grabando, viene de las redes sociales.

El periodismo se acaba en el momento en que dejamos de subir a Instagram solo fotografías de sitios de vacaciones para empezar a dar consejos, decir cómo tenemos que pensar, a quién teníamos que votar, a gritar. Ahí es cuando empieza la polarización y se acaba el sosiego. Entonces, los medios, en ese mismo momento, estaban en la tormenta perfecta de la crisis económica, pérdida de publicidad, echar a los sueldos más altos, que normalmente eran las personas más sabias de cada redacción, y dedicarse a hacer un periodismo mucho más plano basado en el click. Tú puedes poner ahora un titular que haya dado yo o puedes decir 'Fliparías con lo que ha dicho Jon Sistiaga'. La gente hace click para flipar, aunque luego se sientan engañados y no haya sido para tanto.

(P): Centrándonos en la televisión, que es un medio que también conoces bien, ¿crees que hay temas que están quedando fuera de la agenda porque no se adaptan a ese ritmo frenético que ahora mismo necesita el medio?

(R): Este es un eterno debate sobre las agendas mediáticas. Desde el punto de vista de reporteros que hemos hecho mucho conflicto y mucha guerra, la pregunta que nunca podías responder es 'por qué vas a unas guerras y a otras no'. ¿Por qué hay guerras olvidadas que nadie quiere seguir o a nadie le interesa? ¿Quién marca esa agenda informativa? Esto pasa lo mismo a otra escala mucho más pequeña, que es lo que estás planteando.

¿Quién marca la agenda? ¿Por qué no se dan noticias buenas y siempre se dan las malas? En las malas el titular es mucho más rápido, pero encontrar un pequeño avance en la cura contra el cáncer es una noticia buenísima, que dimos en la radio para la que trabajo, pero que nadie más daba. ¿Por qué? Porque no hay griterío, porque es un foco muy tranquilo, porque es una noticia que no interesa a nadie aunque sea lo mejor que nos pueda pasar.

(P): Hablabas antes también de los agitadores. Vemos cómo últimamente están muy ligados al mundo de la política. ¿Hasta qué punto la política, que parece invadirlo todo, ha convertido al periodista en parte del enfrentamiento?

(R): No sé quién ha infectado a quién. No sé si algunos políticos han conseguido infectar a algunos periodistas o ha sido al revés. Tendría que pensar en qué momento se jodió la conversación social y la discusión política en el Congreso. Si han surgido a la vez esos dos leviatanes, de gritarse, de insultarse en todo momento, de no ser constructivos y de hacer también un periodismo de trincheras, un periodismo de periodistas que tienes que estar en un lado o en otro y con argumentarios. Yo entiendo que habrá que pagar las clases del crío, pero al final te conviertes en tu propio personaje, del que ya no puedes salir. Esto, algunos lo hemos visto desde muy al principio y decidimos no entrar en ese juego para no convertirme en un meme de mí mismo, que es lo que son muchos compañeros que se dedican a gritar en las tertulias, de un lado o del otro. 

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