Durante décadas, la franja del prime time televisivo funcionó como un santuario intocable para el entretenimiento. Tras una jornada de trabajo, el espectador encendía la televisión buscando desconectar a través de la ficción, el cine o los espectáculos de entretenimiento puro. En el centro de ese reinado indiscutible se sitúa El Hormiguero, un formato que lleva dos décadas dominando el access con una fórmula originalmente cimentada en el humor, la ciencia y las entrevistas internacionales. Sin embargo, el estallido de la pandemia de la COVID-19 marcó un punto de inflexión sin retorno: la introducción de las mesas de actualidad abrió una rendija por la que la política se ha ido colando hasta fagocitar buena parte del espíritu original del programa.

El fin del entretenimiento "blanco"

Lejos quedan los tiempos en los que el principal y único reclamo del formato de Pablo Motos era la visita de una estrella de Hollywood, un cantante de éxito o un experimento científico espectacular a gran escala. Hoy en día, la tertulia no solo le come cada vez más terreno al invitado principal, sino que ha devorado la propia franja del horario estelar, alargando paulatinamente su emisión hasta rozar, en muchas ocasiones, las 23:30 horas de la noche.

La incorporación de perfiles fijos como Nuria Roca, Juan del Val, Cristina Pardo, Tamara Falcó, Rosa Belmonte o Rubén Amón ha terminado por intoxicar de intenso debate político un espacio que, en su génesis, estaba concebido para el consumo estrictamente blanco y familiar. Aunque esta evidente polarización y el continuo posicionamiento ideológico no han sentado bien a un sector de su audiencia más tradicional —que añora el formato original de Trancas y Barrancas—, los números mandan: la fórmula de la trinchera política les sigue siendo enormemente rentable y les mantiene como líderes de su franja.

Este éxito sostenido en el access ha provocado un efecto contagio que amenaza directamente la hegemonía del entretenimiento tradicional. El mayor protagonismo de la actualidad ha empujado a Antena 3 a testar nuevos límites, dando luz verde al estreno de una mesa de debate capitaneada por la propia Cristina Pardo como nueva gran apuesta para el prime time.

Se trata de un movimiento insólito para la cadena principal de Atresmedia, que durante los últimos años había fiado de forma casi exclusiva su horario estelar a la exitosa ficción turca y a los grandes concursos familiares (Tu cara me suena, Pasapalabra en sus especiales, o La Voz). Que el canal apueste por introducir la contienda política en su horario de máximo consumo evidencia cómo la actualidad dura está engulliendo los cimientos del modelo de televisión que reinaba hasta hace muy poco.

La mutación radical de Cuatro

Pero el fenómeno no es ni mucho menos exclusivo de Atresmedia. La transformación de Cuatro es, quizás, el ejemplo más descarnado de esta tendencia. La cadena de Mediaset, catalogada en sus orígenes como el refugio de una audiencia progresista, urbana y alternativa, ha visto cómo su ADN ha mutado por completo hacia la actualidad, los sucesos y la bronca política. Su programación diurna ya ha entregado las armas al debate, comiéndole cada vez más terreno a sus rivales con En boca de todos por la mañana y con Todo es mentira en la franja vespertina.

El asedio de la política ha terminado por conquistar también sus noches. El access prime time de la cadena ha sido totalmente consumido por el análisis ideológico de la mano de Horizonte. El espacio liderado por Iker Jiménez, que al igual que la tertulia de El Hormiguero encontró su gran tirón durante la pandemia, ha engordado su peso estructural en la cadena. Lo que empezó como un formato semanal centrado en la evolución del virus y los análisis científicos ha terminado convirtiéndose en una tira diaria de lunes a viernes centrada en el combate sociopolítico. Una estrategia que Cuatro ya consolida directamente en el prime time con formatos como Código 10.

El motivo de fondo que explica esta metamorfosis de la parrilla es estrictamente empresarial. Producir una mesa de debate político es infinitamente más barato que rodar un capítulo de ficción o levantar un gran formato de entretenimiento. Además, la confrontación ideológica asegura dos elementos vitales en la televisión de 2026: fideliza a una audiencia muy concreta que acude a su canal de cabecera para reafirmar sus ideas, y genera de forma constante píldoras de vídeo y titulares que se viralizan al instante en las redes sociales. El veredicto parece claro: el entretenimiento ha cedido su trono, y la política ya no se conforma con los informativos, ahora exige su cuota de pantalla a la hora de cenar.

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