Hace apenas unos días, el periodista y analista televisivo Borja Terán reivindicaba la importancia de que los proyectos audiovisuales conserven su libertad creativa y una identidad propia. En sus palabras, cuando ambas cualidades se encuentran, "tu programa cuenta con un carisma tan especial que te invita a acudir cada día en busca de su propuesta". Pocas definiciones encajan mejor con Clímax, el dating show digital de EVA y 3Cat que esta semana baja el telón después de tres temporadas convirtiéndose en uno de los fenómenos audiovisuales más singulares de Cataluña.
El éxito de Clímax no puede explicarse únicamente a través de sus cifras -16 millones de visualizaciones en Instagram solo en esta última temporada- o de las citas a ciegas en las que centenares de jóvenes buscaban el amor —o lo que surgiera, como dirían ahora en Telecinco—. La verdadera excepcionalidad del formato reside en su origen. A diferencia de tantos programas concebidos en despachos donde las hojas de cálculo pesan más que las ideas, Clímax no nació para encontrar una audiencia. La audiencia ya estaba allí.
"Durante la pandemia, miles de jóvenes buscaban espacios donde relacionarse y sentirse parte de una comunidad. Tindercat, el proyecto que dio origen a Clímax, empezó como una conversación abierta en Twitter Spaces y terminó convirtiéndose en un fenómeno digital", recuerda Alba Surrallés, directora y productora ejecutiva del formato.
Parece difícil de creer, pero ocurrió. Gerard Querol y Carla Junyent reunían cada semana a miles de jóvenes catalanes en Twitter para moderar citas a ciegas en directo. El fenómeno fue mucho más allá del entretenimiento: consiguieron que toda una generación reservase un momento de la semana para conectarse, comentar y descubrir si la siguiente cita acabaría siendo un desastre o una historia inesperada. Así nació algo que hoy parece casi imposible de construir: una comunidad auténtica.
"El reto consistía en trasladar al lenguaje audiovisual una comunidad que ya tenía su propio lenguaje, sus propios códigos y una forma muy genuina de entender las relaciones", explica Marc Gabernet, director y productor del programa.
Con la llegada de Clímax al ecosistema de 3Cat, más de 350 personas pasaron por sus citas. Resulta imposible saber cuántas de aquellas historias terminaron convirtiéndose en relaciones duraderas, aunque, en realidad, esa nunca fue la cuestión. Quien acudía a Clímax buscaba algo mucho más difícil de encontrar en la televisión actual: originalidad, identidad, un lenguaje propio y la posibilidad de dejarse sorprender. Porque bastante previsible es ya la vida.

Una lástima, eso sí, que en su última temporada Clímax prescindiera de los programas en directo y de repasar la crónica social de los creadores de contenido catalanes. Porque el directo no solo potencia la improvisación y la naturalidad de los participantes; también convierte los errores y los imprevistos en parte del espectáculo. Y la crónica social, lejos de ser un simple complemento, actúa siempre como un espejo de la sociedad que podía acabar ayudando a entender cada cita o cada conversación en el plató, concebido siempre como un espacio de encuentro donde las cámaras debían pasar a un segundo plano. Tampoco terminó de funcionar la apuesta por abrir debates más generales, alejándose de esas historias pequeñas y cotidianas que, al fin y al cabo, son las que hacen las relaciones humanas más complejas, interesantes y reconocibles. Aun así, el programa supo mantener hasta el final aquello que siempre lo distinguió: una identidad y un lenguaje propios.
"Clímax ha utilizado el humor, la cercanía y la espontaneidad para abordar cuestiones que afectan directamente a la vida afectiva, sexual e identitaria de los jóvenes", señala Carla Junyent. Después de casi un centenar de programas al frente del formato, asegura que siempre tuvo claro que "el entretenimiento y el servicio público" no son conceptos incompatibles. Pero para demostrarlo hace falta algo más que buenas ideas: se necesita una televisión pública capaz de asumir riesgos, confiar en sus creadores y no poner límites a aquello que conecta con una generación. En ese sentido, 3Cat y EVA han demostrado estar a la altura.
"Hemos hablado de consentimiento, salud sexual, nuevas masculinidades, diversidad afectiva, bisexualidad, realidades trans, lesbianismo, placer, inseguridades y prejuicios. Lo hemos hecho sin solemnidad, pero también sin miedo", resume Gerard Querol. Una declaración que explica mejor que cualquier dato por qué Clímax ha trascendido la etiqueta de simple dating show.
Quizá la mejor manera de entender el legado del programa la resume Alba Surrallés: "Más allá de las cifras, el verdadero legado de Clímax son las personas". Y pone el foco donde realmente importa: "Los más de 300 participantes que se han atrevido a exponerse delante de las cámaras, los cientos de creadores de contenido que han colaborado y, sobre todo, la comunidad que se ha construido".
Porque, al final, los formatos pasan, las temporadas terminan y las audiencias fluctúan. Lo que permanece son las comunidades capaces de reconocerse en una pantalla. Como concluye su director, Clímax no inventó una nueva forma de relacionarse; simplemente supo observarla, comprenderla y documentarla. Y ahí reside, precisamente, la diferencia entre hacer un programa y dejar huella.
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