Si hay algo que siempre suma décimas de audiencia en las mañanas televisivas es el miedo, y Nacho Abad ha dejado claro que es uno de sus recursos de cabecera. El presentador de En boca de todos ha protagonizado esta semana uno de los momentos más frívolos y carentes de empatía al abordar la situación del MV Hondius, el crucero que se dirige a Canarias con un brote de hantavirus a bordo. Lejos de aportar un enfoque periodístico sosegado o de servicio público ante una alerta sanitaria, Abad ha optado por abrazar el sensacionalismo más desbocado, proponiendo soluciones que rozan el delirio distópico y dejando un poso de absoluta frialdad hacia los pasajeros aislados.
El contexto, desde luego, requería tacto y rigor. Con una persona fallecida y decenas de pasajeros confinados, la inminente llegada del barco a las costas españolas plantea un evidente reto logístico y sanitario. Escudándose en la supuesta saturación de la sanidad pública —"a mí me están mandando fotos de los pasillos de los hospitales de Canarias llenos de gente en camillas", afirmaba con vehemencia—, el comunicador de Cuatro dejaba claro que, bajo su criterio, la opción de desembarcar a los enfermos en territorio español era una auténtica locura. "Tú imagínate que metes ahí a un contagiado de hantavirus y empieza a saltar el virus", sentenciaba, elevando el tono de alerta al máximo nivel de decibelios.
Pero el momento más llamativo llegó a la hora de plantear alternativas desde la mesa del plató. Ante la duda de qué hacer con los pasajeros si no pueden bajar a puerto para recibir atención, Abad optó por la vía rápida. Zanjó el asunto con una solución más propia de una película de ciencia ficción que de una gestión sanitaria real, soltando una frase que ha dejado mucho que desear: "Pues que manden drones al barco ese mientras dura el este y ya está".
Según este particular plan de contingencia, la solución pasaría por dejar el crucero fondeado en alta mar mientras unos dispositivos voladores les suministran lo básico desde el cielo. "Mandemos drones con comida y con productos de limpieza y ya está", remataba el presentador. Plantear esta medida para cientos de turistas y trabajadores atrapados en una emergencia médica refleja una llamativa frialdad, resolviendo la logística y la atención humana de una crisis sanitaria con la misma ligereza con la que se pide comida a domicilio.
El contraste visual y argumental en pantalla resultaba evidente, especialmente al lado de los expertos que intentaban aportar algo de mesura a la tertulia. Tanto el psiquiatra forense José Miguel Gaona como el epidemiólogo Juan José Badiola escuchaban las propuestas del presentador mientras trataban de explicar con rigor los tiempos de incubación y las verdaderas garantías médicas del aislamiento: "No, no, tendrían que ir a un sitio específico, no a un sitio cualquiera, tendrían que ir a un sitio de aislamiento". Abad, por su parte, prefirió tirar de anecdotario histórico para justificar su postura, recordando cómo en la isla del Lazareto, en Menorca, utilizaban "cucharas de cinco metros" para dar la comunión a los infectados por antiguas epidemias y evitar así cualquier roce. Una curiosa comparativa que ilustraba a la perfección el drástico nivel de distanciamiento que consideraba necesario.
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