Ayer mismo, mi compañera Ana Rivero te contaba la diferencia entre un votante indeciso y uno reactivo. El primero de ellos se aplica “a quienes todavía no han definido su preferencia política o dudan entre distintas opciones, incluida la abstención”. El segundo es “un elector cuya intención de voto puede modificarse ante acontecimientos políticos concretos”.
Que un algoritmo pueda cambiar nuestra orientación política no es tan fácil
Durante las campañas electorales, los partidos compiten por captar la atención de esos segmentos de votantes. Y las redes sociales se han convertido en uno de los escenarios de esa disputa. Sin embargo, las investigaciones de algunas de las universidades más prestigiosas del mundo dibujan una realidad bastante más compleja que la idea de que un algoritmo puede cambiar fácilmente nuestra orientación política.
Los votantes moderados pueden ser más receptivos
Los economistas Thomas Fujiwara, Karsten Müller y Carlo Schwarz, de la Universidad de Princeton, analizaron la influencia de Twitter —actual X— en las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016 y 2020. Su estudio, publicado en 2024, encontró evidencias de que la expansión de esta red social estuvo relacionada con una reducción del porcentaje de voto republicano en ambos procesos electorales.
Los investigadores sugerían que los contenidos políticos predominantes en Twitter podrían haber influido sobre las preferencias de personas con posiciones moderadas: “El contenido relativamente liberal de Twitter puede haber persuadido a votantes con opiniones moderadas para que votaran contra Donald Trump”.
Está claro que una persona indecisa o reactiva no puede ser convencida automáticamente. Pero, según esta investigación, la exposición a determinadas conversaciones políticas puede contribuir a orientar el voto de ciudadanos cuyas preferencias todavía son flexibles.
Lo que opinan nuestros amigos también importa
Pero no solo los políticos, los partidos o los creadores de contenido influyen en nuestras decisiones. Más allá de las redes sociales, las personas de nuestro entorno pueden desempeñar un papel importante.
Un experimento publicado en Nature, desarrollado por investigadores vinculados a la Universidad de California en San Diego y Facebook, analizó el comportamiento de aproximadamente 61 millones de usuarios durante las elecciones legislativas estadounidenses de 2010. Algunos participantes recibieron mensajes animándolos a votar que incluían fotografías de amigos que ya habían declarado haberlo hecho.
Los resultados mostraron que los mensajes con información social incrementaban la participación electoral y que buena parte del efecto se transmitía a través de relaciones personales estrechas. Los investigadores concluyeron que “los vínculos fuertes son fundamentales para difundir comportamientos tanto en las redes sociales digitales como en las relaciones sociales del mundo real”.
El estudio estimó que aquella intervención contribuyó a movilizar unos 340.000 votos adicionales, entre efectos directos e indirectos. En este caso concreto, los investigadores hablan de conseguir que alguien vaya a votar, pero no de convencerlo para que vote a un partido determinado.
El algoritmo decide qué vemos, pero no necesariamente qué votamos
Otra pregunta que se me ocurría es si los algoritmos que seleccionan los contenidos que aparecen en nuestras pantallas pueden tener un impacto en nuestro voto.
En 2023, un equipo académico formado por investigadores de Stanford y Princeton publicó en Science un experimento realizado durante las elecciones estadounidenses de 2020. Los autores sustituyeron, para un grupo de usuarios, los contenidos ordenados mediante algoritmos de Facebook e Instagram por publicaciones presentadas cronológicamente.
El cambio modificó notablemente la información política que recibían y redujo el tiempo que pasaban en las plataformas. Sin embargo, los resultados contradijeron algunas expectativas, porque, según los autores, “a pesar de estos cambios sustanciales en la experiencia de los usuarios, el orden cronológico no alteró significativamente los niveles de polarización ni otras actitudes políticas fundamentales”.
¿Y qué ocurre específicamente con los indecisos?
En 2024, un nuevo estudio con participación de investigadores de Stanford y Princeton analizó qué sucedía cuando miles de usuarios abandonaban temporalmente las redes sociales durante las seis semanas anteriores a las elecciones estadounidenses de 2020. Participaron 19.857 usuarios de Facebook y 15.585 de Instagram.
El trabajo confirmó que dejar de utilizar estas plataformas reducía determinadas formas de participación política, especialmente las relacionadas con la actividad digital. Sin embargo, no encontró cambios significativos en la participación electoral ni en las principales actitudes políticas analizadas.
En cuanto a los votantes indecisos, no encontraron pruebas estadísticamente significativas de que los efectos fueran diferentes entre los indecisos y quienes ya habían decidido su voto.
Es decir, los experimentos disponibles no permiten afirmar que las redes sociales tengan una capacidad generalizada para transformar las preferencias de todos los indecisos.
La desinformación tampoco funciona siempre como imaginamos
Uno de los mayores temores relacionados con las campañas digitales es que la información engañosa pueda modificar las preferencias electorales.
Una investigación publicada el 29 de julio de 2026 en Science Advances, con participación de académicos de Stanford y otras universidades, estudió la exposición a fuentes poco fiables en Facebook e Instagram durante las elecciones estadounidenses de 2020. En un experimento de varios meses consiguieron reducir aproximadamente un 70% la presencia de esos contenidos en los perfiles de los participantes.
Pese a ello, no encontraron cambios medibles en las actitudes y creencias políticas evaluadas. Los autores consideran que sus resultados indican que estas modificaciones en la exposición a contenidos “probablemente no tengan efectos inmediatos sobre las actitudes y creencias”.
Esto no significa que la desinformación sea algo inocuo. Sus efectos pueden manifestarse de otras maneras y el experimento no descarta consecuencias a largo plazo. Lo que demuestra es que reducir la exposición a fuentes engañosas no basta necesariamente para modificar las convicciones políticas.
Entonces, ¿puede decidir unas elecciones una publicación?
Las investigaciones permiten distinguir tres posibles impactos en los votantes. El primero es la capacidad de las redes para aumentar la participación política y está demostrado en varios experimentos. El segundo es su influencia sobre la información que reciben los ciudadanos y está también comprobado en diferentes estudios sobre algoritmos. Por último, su posible efecto persuasivo sobre el sentido del voto se ha identificado en algunas investigaciones, pero presenta resultados más heterogéneos y difíciles de generalizar.
También hay diferencias entre plataformas, elecciones y países. Buena parte de las evidencias más sólidas proceden de Estados Unidos y de Facebook, Instagram o el antiguo Twitter, por lo que no puede trasladarse directamente a TikTok ni al comportamiento del electorado español.
Lo que parece claro es que las decisiones electorales no suelen depender de una única publicación viral. Pero las redes pueden contribuir a construir percepciones, introducir asuntos en la conversación pública y reforzar o cuestionar preferencias previas.
Para un votante indeciso o reactivo, esos contenidos pueden formar parte del proceso que termine inclinando su decisión. Pero entre ver un mensaje político y depositar una papeleta hay muchos más factores de los que puede controlar un algoritmo.
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