Hay un cambio que ha pasado casi inadvertido, pero que lo está alterando todo: ya no vemos contenido, lo consumimos.

El contenido ya no se “recorre”, se “atraviesa”

No es solo una cuestión de palabras. Durante años, ver implicaba detenerse. Había un principio y un final, una cierta continuidad, incluso una predisposición a prestar atención. Hoy esa lógica ha cambiado. El contenido ya no se "recorre", se "atraviesa".

Ha cambiado la manera en que procesamos la información

Percepción y proceso

El gesto es mínimo —un dedo deslizando la pantalla—, pero la consecuencia es profunda. Porque no solo ha cambiado la forma en que accedemos a la información, sino también la manera en que la procesamos.

La investigadora Gloria Mark, profesora de la universidad de California de Irvine, lleva más de dos décadas analizando la atención en entornos digitales. En sus estudios concluye que “la capacidad de atención en pantallas ha disminuido significativamente en los últimos años”. Mark afirma que el tiempo medio que una persona permanece en una tarea antes de cambiar se ha reducido a unos 47 segundos.

No es una cuestión de falta de interés. Es el entorno. La universidad de Stanford ya había advertido de este fenómeno al estudiar a los llamados heavy media multitaskers, usuarios que consumen múltiples flujos de información de forma simultánea. Sus investigadores concluyen que “las personas que realizan múltiples tareas con medios digitales tienen más dificultades para filtrar información irrelevante”. Es decir, no solo prestamos menos atención: también la gestionamos peor.

Información superficial

El resultado es una paradoja difícil de ignorar. Estamos más expuestos que nunca a la información, pero cada vez profundizamos menos en ella. Sabemos más cosas, pero las entendemos peor.

Desde la universidad de Harvard lo explican en términos de capacidad cognitiva: “La atención es un recurso limitado que se ve comprometido cuando se divide constantemente”. No es solo una cuestión de tiempo, sino de calidad.

El problema es que el entorno digital no está diseñado para favorecer esa calidad. Las plataformas funcionan sobre una lógica de continuidad infinita. No hay finales claros, solo el siguiente contenido. No hay pausa, salvo que el usuario la imponga. Y eso cambia la relación con lo que vemos.

La OCDE sintetiza este cambio en un informe sobre competencias en la era digital: “los entornos digitales tienden a favorecer la rapidez en el acceso a la información por encima de la comprensión profunda”.

Es una frase aparentemente neutra, pero con implicaciones importantes. Porque introduce una idea clave: no es que no tengamos capacidad de comprender, es que el entorno no está optimizado para eso.

Esta brecha afecta a la memoria, porque recordar requiere contexto, repetición y atención sostenida. Si la información se consume en fragmentos, la probabilidad de retenerla disminuye. Afecta también al aprendizaje, porque entender implica conectar ideas, y esas conexiones necesitan tiempo.

Pero quizá el cambio más interesante se produce en la relación con la cultura. Antes, consumir contenido implicaba una cierta jerarquía. Había obras que requerían tiempo, que exigían implicación, que generaban experiencia. Hoy esa jerarquía se diluye en un flujo continuo en el que todo compite por el mismo recurso: la atención inmediata.

Esto no significa que el contenido haya perdido calidad. Significa que el contexto en el que se consume ha cambiado. Y ese contexto introduce una lógica distinta: la de la sustituibilidad: cada pieza es reemplazable por la siguiente. Nada es imprescindible. Nada necesita demasiado tiempo.

En ese escenario, el valor ya no está tanto en lo que se ofrece, sino en la capacidad de retener al usuario unos segundos más.

La consecuencia es un cambio silencioso pero relevante: dejamos de profundizar para empezar a reconocer. Nos suenan más cosas, pero entendemos menos. Identificamos referencias, pero no siempre construimos conocimiento sobre ellas.

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