Combatir un gran incendio forestal ya no es solo cuestión de mangueras e hidroaviones. Este mismo verano, mientras el fuego avanzaba por la Sierra de Espadán, en Castellón, y por masas forestales de Madrid, Toledo y Ávila —incendios que llegaron a declararse emergencia de interés nacional—, entre quienes trabajaban para frenarlo había también investigadores del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).
Hemos entrado oficialmente en la era de los megaincendios
Su papel no es apagar el fuego, sino algo distinto y menos visible: reducir la incertidumbre de quienes tienen que decidir por dónde avanzará el frente en las próximas horas, qué zonas conviene evacuar, dónde situar los medios disponibles y cómo evitar que los bomberos queden atrapados. El CSIC prestó este verano asesoramiento científico-técnico experto a los incendios de Castellón y de la zona centro de España, según confirma la propia institución.
Una situación más que anunciada
“Lo que estamos viendo ahora es el resultado de un proceso que empezó hace unos sesenta o setenta años: la falta de uso del territorio y el cambio climático están actuando conjuntamente, es lo que en ciencia denominamos cambio global”, explica el CSIC.
La consecuencia es que el terreno es ahora más vulnerable que nunca: “El progresivo abandono del medio rural ha generado mayor cantidad de vegetación disponible para arder en zonas que antes frenaban la propagación del fuego. Hemos pasado de un paisaje sobreexplotado a otro subexplotado en menos de un siglo. Ahora existe mucha más continuidad entre zonas agrícolas, forestales y urbanas y eso hace que los incendios lleguen con mayor facilidad a las poblaciones”.
Y la institución advierte: “Tenemos que aprender a convivir con estos incendios porque los vamos a seguir teniendo y serán cada vez mayores. Convivir con el fuego significa combinar la inversión pública en prevención con una mayor implicación ciudadana: quien vive o pasa tiempo en zonas forestales debe conocer el riesgo, saber cómo actuar durante una emergencia y colaborar en la prevención”.
Antes, durante y después: tres momentos, tres tecnologías distintas
El trabajo científico contra el fuego se despliega en tres fases bien diferenciadas. Antes del incendio, la prevención se apoya cada vez más en satélites, sensores y modelos de simulación que permiten identificar zonas de acumulación de biomasa inflamable o vegetación que ha vuelto a crecer y reduce la eficacia de los cortafuegos existentes. En esta tarea trabajan también centros tecnológicos como CARTIF, en Castilla y León, dentro de proyectos europeos como TREEADS.
Durante el incendio, la aportación científica se centra en modelos de propagación del fuego que ayudan a anticipar por dónde avanzará el frente en las próximas horas, información crítica que condiciona decisiones de evacuación y de despliegue de medios.
Y, después del incendio, se pone en marcha la restauración ecológica de las zonas quemadas, un trabajo que puede prolongarse durante años y que resulta decisivo para evitar procesos de erosión y desertificación en los suelos calcinados, uno de los ámbitos de especialización del CIDE.
“Desde hace más de tres décadas, en el Instituto de Ciencias Forestales (ICIFOR), que pertenece al Instituto Nacional de Investigación y Tecnología Agraria y Alimentaria (INIA), del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), trabajamos en cómo prevenir estos fenómenos y mejorar la gestión forestal. Las investigaciones abarcan el estudio del comportamiento del fuego, la gestión preventiva de los montes y la adaptación de los ecosistemas forestales a un contexto de cambio global”, explica la institución.
Una advertencia que llevaba años sobre la mesa
Lo más inquietante de este verano, según los propios investigadores del CSIC involucrados, no es tanto la magnitud de los incendios como la velocidad a la que se han cumplido las peores previsiones científicas. Hace menos de una década, un estudio de referencia sobre los incendios en España proyectaba que, debido al avance del cambio climático, hacia el año 2050 gran parte del país se vería afectado por una sucesión de grandes fuegos forestales capaces de superar la capacidad de extinción disponible.
Javier Madrigal (a quien puedes ver en la foto que ilustra este artículo), ingeniero de Montes, investigador del Instituto de Ciencias Forestales (ICIFOR-INIA-CSIC) y coordinador de riesgos forestales del organismo, que lleva 25 años investigando sobre incendios en España, afirma que "los peores pronósticos ya están aquí" y añade que los fuegos serán cada vez de mayores dimensiones. En la misma línea se ha pronunciado Cristina Santín, jefa del Departamento de Biodiversidad y Cambio Global del Instituto Mixto de Investigación en Biodiversidad (IMIB-CSIC), quien ha señalado que "la ciencia lleva tiempo advirtiéndonos de que esto iba a suceder".
Lo que la tecnología puede resolver, y lo que no
Por supuesto, este despliegue científico tiene límites. Ni los satélites, ni los modelos de simulación, ni el asesoramiento experto en tiempo real apagan un incendio por sí solos. Siguen haciendo falta bomberos, hidroaviones, brigadas forestales y, sobre todo, una gestión del territorio a largo plazo que reduzca la cantidad de vegetación inflamable acumulada en los montes, un problema estructural ligado al abandono rural que ninguna tecnología resuelve por decreto.
Lo que sí aporta la ciencia, según se desprende del propio despliegue del GADE este verano, es una capa adicional de información que antes no existía de forma sistemática y que aporta menos incertidumbre para quien tiene que decidir en caliente —literalmente— por dónde avanzar y de dónde retirarse. En un país que, según sus propios investigadores, ha dejado de hablar de riesgo futuro para hablar de una nueva normalidad ya presente, esa reducción de la incertidumbre puede evitar que la próxima decisión mal tomada cueste vidas.
Añadir ElPlural.com como fuente preferida de Google.
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.