La historia de Livox no empieza en una oficina, ni en una ronda de inversión, ni en una presentación tecnológica. Empieza con una niña que no podía hablar y un padre dispuesto a aprender lo que hiciera falta para escucharla.

Carlos y Aline Pereira crearon Livox, cuando su hija Clara nació con parálisis cerebral

Carlos Pereira, CEO y fundador de Livox, habla desde Florida, aunque sus raíces son brasileñas. Su hija Clara, que hoy tiene 18 años, nació con parálisis cerebral tras una falta de oxígeno durante el parto. “Cuando supimos lo que había pasado, decidí hacer todo lo que estuviera en mi mano para ayudarla”, recuerda.

Aquel punto de partida, doloroso e inesperado, terminó convirtiéndose en una empresa tecnológica centrada en una idea tan sencilla como profunda: que una persona que no puede hablar también tiene derecho a expresarse, elegir, aprender, bromear y mostrar quién es.

Ahora, Livox es finalista de los Premios Fundación Mapfre a la Innovación Social en la categoría de Inclusión Social.

Una persona que no puede hablar también tiene derecho a expresarse, elegir, aprender, bromear y mostrar quién es

Antes de empezar

Antes de crear Livox, Pereira tuvo que resolver problemas más urgentes. Encontró un tratamiento médico para Clara que costaba 40.000 dólares. En su cuenta apenas tenía unos reales brasileños. Entonces recurrió a una intuición que hoy suena casi premonitoria: internet podía conectar necesidades concretas con comunidades dispuestas a ayudar. Había publicado un vídeo del embarazo de su mujer que había alcanzado unas 200.000 visualizaciones en YouTube. Pensó que, si cada persona donaba un real, podrían conseguir el dinero. Creó una web, “One Helper, One Dream”, y lo lograron.

Aquella campaña no solo permitió a Clara acceder al tratamiento. También atrajo la atención de medios e inversores extranjeros. Algunos de ellos querían abrir un centro de rehabilitación en Brasil. Pereira los convenció para hacerlo en su ciudad. “Dejé mi trabajo, mi mujer dejó el suyo y empezamos a trabajar solo para personas con discapacidad”, explica. Ese centro fue, en realidad, la escuela que le permitió entender que la discapacidad no es una sola experiencia, sino muchas: parálisis cerebral, autismo, síndrome de Down, ELA, ictus...

Aprender a programar para escuchar a su hija

Cuando Clara tenía unos tres años, Pereira veía que intentaba comunicarse, pero no encontraba herramientas adecuadas en portugués. Contactó con empresas extranjeras de comunicación alternativa para proponerles entrar en Brasil. La respuesta fue negativa. Entonces tomó una decisión radical: “Voy a aprender a programar para crear algo para mi hija”.

Así nació Livox. Primero como una solución familiar. Después, como una herramienta que empezaron a utilizar otros pacientes del centro de rehabilitación. Lo que había sido diseñado para Clara comenzó a servir también a personas con autismo, síndrome de Down, ictus u otras discapacidades. “Empecé a crear algoritmos para que funcionara con un amplio abanico de discapacidades”, cuenta Pereira.

El salto no fue inmediato, pero sí orgánico. Un día lo invitaron a presentar la herramienta ante 40 familias de personas con autismo. Después llegó otra invitación en São Paulo, otra en Río de Janeiro y muchas más. “Brasil es enorme. Viajé a casi todos los estados y la gente empezó a usar Livox en todas partes”, recuerda. Más tarde, la plataforma comenzó a llegar también a otros países.

Mucho más que pedir agua

Pereira insiste en una idea clave: la comunicación aumentativa no puede limitarse a necesidades básicas. Poder pedir agua, comida o ayuda es importante, pero no suficiente. Muchas familias le empezaron a plantear otra demanda: querían que sus hijos aprendieran a leer, a hacer matemáticas, a seguir rutinas escolares o a trabajar contenidos educativos.

Por eso, Livox creó una tienda interna de contenidos dentro de la propia plataforma. Hoy, según explica Pereira, cuenta con más de 10.000 piezas creadas por usuarios. Hay materiales para el colegio, rutinas para personas con autismo y recursos adaptados a distintas necesidades. “Queríamos que cualquiera pudiera descargar contenido y empezar a usarlo inmediatamente”, señala.

La plataforma no solo ofrece contenidos. También intenta adaptar la forma de acceso a cada usuario. Uno de sus algoritmos, InteliTouch, nació de una observación directa: Clara no tocaba la pantalla como una persona sin dificultades motoras. Apoyaba toda la mano, arrastraba los dedos o realizaba movimientos involuntarios. “Cuando creé la primera versión, me di cuenta de que no iba a funcionar”, admite. La respuesta fue desarrollar un sistema capaz de distinguir entre un toque voluntario y uno involuntario, analizando cuántos dedos están en contacto con la pantalla, durante cuánto tiempo o si hay arrastres accidentales.

La misma lógica se aplica a otros modos de acceso. Livox puede utilizarse con la mano, con pulsadores, con la voz o incluso con los ojos a través de la cámara frontal del dispositivo. Pereira subraya que esto evita depender de hardware específico y costoso. “La plataforma se ajusta a la discapacidad. No importa si la persona tiene autismo, parálisis cerebral o ELA; debe poder acceder al contenido”, resume.

Cuando una niña pide espaguetis a la boloñesa

Entre todos los momentos felices del proyecto, Pereira recuerda especialmente uno. La primera vez que dio Livox a Clara le preguntó qué quería comer. Ella eligió espaguetis a la boloñesa. Cuando vio el plato, su reacción fue de felicidad absoluta. “Por fin podía pedir algo que realmente quería comer”, recuerda su padre.

La escena parece pequeña, pero encierra un cambio enorme. Muchas personas con discapacidad severa no son consultadas sobre lo que desean. Se las cuida, se las atiende, se decide por ellas. Livox permitió a Clara intervenir en su propia vida. No solo pedir comida, sino expresar gustos, opiniones, bromas y preferencias.

Hoy, Pereira habla de su hija como una joven con personalidad, humor y ganas de participar. “Le gusta contar chistes”, dice. La herramienta, añade, les permitió conocer mejor quién era Clara. “Muchas personas como ella están encerradas en su cuerpo como en una prisión. Con Livox puede mostrar quién es y nosotros podemos verla”.

El reto: entender de verdad la discapacidad

Cuando se le pregunta por la parte más difícil de construir Livox, Pereira no habla primero de financiación ni de tecnología. Habla de comprensión. “Lo más complicado es crear algo que funcione realmente en manos de personas con discapacidad”, asegura. A su juicio, muchas soluciones nacen desde la suposición: empresas que creen saber qué necesitan las personas con discapacidad, pero no conviven con esa realidad.

Por eso, en Livox han incorporado una práctica poco habitual: pagan a sus empleados para que pasen media jornada semanal como voluntarios en instituciones que trabajan con personas con discapacidad. Durante ese tiempo, no deben vender ni hablar de Livox. Solo servir, acompañar y observar. “Queremos que todos los desarrolladores entiendan profundamente sus necesidades”, explica.

El segundo gran obstáculo, añade, es cultural. “Las personas con discapacidad son la mayor minoría del mundo, pero siempre quedan atrás”, sostiene. Pereira denuncia que, con demasiada frecuencia, la ayuda llega solo cuando sobra presupuesto o cuando quien toma decisiones tiene una relación personal con alguien con discapacidad. “Hay que cambiar la forma en que la sociedad las percibe”, insiste. No verlas como personas incapaces, sino como personas a las que no siempre se les han dado los medios adecuados.

Inteligencia artificial para conversar mejor

Livox nació antes de que la inteligencia artificial (IA) se convirtiera en la palabra de moda. Pereira recuerda que algunos de sus algoritmos tienen ya 15 o 16 años. Pero ahora esta tecnología abre una nueva etapa. Una de las funciones que más destaca es la conversación natural: la plataforma escucha lo que se le pregunta a la persona con discapacidad y muestra tarjetas de respuesta adaptadas al contexto.

Si alguien pregunta “Clara, ¿tienes hambre?”, Livox entiende que la respuesta probable es sí o no. Si después pregunta “¿qué quieres comer?”, la herramienta puede mostrar opciones adecuadas al país, al momento del día o a la rutina de la persona. “Hace que la comunicación sea mucho más fácil”, resume.

El siguiente paso, desarrollado en colaboración con el gobierno brasileño, busca que Livox pueda entender quién está hablando con la persona: si es la madre, el padre, un profesor o un desconocido. Eso permitiría adaptar las opciones de comunicación al contexto social de cada conversación. Para Pereira, puede suponer “un gran salto” en la comunicación alternativa.

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