Hay desigualdades que no se anuncian con grandes titulares, pero que se cuelan en la vida cotidiana de millones de familias. Una de ellas empieza justo cuando acaba la jornada escolar. Mientras la educación se sigue presentando como el gran instrumento de igualdad de oportunidades, cada vez más hogares sienten que el aula no basta y buscan fuera el refuerzo que sus hijos necesitan.

Cuando aprender mejor depende en parte del bolsillo familiar, llega la desigualdad

El problema es que ese apoyo extra también cuesta dinero. Y cuando aprender mejor depende en parte del bolsillo familiar, la desigualdad deja de ser una sospecha para convertirse en una evidencia medible. Esa es la conclusión del estudio La educación en la sombra en la península ibérica, impulsado por el Observatorio Social de la Fundación ”la Caixa”, que concluye que las clases particulares pueden amplificar las desigualdades educativas preexistentes.

Los hogares con una situación económica más cómoda gastan un 18% más en clases particulares

Presupuesto para la educación

La cifra que resume esa brecha es muy clara: los hogares con una situación económica más cómoda gastan un 18% más en clases particulares que aquellos que reconocen dificultades para llegar a fin de mes. La diferencia no se limita al desembolso, también cambia lo que ese gasto representa en cada hogar. Para una familia con margen, puede ser una inversión asumible; para otra, una carga que obliga a recortar en otras partidas. El estudio subraya precisamente ese “coste de oportunidad” mayor para los hogares con menos recursos, que en muchos casos también recurren a este tipo de refuerzo, pero a costa de tensar mucho más su economía doméstica.

Esta investigación, que busca ahondar en las razones que llevan a complementar la educación formal con clases adicionales y sus características, ha sido dirigida y desarrollada por Juan Carlos Rodríguez, profesor de la UCM y doctor en Sociología, quien ha contado con la participación de Mercedes Esteban Villar, vicepresidenta de la Fundación Europea Sociedad y Educación, para los resultados de España y con los investigadores Bruno P. Carvalho, Pedro Freitas y Susana Peralta para los resultados de Portugal.

El estudio se apoya en una encuesta realizada en España en 2024 a 2.500 padres, madres o tutores con hijos de entre 6 y 18 años escolarizados en primaria, ESO y educación posobligatoria. El retrato que deja es el de un fenómeno ya plenamente asentado: la investigación concluye que más o menos la cuarta parte de los estudiantes de 6 a 18 años en España, matriculados en Primaria, Secundaria Obligatoria, Bachillerato o Formación Profesional, recibe clases particulares fuera del sistema educativo formal. El tiempo medio dedicado a ese refuerzo es de tres horas semanales.

En términos globales, el mercado de las clases particulares mueve más de 148 millones de euros al mes y cerca de 1.480 millones de euros al año en España. Según Rodríguez, las familias gastan más o menos unos 97 euros al mes por estudiante.

Consecuencias sobre la igualdad

La cuestión de fondo es qué consecuencias tiene esta situación sobre la igualdad. El estudio concluye que existe una diferencia relativamente contenida en la probabilidad de asistir a clases particulares —del 23,1% entre los hogares con una economía más ajustada, al 25,6% entre los de mayores recursos—.

Pero esa aparente cercanía oculta una realidad mucho más desigual. Porque no todas las familias pagan ese refuerzo desde el mismo punto de partida. Dos alumnos pueden ir a clase de apoyo, pero para uno será una extensión natural de su trayectoria educativa y para otro un esfuerzo familiar que roza el sacrificio. En este segmento de la población es donde la educación en la sombra, como la llaman los autores, empieza a actuar como un mecanismo de reproducción de ventajas.

La propia investigación concluye que el acceso desigual a este tipo de apoyo puede amplificar las desigualdades educativas previas. Es decir, el refuerzo escolar, pensado en principio como herramienta compensatoria, puede acabar consolidando diferencias entre estudiantes según el nivel de renta y el capital educativo de sus familias.

El estudio recuerda además que la evidencia previa ya ha mostrado una fuerte relación entre el nivel educativo de los padres y el futuro académico de los hijos. En ese contexto, las clases particulares se convierten en una capa adicional de ventaja para quienes ya parten con más recursos.

Por edades

La radiografía por etapas educativas también resulta reveladora. El recurso de las clases particulares es mucho menos utilizado en los primeros cursos y va creciendo a medida que avanzan los años de escolarización. En el primer ciclo de primaria afecta al 13,2% del alumnado, pero alcanza su máximo en bachillerato, cuando llega al 35,6%. Esa mayor frecuencia “refleja la importancia que las familias dan a esta etapa educativa”, marcada por pruebas con consecuencias decisivas para los itinerarios posteriores.

También las asignaturas dibujan un patrón interesante. El inglés encabeza claramente la demanda, con un 52,7%, seguido de las matemáticas, con un 40,2%. Después aparecen lengua, física y química con porcentajes mucho menores.

El estudio analiza también por qué recurren a este recurso las familias. La razón más citada son las dificultades del estudiante con la asignatura en cuestión, con un 28,6% de los casos (excepto el Inglés, que se valora más por su impacto en el futuro profesional). La segunda son las limitaciones de las propias familias para ayudar en casa, con un 24,9%. La necesidad se vuelve aún más clara en el caso de los estudiantes con necesidades educativas especiales o problemas conductuales. En ese grupo, la incidencia de las clases particulares alcanza el 48,8%.

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