Hay libros que llegan demasiado pronto y no los entendemos del todo. Otros llegan tarde, cuando ya no podemos hacer nada con ellos, y nos da una rabia extraña que nadie nos los pusiera antes en las manos. Y luego están los que no necesitan ni 600 páginas ni una solapa con elogios para quedarse dentro.

He descubierto significados y mensajes diferentes cada vez que los he vuelto a disfrutar

Por eso, como se acerca el verano y quedan muchos tiempos muertos, hoy quiero proponerte que descubras (para ti, para tus hijos, sobrinas, amigos o quien te dé la gana) o redescubras estas 5 maravillas. Yo los he leído en diferentes épocas de mi vida (por desgracia, no todos antes de los 13 años) y he descubierto significados y mensajes diferentes cada vez que los he vuelto a disfrutar. Espero que a ti te pase lo mismo. 

Esta no es una lista de libros que “hay que leer” para quedar bien en una conversación

Leer a tiempo

Antes de los 13 años pasan muchas cosas que no tienen nombre todavía. Empiezas a notar que los adultos se equivocan, que la vida no le da las mismas cartas a todas las personas, que la diferencia no debería asustar a nadie, que el tiempo se acaba y que cuidar algo —un árbol, una amistad, una abuela, una palabra— es también una manera de estar aquí.

Esta no es una lista de libros que “hay que leer” para quedar bien en una conversación. Son un puñado de ellos que conviene encontrarse pronto, antes de que la vida se llene de ruido. Cortos, sin trampas, pero con una profundidad que no se estropea con los años. Cosas que un niño puede  leer como aventura y un adulto puede releer como advertencia.

El hombre que plantaba árboles, de Jean Giono

Esta es la típica historia que explica la ecología mejor que muchas conferencias internacionales y acciones supuestamente ejemplares. En El hombre que plantaba árboles, Jean Giono cuenta la historia de Elzéard Bouffier, un pastor que, en silencio y sin pedir nada a nadie, dedica su vida a plantar árboles en una tierra seca y abandonada del sur de Francia.

Lo que hace no es espectacular, no funda un movimiento ni aparece en los periódicos. Planta un árbol, otro, otro más... Lo hace porque cree que merece la pena, y eso es todo. Hay algo casi molesto en esa serenidad y, al mismo tiempo, algo muy difícil de olvidar.

Al volver a recorrer sus páginas, me he vuelto a dar cuenta de que una persona sola puede cambiar un paisaje sin necesidad de convertirlo en contenido para las redes sociales. Habla de la naturaleza sin darte una lección. No te regaña. Te muestra lo que ocurre cuando alguien cuida un lugar durante décadas. Y te deja preguntándote: ¿Qué estoy plantando yo, aunque todavía no se vea?

Por cierto, Jean Giono quiso que este relato se difundiese de forma gratuita y que llegase a todo el mundo. Así que, no lo compres; por una vez y sin que sirva de precedente, lo puedes descargar o leer gratis en internet. Ninguna editorial debería hacer negocio con él.

Reventones y alambretes, de André Maurois

Este no suele aparecer en las listas escolares, y eso ya es una razón para recuperarlo. Reventones y alambretes, de André Maurois, parte de un planteamiento muy sencillo: dos hermanos llegan a un mundo dividido entre dos pueblos que se odian sin saber muy bien por qué. Los reventones y los alambretes son distintos, se miran con recelo y han convertido esa diferencia en una frontera que nadie cruza.

Tiene humor, tiene algo de cuento y funciona bien para lectores que todavía no han cumplido los 13 o que los hayan dejado atrás hace mucho tiempo. Pero lo que hay debajo es bastante más serio: la historia de cómo construimos enemigos, cómo exageramos lo que nos separa y cómo muchos conflictos empiezan con una mezcla de orgullo, malentendido y costumbre. ¿Entiendes por qué creo que hay que leerlo?

Momo, de Michael Ende

A primera vista, Momo parece una novela fantástica sobre una niña que vive en las ruinas de un anfiteatro y tiene un talento muy especial: sabe escuchar. Pero, en realidad, Michael Ende escribió una de las mejores historias que existen sobre el tiempo y lo que hacemos con él.

Los hombres grises convencen a la gente de que debe ahorrar tiempo. Trabajar más, correr más, producir más, hablar menos, jugar menos, cuidar menos. Todo parece muy razonable. Y, sin embargo, la vida se va volviendo más triste, más gris. Momo, que no tiene casi nada, entiende mejor que nadie lo que los demás están perdiendo sin darse cuenta.

Este libro debería leerse antes de los 13 porque llega justo antes de que la vida empiece a llenarse de prisas que nadie ha pedido, de exámenes, notas, expectativas, pantallas, horarios. Y porque recuerda algo que los adultos olvidamos con demasiada facilidad: no todo el tiempo que parece perdido está perdido, a veces es el único que importa.

La conferencia de los animales, de Erich Kästner

En La conferencia de los animales, Kästner imagina que los estos se cansan de que los seres humanos sean incapaces de ponerse de acuerdo. Los adultos celebran reuniones, escriben declaraciones y pronuncian discursos, pero no resuelven nada de lo importante. Así que los animales, hartos, deciden intervenir.

La premisa mezcla fábula con sátira política. Lo que la hace perfecta para leer antes de los 13 es que permite entender asuntos muy serios, como la guerra, la paz, la responsabilidad o el cinismo de los poderosos, desde un lugar accesible y lleno de humor.

Y lo más interesante es que Kästner trata a los lectores jóvenes como personas capaces de ver lo evidente, no como si necesitaran que les explicaran las cosas despacio. Explica que a veces son los adultos quienes complican lo sencillo y que hay gente que se llena la boca de grandes palabras y se olvida de lo básico: no hacer daño a los demás.

El lugar más bonito del mundo, de Ann Cameron

Este es quizá el más sencillo de los cinco, y también el más difícil de olvidar. El lugar más bonito del mundo, de Ann Cameron, cuenta la historia de Juan, un niño que vive en Guatemala, trabaja limpiando zapatos y encuentra en su abuela un amor firme, práctico, que no protege de todo pero da herramientas para sostenerse.

No es una historia edulcorada, como las que nos encontramos hoy en día en las plataformas de contenidos o en las películas infantiles. Habla de pobreza, de abandono, de esfuerzo y de ganas de aprender. Pero no lo hace desde la pena fácil ni desde esa condescendencia con la que a veces se cuentan las vidas difíciles. Juan no necesita que el lector lo mire desde arriba. Lo que te recomiendo es que trates de entender su inteligencia y su voluntad.

Para quien tiene la suerte de leerlo antes de los 13, enseña a mirar otras vidas sin convertirlas en postal ni en drama. Y ayuda a entender que, para muchos niños, la escuela más que un trámite, es la posibilidad real de imaginar otra vida. Algo que parece obvio y no siempre lo es.Y luego está la abuela. Pocas figuras en la literatura infantil explican tan bien que querer a alguien no siempre consiste en protegerlo de todo.

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