El Regate

La última ovación

El problema de haber sido imprescindible es que uno se crea con derecho serlo para siempre

Cristiano Ronaldo durante un partido del Mundial de Estados Unidos, México y Canadá. Europa Press.
Cristiano Ronaldo durante un partido del Mundial de Estados Unidos, México y Canadá. Europa Press.

Hay una crueldad particularmente refinada en lo de hacerse mayor. Pasas media vida empeñado en demostrar que puedes comerte el mundo y la otra media tratando de convencerlo de que el león aún está hambriento. Cristiano Ronaldo puede ser el epítome de esta máxima, haciendo de la ambición una religión y de sí mismo su apóstol. Como bichoboy que soy le debo muchas cosas. Entre ellas, probar que un ser humano puede convertir la obsesión en una forma de arte. También que el tiempo, ese rival que no concede revanchas, acaba llamando al telefonillo incluso a quien lleva veinte años empeñado en no responder.

He sido, soy y seré de Cristiano. De ese animal que llegaba al Bernabéu con lustre de icono pop, mirada seria y media sonrisa a lo Harrison Ford. Esos gestos que anunciaban al rival lo que venía y el semblante de quien acababa de perder una guerra, incluso tras mandar a la jaula tres balones en un mismo partido. Del que gesticulaba hasta la saciedad cuando no le pasaban el balón. He defendido – y le he perdonado – sus rabietas. En ocasiones, ridículas. Incluso algún que otro pulso furtivo a la cúpula. No por compartirlos, sino porque detrás de ese caricato ególatra se escondía un tipo acostumbrado a materializar lo imposible.  

Se fue del Real Madrid en 2018 como sólo podía hacerlo él. Recién conquistada la tercera Champions consecutiva y con una escueta despedida que heló la sangre a quienes ya poníamos rumbo a Cibeles. En el aire quedaba la sensación de que aún quedaban capítulos por escribir de blanco, pero el amor se gastó de tanto usarlo. Se fue con cinco Balones de Oro, cuatro Champions y la absurdez de meter 450 goles en 438 partidos. Números del modo carrera del FIFA en mínima dificultad. Su marcha fue un puñal en el corazón. Para mí y gran parte del madridismo. La inconveniencia – no para nosotros, claro – es que el Real Madrid trasciende a sus leyendas. Incluso los dioses son prescindibles, fíjate tú.

El Bicho empezó a librar otra clase de batallas; la de aceptar que algún día tendría que dejar de ser Cristiano Ronaldo. O, mejor dicho, de representar todo lo que significa ser CR7. El foco, el objetivo de las cámaras, el blanco de todas las miradas… Se me viene a la cabeza otro ídolo de infancia – y de adultez -. Fernando Alonso es el contrapeso de esa resistencia al paso del tiempo. El Nano ha hecho del arte de quedarse una oda a la perseverancia. No cesa en su cabezonería de perseguir esa última oportunidad que la mala suerte – cuando no las malas decisiones – le ha negado. La paradoja está en que al asturiano no es que aún no le respondan las manos. Qué va. Es retar al calendario aunque la máquina no le acompañe. ¿Por qué tendría que bajarse del coche? No es una mera negación del tiempo, sino una manera de convivir con él. Quizá porque saber quedarse sea tan complicado como saber marcharse.

El reguero de migas de pan de Cristiano conduce con endiablada ironía hacia el Real Madrid. No se ha malgastado el amor. Es inquebrantable. Más bien al contrario. Al fin y al cabo, sólo puede decepcionarte de verdad quien alguna vez has admirado. Me ocurre con este club, con su manera histórica de entender la vida – y por ende el éxito -, pero particularmente con determinadas decisiones que se alejan de aquello que aprendí a reconocer como propio. Genera cierta inquietud esa manera de administrar el cambio de ciclo, la planificación deportiva y la peligrosa costumbre de creer que el escudo puede parchear el error. Ese riesgo de enamorarte tanto de tu grandeza como para dar por supuesto que ésta se conserva por sí sola.

Es innegociable mi admiración por quienes han construido las mejores páginas de nuestra historia. Eso no lo tumba una mala racha. Sería un ejercicio de absoluto cinismo olvidarlo todo porque ahora no comparta la ruta que sigue el capitán del barco. Hay un Real Madrid antes y después de Cristiano Ronaldo, o de Carlo Ancelotti, pero sobre todo de Florentino Pérez. Negarlo exigiría una contabilidad emocional bastante creativa y una memoria deportiva deplorable. La admiración, sin embargo, no implica un cheque en blanco y el agradecimiento tampoco obliga a cerrar los ojos.

Me preocupa esa tentación tan posmoderna de confundir crítica con deslealtad. O traición, si se me permite. Como si arquear la ceja ante una decisión equivaliera a prenderle fuego a la memoria de todos los arquitectos del Real Madrid moderno. Como si el madridismo fuese dogmático, que en cierto modo sí lo es. Lo que nunca ha sido es monolítico. Tampoco hay que hacerse trampas al solitario. No podemos aceptar que cada capítulo tenga su pertinente final feliz porque no habría perdices que comer en la última página. El problema no es quedarse demasiado, sino dejar de preguntarse si todavía se tiene algo que ofrecer. Los aplausos del pasado no pueden ser la mordaza del presente. Ni siquiera cuando son merecidos. Especialmente cuando lo son y sobre todo en este club.

No sé cuándo llega el momento de irse. No he alcanzado ese punto de madurez en mi vida como para descifrarlo ni he estado - creo - en tal posición. Tampoco tengo claro que siempre sea necesario hacerlo. A veces basta con saber escuchar, cambiar de dirección y aceptar que no hay ser en este planeta – superior o no – que no se equivoque. Lo que sí sé es que no me gustaría recordar con amargura aquello que durante tantos años desató mi felicidad. Quienes nos pusieron patas arriba las emociones en una milésima de segundo merecen todas las ovaciones del mundo, pero ninguna debería obligarnos a aplaudir cuando algo ya no nos gusta.

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Etiquetas Fútbol Fórmula 1