La selección femenina sub-20 está mal acostumbrando al país, ya que desde 2018 ha pisado tres de las últimas cuatro finales de la Copa del Mundo de esta categoría. Esta vez, el rival a batir será Corea del Norte tras haber derrotado a Italia en las semifinales por un 0-2, mientras que las asiáticas vencieron a Colombia por un contundente 3-0. 

La Roja se clasificó para la tercera final mundialista de su historia en esta categoría, consolidando una trayectoria que refleja el crecimiento del fútbol femenino español desde la base. La primera llegó en 2018, con la generación formada por Patri Guijarro, Aitana Bonmatí, Laia Aleixandri, Cata Coll o Claudia Pina, que cayó en la final ante Japón. Cuatro años después, en 2022, la selección levantó su primer Mundial femenino gracias a futbolistas como Salma Paralluelo, Fiamma Benítez, Inma Gabarro, Andrea Medina o Maite Zubieta.

En esta edición de 2026, España vuelve a demostrar que es una de las grandes potencias del fútbol formativo. Con un bloque construido sobre la base de las campeonas de Europa sub-19 de 2025 y del pasado verano, el equipo ha presentado su candidatura al título y buscará destronar a Corea del Norte, vigente campeona del mundo.

Tres de cuatro finales no es moco de pavo. Es una tónica que parece no tener fin. No es que España haya sido siempre una de las grandes potencias de siempre, sino que poco a poco, con una filosofía y un proceso lento, ha conseguido situarse en el Olimpo de las categorías inferiores del fútbol de selecciones. 

El crecimiento en lo nacional se nota en lo internacional

Uno de los principales motivos por los que se ha notado ese aumento de nivel es la mejora y la profesionalización de la liga nacional. En los últimos años, la inversión en el fútbol femenino. España ya tiene 113.815 licencias femeninas en la temporada 2025/26, según los datos de la RFEF. En 2021/22 eran 67.149, de acuerdo con las cifras recopiladas por Liga F, lo que supone un crecimiento de más de 46.000 licencias en apenas cuatro temporadas. Entre 2012 y 2022, el incremento había sido del 125%.

Más niñas jugando significa una cosa sencilla pero fundamental: más posibilidades de encontrar talento. Y también más jugadoras compitiendo durante más años, más equipos femeninos, más entrenadoras, más competiciones y más oportunidades para que una futbolista pueda progresar sin abandonar el deporte demasiado pronto.

La RFEF ha ido ampliando además su estructura de competición. Existen categorías femeninas nacionales desde Liga F hasta Primera, Segunda y Tercera Federación, mientras las selecciones autonómicas y las competiciones de base completan el recorrido formativo. En 2026, además, la propia RFEF aprobó trabajar en una nueva competición nacional formativa femenina para categorías juvenil y cadete y en un programa específico para consolidar las licencias femeninas infantiles y cadetes. Ese último movimiento es revelador: la estructura ha crecido muchísimo, pero todavía se está construyendo.

Los grandes clubes ya no esperan al talento

La otra diferencia respecto a hace una década está en los clubes. El crecimiento del fútbol femenino ha obligado a los grandes equipos a desarrollar estructuras propias para captar y formar jugadoras desde edades cada vez más tempranas. El Real Madrid, por ejemplo, cuenta actualmente con Real Madrid B, Juvenil y Cadete femeninos. En mayo de este año, la convocatoria sub-20 ya reflejaba esa inversión: nueve de las jugadoras citadas por David Aznar pertenecían al club blanco.

El Barcelona lleva todavía más tiempo convirtiendo La Masia en una vía de formación también para las futbolistas. Athletic, Real Sociedad, Atlético, Levante, Deportivo y otros clubes profesionales mantienen asimismo estructuras de cantera que permiten que el salto a la élite no dependa exclusivamente de encontrar una oportunidad en la edad adulta. La convocatoria del Mundial 2026 es una radiografía bastante clara: hay jugadoras procedentes de Barcelona, Real Madrid, Athletic, Atlético, Levante, Real Sociedad, Deportivo y otros clubes españoles, además de futbolistas que ya han salido al extranjero.

Y aparece un detalle importante. Pau Comendador, autora del gol de España ante Brasil en cuartos y de uno de los tantos de esta edición, es precisamente producto de ese recorrido: llegó al Real Madrid con 14 años, pasó por Cadete, Juvenil y filial y acabó incorporándose al primer equipo. La selección, por tanto, no está descubriendo a estas jugadoras cuando llegan a Las Rozas. Las está recogiendo después de años de formación en clubes.

De una generación de oro a una fábrica de generaciones

El dato que mejor explica el cambio quizá no esté en el Mundial sub-20. Está un escalón más abajo. España ganó el Europeo sub-17 de 2024 y ese mismo ciclo desembocó después en el Europeo sub-19 conquistado en 2025. Este último fue el cuarto título consecutivo de España en la categoría y el séptimo de su historia, un récord en la competición. Además, varias de aquellas jugadoras aparecen ahora en el Mundial sub-20 de Polonia.

La cadena se repite: sub-17, sub-19, sub-20 y, después, Liga F o el extranjero. No todas llegarán a la selección absoluta ni todas tendrán una carrera profesional larga, pero cada generación dispone de un camino más definido que la anterior.

También ayuda que ese último tramo profesional ahora exista. El CSD aprobó la profesionalización de la máxima categoría femenina en 2021 y desde entonces ha destinado más de 40 millones de euros al desarrollo de Liga F y las infraestructuras de los clubes. Hace diez años, por tanto, una niña que destacaba tenía menos peldaños entre su equipo de formación y la élite. Hoy existen más.

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