Los principales tenistas del mundo han guardado las pancartas. Tras año y medio de presión coordinada contra el Abierto de Australia, Roland Garros, Wimbledon y el US Open, el grupo anunció el lunes que da por cerrada la fase pública de su campaña, después de que los cuatro torneos accedieran a crear un Grand Slam Player Advisory Council: un órgano permanente donde los jugadores podrán discutir directamente cuestiones económicas, de bienestar y de gobernanza. Ninguno de los cuatro ha aceptado todavía el porcentaje que reclaman los jugadores, pero por primera vez existe una mesa fija donde discutirlo.

De la carta a la amenaza de boicot

Todo empezó en marzo de 2025, cuando un grupo de jugadores del top 20 de la ATP y la WTA remitió a los directivos de los cuatro grandes una carta con tres exigencias: voz en las decisiones, más fondos para el bienestar del jugador y un objetivo económico con fecha de caducidad. Ese objetivo era el 22% de los ingresos destinado a premios en 2030. La propuesta formal quedó registrada el 31 de julio de aquel año.

A partir de ahí, la presión fue subiendo de tono. Esta temporada los jugadores recortaron sus compromisos con la prensa en Roland Garros y en Wimbledon, y Aryna Sabalenka, número uno del mundo, llegó a poner sobre la mesa la palabra que más incomoda a un organizador. "Creo que en algún momento lo boicotearemos", dijo antes de París, convencida de que acabaría siendo la única vía para pelear por sus derechos.

Coco Gauff, por su parte, desplazó el foco hacia abajo: hacia los jugadores de ranking modesto que viven de premio en premio y que, a diferencia de las estrellas, no tienen patrocinios que compensen una eliminación en primera ronda.

Un 22% que no sale de la nada

Los cuatro Grand Slam generan en conjunto más de 1.500 millones de dólares anuales y reparten en premios entre un 13% y un 15% de esa cifra. En los torneos ATP y WTA 1000, el escalón inmediatamente inferior, ese reparto ronda ya el 22%. Los tenistas no reclaman, por tanto, una cifra utópica. Reclaman que los torneos más ricos del calendario les paguen el mismo porcentaje que les pagan los torneos de abajo.

Casper Ruud —número seis del mundo, finalista en tres majors y autodefinido como un privilegiado tras ganar más de 23 millones en su carrera— lo cuantificó con el ejemplo del US Open: la federación estadounidense ingresa más de 500 millones y reparte entre 65 y 70 en premios. En 2024 fueron 514 millones de ingresos frente a 75 de bolsa, un 14,6%. "No creo que sea justo que alguien pague el 15 por ciento", zanjó el noruego, que considera que en un mundo razonable el reparto sería al cincuenta por ciento.

En la NBA los jugadores se llevan en torno al 50% de los ingresos; en la NHL, otro tanto; en la NFL, entre el 47% y el 48,5%; en la Premier League, los salarios superan el 60% de lo que facturan los clubes. Entre los grandes deportes profesionales, el tenis es el que menos reparte con quienes lo juegan.

Lo que sí han arrancado

En lo estrictamente económico, la presión ha funcionado. Las bolsas de 2026 han alcanzado los 79,92 millones de dólares en Australia, los 71,56 en Roland Garros, los 86,79 en Wimbledon y un récord de 108 millones en el US Open. Sumando los cinco torneos disputados desde que se registró la propuesta, el total asciende a 415,6 millones, de los que los jugadores calculan que más de 30 están por encima de la tendencia histórica de crecimiento. Han celebrado además una propuesta de Roland Garros para vincular los pagos a los beneficios del torneo, que es exactamente el mecanismo que llevan pidiendo desde el principio.

En lo estructural, no. Ninguno de los cuatro se ha comprometido a un acuerdo formal de reparto ni ha aceptado el 22%. Los majors esgrimen que los premios han crecido un 45% desde 2019, pero ajustado a la inflación ese incremento se queda en un 14%.

El argumento de los torneos

Tres de los cuatro grandes —el Abierto de Australia, Roland Garros y el US Open— están gestionados por federaciones nacionales sin ánimo de lucro que destinan buena parte de esos ingresos a financiar el tenis de base, las instalaciones y los circuitos menores de sus países. El dinero que no va a premios no acaba, al menos sobre el papel, en manos de accionistas, sino en el desarrollo del deporte.

Los jugadores no discuten ese modelo. Discuten que, dentro de él, el porcentaje asignado a quienes producen el espectáculo sea el más bajo del deporte profesional.

Un sindicato que no existe

Cada tenista es formalmente un autónomo: compite contra el resto, se paga el avión, el entrenador y el fisioterapeuta, y negocia solo. Esa fragmentación es la que ha mantenido el porcentaje tan bajo durante décadas. En la NBA o en la NFL el reparto se fija en un convenio negociado entre la liga y un sindicato, mientras que en el tenis no hay ni una cosa ni la otra, con la gobernanza repartida entre cuatro torneos autónomos, la ITF, la ATP y la WTA.

Esta campaña tampoco es la única vía abierta. La PTPA, la asociación cofundada por Novak Djokovic, presentó en marzo de 2025 una demanda antimonopolio contra la ATP, la WTA, la ITF y la agencia de integridad del tenis por explotar económicamente a los jugadores. Son dos caminos paralelos: uno pelea en los tribunales, el otro acaba de conseguir una silla.

El consejo es asesor, no vinculante, y ninguno de los cuatro torneos ha firmado nada sobre el 22%. Los jugadores lo saben, y por eso han dejado la amenaza escrita en el mismo comunicado en el que anunciaban la tregua: si el órgano no entrega, la campaña vuelve.

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