Siempre he tenido la sensación de estar a punto de ser descubierto. El problema es que nunca he sabido exactamente qué era lo que estaba ocultando. No hablo de una gran mentira ni de haber fingido ser otra persona. Es algo más pequeño y bastante más absurdo: esa sospecha de que, en cualquier momento, alguien va a mirarte con atención, atar un par de cabos y preguntarte qué haces ahí.
Me pasa especialmente con los comienzos. Un país nuevo, un trabajo nuevo, un proyecto, un grupo de gente, cualquier lugar en el que todavía no sabes muy bien dónde poner las manos. Los demás parecen haber llegado con las instrucciones leídas y uno entra intentando que no se note demasiado que sigue buscando el manual. Nunca he sentido que encaje perfectamente en ningún sitio desde el primer minuto. Más bien al contrario. Suelo pensar que sobra alguien y que, por una cuestión estadística bastante sospechosa, ese alguien soy yo.
Luego pasa el tiempo y ocurre algo decepcionantemente poco espectacular: no te descubren. Trabajas, aprendes, metes la pata, vuelves al día siguiente y terminas disfrutando de lugares en los que unas semanas antes estabas convencido de haberte colado. A veces pasamos tanto tiempo esperando que alguien nos invite a quedarnos que no vemos que hace rato que dejaron de tratarnos como invitados.
Supongo que ahí vive eso que hemos decidido llamar síndrome del impostor. En mirar alrededor y creer que todos recibieron alguna clase magistral sobre cómo ser adulto, periodista, jefe, padre, deportista o lo que toque, mientras tú has llegado hasta allí enlazando decisiones y procurando que no se vean demasiado las costuras. Hasta que conoces un poco mejor a los demás y descubres el secreto: tampoco tenían el manual. Eso no impide que haya quien convierta sus propios golpes de suerte en una teoría universal y luego pretenda cobrarte por enseñarte el camino.
Puede que todo venga de mirar el marcador y olvidar el partido. Las trayectorias ajenas parecen inevitables cuando ya conocemos el resultado, porque las vemos desde la grada, limpias y ordenadas. Las propias, en cambio, se viven desde el vestuario: con dudas, errores, decisiones tomadas sobre la marcha y alguna que otra tentación de salir corriendo antes de tiempo.
Esta columna, que espero sea la primera de unas cuantas, empieza más o menos ahí. En esa incomodidad de estrenar algo sin saber todavía del todo qué forma tendrá. Y también con la pregunta de siempre: qué hago yo aquí. No tengo una respuesta especialmente brillante. De momento me basta con otra, bastante más útil: ¿y por qué no?
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