Nadie nace sabiendo lo que es un Clásico. Aunque yo, si me apuras, algo pude intuir. Nací el 4 de marzo de 2001, y la noche anterior, la última que mis padres pasaron en casa antes de que yo llegara, mi madre se sentó con mi padre a ver el Madrid-Barça del 3 de marzo, con un servidor todavía en la tripa. Acabó 2-2, con doblete de Raúl y otro de Rivaldo, y con un tercer gol del brasileño en el último minuto que el árbitro anuló por un fuera de juego que no era. Hay algo en esa historia que me hace especial ilusión, porque es como si hubiera llegado al mundo con el primer Clásico ya visto.
Ahora bien, una cosa es nacer con un Clásico y otra muy distinta es entenderlo. Y eso, en mi caso, llegó a base de campaña electoral. Ahora que vuelven a sonar las urnas, la comparación me parece de lo más acertada, porque cuando llega alguien nuevo a una familia en la que conviven equipos rivales, cada uno saca su programa, sus promesas y sus regalos, e intenta, a su manera, que el recién llegado acabe votando a los suyos. En mi casa los candidatos estaban claros: mi padre y mi tía querían que fuese del Barça, mi tío pujaba por el Atlético de Madrid y mis dos abuelos intentaron que fuese merengue. Y que nadie se escandalice, porque yo mismo he hecho lo mismo años después con mis primos pequeños, peleando todo lo que he podido para que salieran del Barcelona.
Mi padre tiró de constancia y se sentaba conmigo a ver los partidos del Barça, uno tras otro. Me explicaba la historia del club, me hablaba de Cruyff, de Romario, de cómo el comienzo de siglo estaba siendo especialmente duro... Mi tío fue más directo y me regaló una camiseta del Atleti, mientras que mi abuelo sacó la artillería pesada: el álbum de cromos del Madrid de los Galácticos. Zidane, Figo, Ronaldo, Beckham, Raúl, Roberto Carlos… A un niño le pones eso delante y la cosa se tambalea. Lo reconozco sin problema: aquel álbum me hizo dudar muchísimo.
Pero entonces apareció mi tía con una camiseta de Samuel Eto'o. No sé si fue el delantero o fueron aquellos colores, el azul y el grana, que me entraron por los ojos y ya no salieron, pero el caso es que ahí se acabó la campaña. Yo iba a ser del Barça.
Con los años he entendido que lo que se decide a esa edad no es solo un equipo, sino también un rival. Es como si te dieran a elegir entre dos casas que están en la misma calle, una frente a la otra. Eliges una y, desde ese día, los de enfrente son tu problema: sus celebraciones se oyen desde tu ventana y sus alegrías son tus disgustos. Lo curioso es que, si hubieras elegido la otra casa, nada habría cambiado salvo una cosa: que el vecino de enfrente serías tú. Y eso, que parece una tontería, explica buena parte de lo que es un Clásico, porque ninguno de los dos es el bueno ni el malo; simplemente ambos se necesitan al otro lado de la calle.
El primer Clásico que recuerdo haber visto entero, los noventa minutos sin levantarme del sofá, fue el del 7 de mayo de 2008 en el Bernabéu. Lo vi con mi padre y con mi tío, y la cosa empezó torcida desde antes del pitido inicial, porque el Madrid ya era campeón de Liga y al Barça de Rijkaard le tocó hacerle el pasillo. Pintaba mal y acabó siendo peor: un 4-1 con goles de Raúl, Robben, Higuaín y Van Nistelrooy, el de Henry para maquillar y Xavi expulsado al final. El Madrid fue muy superior, sin discusión posible, y yo me puse a llorar. Pero no un berrinche de tres minutos, sino llorar de verdad, de ese llanto que no entiendes muy bien por qué te duele tanto algo que está pasando dentro de una tele.
Creo que ahí ya lo sabía. Nadie me lo había explicado con palabras, pero sabía que el máximo rival era el Madrid, que Madrid mal y Barça bien, así de simple y así de injusto. Y luego eso se va asentando sin que te des cuenta. En la Play, por ejemplo, yo siempre me pedía al Barcelona y, cuando jugaba con mi tío, él cogía el Madrid sin que nadie dijera nada, porque no hacía falta. Era la regla no escrita del salón: si en la pantalla había un Barça, enfrente tenía que estar el Madrid, y cualquier otro partido era un amistoso.
Y es que el Clásico no se enseña, se aprende con los años. Nadie se sienta contigo a explicártelo, pero lo vas cogiendo de oírlo en casa, en el colegio, en el bar... Una camiseta por aquí, un álbum por allá, una derrota que te hace llorar y mil partidos de Play con los mismos dos escudos. Y al final llega un día en el que ya no te hacen falta esos detalles para saber que ese partido nunca será uno más.
De aquel 4-1 han pasado casi veinte años, y en estos veinte años el Clásico me ha dado algunos de los mejores días de mi vida y también algunos de los peores. Me ha dado el 2-6 en el Bernabéu, apenas un año después de aquellas lágrimas, como si el fútbol me estuviera devolviendo el favor; la manita del Camp Nou en el primer Clásico de Mourinho; el 0-4 de 2015; Messi enseñando su camiseta a la grada del Bernabéu. Pero también me ha dado el cabezazo de Cristiano en la final de Copa de Mestalla, su “calma, calma” en el Camp Nou y unas cuantas noches de irme a la cama sin cenar, no por castigo, sino porque no me entraba nada.
Porque con el Clásico se ríe, se llora y hasta uno termina perdiendo la cordura. Saca lo mejor de ti, que es esa ilusión de niño que no se pierde por muchos años que cumplas, y a veces, también lo peor. Porque a nadie le gusta ver a su equipo perder contra el vecino de enfrente. Supongo que por eso sigue siendo especial aunque llegue en la jornada 10, como este domingo, con media Liga por delante. Un Clásico nunca se ve solo. Se ve con tu padre o con tu madre, con los abuelos, con los tíos, con los primos, con el amigo del colegio que era del otro equipo, y con el recuerdo de aquel partido que te hizo llorar o saltar del sofá. El partido es el mismo para todos, pero cada uno ve uno distinto.
Este domingo, a las 21:00 en el Camp Nou, Barça y Madrid volverán a mirarse desde su lado de la calle, con Mourinho otra vez en el banquillo blanco. Y en algún salón habrá un niño viéndolo entero por primera vez, sin levantarse. No sabrá explicar qué es un Clásico, pero dentro de veinte años se acordará del resultado y, sobre todo, de con quién lo vio.
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