Joan Pradells se ha quedado otra vez a las puertas del Mister Olympia. El valenciano terminó tercero en el Austrian Oak Pro de Viena, la última competición que repartía plazas para la cita de Las Vegas, y se despidió de su objetivo para 2026. Una decepción deportiva que, sin embargo, permite mirar más allá de la clasificación: ¿qué hay que hacer para llegar hasta allí y cuánto cuesta intentar mantenerse?

Porque detrás de las luces, el bronceado y los cuerpos imposibles del Olympia hay una vida que tiene poco que ver con la imagen espectacular que llega al público. El culturismo profesional exige convertir prácticamente cada aspecto de la existencia en una variable controlada: entrenamiento, comida, descanso, peso, porcentaje de grasa y preparación para competir.

Pradells ha contado que llegó a consumir 24 huevos al día durante determinadas etapas y ha explicado públicamente algunas de las limitaciones que le provoca su volumen. En una entrevista reciente relató incluso que tuvo que abandonar una resonancia porque sus hombros no cabían en el tubo de la máquina.

Comer cuando toca, no cuando quieres

La preparación para una competición de máximo nivel convierte la alimentación en una segunda profesión. Los competidores cuentan sus comidas, pesan los alimentos y ajustan calorías y carbohidratos según la fase de la preparación.

Este verano, por ejemplo, el culturista Jordan Hutchinson ha mostrado una dieta de unas 5.000 calorías repartidas en seis comidas mientras prepara el Olympia 2026. Otros profesionales han enseñado públicamente planes basados en cantidades muy precisas de arroz, pollo, carne, proteína y carbohidratos, repetidos durante semanas.

La paradoja es que el objetivo no es simplemente estar fuerte. Hay que llegar al escenario con una combinación extremadamente concreta de masa muscular y definición, y mantenerla el tiempo suficiente para competir. En preparación, además, el entrenamiento no desaparece: cambia. Aumenta el cardio en determinadas fases, se modifica el volumen de trabajo y se intenta conservar la mayor cantidad posible de músculo mientras se reduce la grasa. El proceso puede convertirse en una rutina de horas alrededor del gimnasio, la comida y el descanso. El cuerpo deja de ser simplemente algo que entrenas. Se convierte en el trabajo.

Una carrera contra el reloj

En el culturismo profesional, el objetivo no es simplemente ganar músculo, sino mantener durante años un físico cada vez más extremo. La preparación exige llevar al límite el entrenamiento, la alimentación y la recuperación, pero también someter al organismo a una exigencia difícil de sostener a largo plazo.

La categoría Open, la más extrema del Mister Olympia, concentra precisamente esa evolución: más tamaño, más definición y cuerpos que cada año parecen acercarse un poco más al límite físico. El problema es que el tiempo juega en contra del culturista. Mantener ese nivel de masa muscular y condición durante temporadas consecutivas exige un desgaste creciente y puede elevar los riesgos para la salud. Por eso, en este deporte, la pregunta no es únicamente cuánto puedes crecer o cuánto puedes ganar. También es cuánto tiempo puede soportarlo tu cuerpo.

El secreto que no aparece bajo los focos

Pero existe otra parte de esta industria mucho más incómoda. El culturismo profesional masculino de élite está históricamente asociado al uso de sustancias dopantes, especialmente esteroides anabólico-androgénicos y otros fármacos para mejorar el rendimiento. No todos los competidores reconocen públicamente qué utilizan y no sería riguroso atribuir a cada culturista una pauta concreta sin evidencias.

Lo que sí está documentado es que el problema sanitario existe. Un estudio publicado en European Heart Journal en 2025 analizó 20.286 culturistas que participaron en competiciones IFBB entre 2005 y 2020 y registró 121 muertes durante el periodo de seguimiento. De ellas, 46 fueron clasificadas como muertes cardíacas súbitas. Entre los profesionales, el riesgo de muerte cardíaca súbita fue notablemente mayor que entre los amateurs: el estudio calculó un hazard ratio de 5,23.

El dato que más impresiona está en la categoría Men's Open, la división que concentra la imagen más extrema del culturismo. Los investigadores identificaron siete muertes entre 100 atletas de Olympia analizados, cinco de ellas por muerte cardíaca súbita presunta o confirmada, con una edad media de apenas 36 años.

Eso no significa que todas esas muertes fueran consecuencia del dopaje. De hecho, los propios investigadores advierten de que intervienen múltiples factores y que resulta difícil separar los efectos de los esteroides de otras particularidades de este deporte. Pero la asociación entre el culturismo profesional y determinados riesgos cardiovasculares es demasiado seria como para ignorarla.

Los nombres que el culturismo no olvida

La lista de muertes prematuras ayuda a entender por qué el tema ha dejado de ser una conversación incómoda para convertirse en un problema de salud. George Peterson murió con 37 años, apenas unos días antes de competir en el Mister Olympia de 2021. Una autopsia posterior determinó que la causa fue una arritmia cardíaca súbita asociada a enfermedad cardiovascular hipertensiva y señaló el uso de esteroides anabólicos como factor contribuyente.

Un mes después, Shawn Rhoden, campeón del Mister Olympia en 2018, murió con 46 años tras sufrir un paro cardíaco. En 2022 falleció Cedric McMillan, uno de los grandes nombres del circuito, a los 44 años después de haber sufrido problemas cardíacos en los meses anteriores.

Y en 2023 murió con solo 30 años Jo Lindner, uno de los culturistas e influencers de fitness más conocidos de Internet. En su caso se informó de una aneurisma, pero no existe una relación oficial demostrada entre su muerte y el uso de esteroides, una distinción importante frente a las especulaciones que circularon en redes. Son historias diferentes y no todas pueden meterse en el mismo saco. Pero juntas forman un patrón imposible de ignorar.

La cima tiene espacio para muy pocos

Y todo ese sacrificio se realiza para alcanzar una recompensa que también es extremadamente limitada. Miles de culturistas persiguen durante años la condición de profesional. Después, solo una parte consigue llegar a los grandes escenarios y solo unos pocos pueden instalarse realmente en la élite del Olympia. La distancia entre ser un culturista enorme y ser un culturista capaz de competir por un título internacional es gigantesca.

La propia preparación tampoco puede mantenerse indefinidamente al máximo nivel. El problema no es únicamente físico. Es económico, psicológico y vital. Hay que pagar entrenadores, nutrición, desplazamientos, preparación, atención médica y, en muchos casos, renunciar a una vida cotidiana que gira alrededor del calendario competitivo. Y todo ello para una carrera profesional que puede ser especialmente corta en comparación con otros deportes.

Aquí conviene hacer una precisión: no existe evidencia suficiente para afirmar que la carrera competitiva de un culturista sea corta exclusivamente por las sustancias que utiliza. Sí existen pruebas contundentes de una mayor mortalidad y de riesgos cardiovasculares elevados entre los profesionales, especialmente en la categoría Open.

Súmate a

Apoya nuestro trabajo. Navega sin publicidad. Entra a todos los contenidos.

hazte socio

 

Añadir ElPlural.com como fuente preferida de Google.

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora