Como diríamos en España, ni chicha ni limonada. La organización del Mundial 2026 prometía un gran espectáculo en el que se convirtió en el descanso más largo de la historia de la competición. 27 minutos y 20 segundos en los que la yankeezación fue más que evidente, pero en los que, tras todo el bombo generado en los días previos, apenas hubo ruido. Artistas de alto nivel, sí; pero poco punch y ningún momento estelar o especialmente recordable.

Quizás el momento de mayor atractivo para los seguidores del Mundial fue la aparición de Ronaldo y Ronaldinho junto a Madonna, en el principio del show. Y es que, al final, todo añadido que no desvirtúe el juego está bien, el problema es cuando el espectáculo deja de estar ligado al balón que rueda sobre el césped.

El show business invadió claramente la competición este domingo pese a que entrenadores, jugadores y expertos expresaran públicamente sus críticas. "Es lo que hay. Tal vez dentro de unos años lo encontraremos normal, como las pausas de hidratación", fue la respuesta, con evidente resignación pero no por ello menos molestia, de Luis de la Fuente. El juego estuvo parado durante casi media hora y, como era de esperar, las previsiones de la organización no se cumplieron. El retraso se produjo desde el primer momento, ya que el espectáculo comenzó a los cinco minutos del inicio de la pausa, es decir, con un retraso de dos minutos y medio.

Los equipos, los verdaderos protagonistas de la final, estuvieron parados durante casi media hora para que Estados Unidos pudiera exhibir músculo de su gran poderío. rometieron Se prometió que valdría la pena porque contaban con una espectacular traca de actuaciones protagonizadas por artistas de grande renombre como Madonna, Shakira, Justin Bieber o el grupo surcoreano BTS. Sin embargo, pese a tanta estrella, no hubo ni un solo destello.

El objetivo era replicar el modelo de la Superbowl, ese en el que realmente el artista y su perfomance son importantes por la cantidad de dinero que generan, pero con un conjunto de grandes nombres, a los que se les sumaron Los Teleñecosel director de orquesta Gustavo Dudamel o el coro PS22, una escuela pública del distrito neoyorquino de Staten Island.

Sin embargo, ni siquiera llegó a ser su sombra. Como si el espectador estuviera escuchando una playlist, cada uno de ellos pasaron por el escenario sin pena ni gloria más allá de la expectación que había generado su participación en el descanso. Miraron mucho al objetivo, sonrieron aún más y llenaron pantalla durante algunos minutos. Pero, al margen de eso, ningún momento reseñable o destacable. 

Nada ni nadie parecía tener conexión. El show quedó relegado a una intervención en cascada de todos ellos. Pasen y vean. El objetivo de la organización era demostrar poderío, la yankeezación fue indudable, pero se quedaron a medio gas. La idea, sin duda, era atractiva, pero se quedó en el papel, puesto que no lograron dar con la formulación correcta.

Para cerrar el show, tampoco podía faltar el happy ending. Estados Unidos, ese país cuyo presidente, Donald Trump, no ha dudado en ser protagonista de distintos conflictos bélicos en los últimos meses, desplegaba una gran lona de colores sobre el MetLife Stadium de Nueva Jersey sobre la que se escribía la palabra "love", es decir, "amor".

27 minutos y 20 segundos después, tras siete actuaciones con mucho bombo y poco ruido, los jugadores volvieron a saltar al campo y el juego se reanudó, que realmente es de lo que va esto. La verdadera sintonía del encuentro fue indiscutiblemente española tras el dominio de los de De la Fuente, que silenciaron por completo la batuta de Leo Messi y su orquesta. 

Este 19 de julio, el verdadero show no fue de 27 minutos y 20 segundos, sino de 120 minutos de pasodoble español.

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