Miguel García Velasco no fue solo un habitual de las carreras populares de Málaga: fue una de esas figuras que terminan formando parte del paisaje emocional de una ciudad. Durante décadas, su presencia en la pista de Carranque, hoy Ciudad Deportiva Javier Imbroda, y en pruebas de toda la provincia le convirtió en un referente del atletismo popular. No por grandes focos ni por una carrera profesional al uso, sino por algo más difícil de sostener en el tiempo: una fidelidad absoluta al deporte, una rutina férrea y una pasión por correr que mantuvo prácticamente hasta el final de su vida.
Nacido en 1936, Miguel fue construyendo su legado a base de kilómetros, disciplina y una forma de entender el deporte en la que el cronómetro nunca estuvo por encima del placer de competir. Quienes coincidían con él lo recuerdan con una imagen muy concreta: gorra negra, camiseta roja, zapatillas llamativas y un trote constante, siempre a su ritmo, siempre presente. Su figura era tan reconocible que varias generaciones de corredores malagueños crecieron viéndole entrenar tres o cuatro días por semana, saludando a todo el mundo y dejando la impresión de que correr era, antes que una meta, una manera de estar en el mundo.
Más de cuatro décadas de atletismo popular
Lo que hace especial su trayectoria es también cuándo comenzó. A diferencia de muchos deportistas que arrancan en la adolescencia, Miguel empezó a correr de forma asidua a los 41 años. Y lo hizo con tanta convicción que apenas seis meses después ya estaba disputando su primera maratón. Desde entonces, encadenó más de 40 años corriendo, participó en cientos de carreras populares y completó en torno a una veintena de maratones, además de medias maratones y pruebas en distintos puntos de España, Portugal y Francia.
Su mejor registro en maratón lo firmó en Valencia, con 2 horas y 38 minutos, una marca notable que demuestra que detrás del entrañable corredor veterano también hubo un atleta muy serio. Sin embargo, él nunca quiso construir su identidad desde los tiempos o las clasificaciones. En una entrevista recordaba que su objetivo era simplemente “acabar todas las carreras”, una frase que resume bastante bien su mentalidad: competir, sí, pero sobre todo persistir.
Carranque, su hogar deportivo
Si hubo un lugar inseparable de su historia, ese fue Carranque. Allí se convirtió en una presencia casi diaria y en un símbolo silencioso del atletismo malagueño. Recordaba con nostalgia los años en que aquello era poco más que una explanada de tierra y explicaba que su relación con el running nació casi por casualidad: entrenando en el gimnasio de la instalación, alguien le animó a salir a calentar fuera, conoció a otros corredores y, como él mismo decía, “me picó el gusanillo”. Ese impulso inicial acabó marcando el resto de su vida.
Su vínculo con el atletismo popular de Málaga también pasaba por carreras muy concretas, a las que guardaba un cariño especial, como las clásicas pruebas urbanas que ayudaron a crear ambiente runner en la ciudad. Con el paso de los años, Miguel dejó de ser solo un participante más: se transformó en una referencia moral para otros corredores, especialmente para los más jóvenes, que le veían como “un ejemplo a seguir” y “un auténtico crack”.
Una rutina de hierro y una idea muy clara del esfuerzo
Su caso asombraba no solo por la edad, sino por cómo entrenaba. Según contó en distintos reportajes, mantenía una rutina de seis días a la semana, corría una media de 13 kilómetros diarios, acumulaba alrededor de 3.000 kilómetros al año y era capaz de hacer entre 400 y 500 abdominales al día. A veces salía por Carranque; otras, prefería el paseo marítimo de La Malagueta para meter más kilómetros. Todo ello acompañado de una vida sencilla y muy ordenada.
Su filosofía del esfuerzo era igual de directa que su forma de correr. “No existen los trucos, solo la constancia y perseverancia”, dejó dicho cuando le preguntaban cómo era posible llegar en tan buena forma a una edad tan avanzada. Y añadió otra idea aún más poderosa: “Lo que rige al atleta es la cabeza y no los pies”. Esa mezcla de disciplina física y fortaleza mental es, probablemente, la gran enseñanza que deja su figura.
Correr mientras el cuerpo aguantara
Lejos de romantizar el pasado, Miguel siguió mirando al presente hasta muy tarde. En 2022 y 2023 seguía hablando del deporte como una necesidad vital. “Cuando estoy sin correr un par de días sueño con las carreras”, confesó en uno de esos testimonios. Y en otro dejó una frase que hoy resume perfectamente su legado: “Mientras me pueda mover, hasta que el cuerpo aguante, seguiré a la carrera de un lado para otro”.
Por eso su historia encaja mejor como un homenaje a una trayectoria que como una despedida. Miguel García Velasco no fue noticia solo por llegar a los 90 años, sino por haber demostrado durante décadas que el atletismo popular también construye leyendas. La suya no se levantó sobre grandes campeonatos, sino sobre algo mucho más reconocible para cualquiera: volver a ponerse las zapatillas una y otra vez, seguir adelante y hacer del deporte una forma de vivir hasta el último minuto.