Me tomé un respiro vacacional más que necesario - supongo que también merecido -, tratando de desconectar de todo en la medida de lo posible, algo que el fútbol complica sobremanera, siendo además un ferviente consumidor de Twitter. Sí, lo siento. Me niego a llamarlo X. Dos nadapletes consecutivos en un club como el Real Madrid no solo duelen, sino que causan una profunda herida en el tejido social. Entiendo que ni el regreso de José Mourinho sea suficiente aliciente tras cerrar otro verano sin reparar la ausencia de pies en el centro del campo tras la marcha de Toni Kroos. No me considero oficialista. De hecho, me catalogaría dentro de lo que llaman madridismo vinagre. Crítico, si nos salimos del argot tuitero.

Veo brotes verdes, pero tampoco hay que hacerse trampas al solitario. Que, además, tu máximo rival vuele en septiembre tampoco ayuda. Entiendo el estado de histeria colectiva, pero todo tiene sus límites. Y ahí es donde empieza lo que realmente me interesa. Digo esto no por una cuestión puramente deportiva. Me parece hasta trivial. Básicamente - un afectuoso saludo a Adama Traoré - porque se han dedicado horas de televisión, radio, columnas y tuits a la camiseta de apoyo a Ceuta que el martes lucieron los jugadores del Elche y el grueso del once titular del Real Madrid, con los matices de Kylian Mbappé, Vinícius Jr. e Ibrahima Konaté.

Polémica artificial, por otro lado, alimentada - cómo no - por los de siempre desde sus plataformas habituales. Hay un dicho que suelo utilizar a menudo y que resume lo que ha sido esta semana la actualidad futbolística en España: cuando el tonto coge la linde, la linde se acaba y el tonto sigue. Las horas de tertulia y los ríos de tinta virtual e impresa han servido para que algunos contaminen el ya intoxicado ambiente con un potente olor a naftalina.

Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid… En su primera etapa, José Mourinho llegó a acuñar la expresión “madridistas disfrazados” para aquellos que, según describía, decían querer al Real Madrid pero luego no actuaban como esperaba de un verdadero madridista. Expresión interesada, claro. The Special One no da puntada sin hilo. Así señalaba a quienes cuestionaban su mano en una época de turbulencias en Valdebebas, reivindicando la lealtad al club por encima de los egos. Sorprende que, años después, aquella píldora recupere vigencia y desnude a una parte de la afición embelesada por nostalgias totalitarias. No a todos, evidentemente. Pero ahí está ese grupo de neonazis – cuyo nombre no quiero pronunciar - que, afortunadamente, llevan años fuera del Bernabéu, pero que hacen ruido en redes sociales.

La polémica alimentada por los medios de comunicación, a quienes les dio exactamente igual que los campeones del Mundo del Barcelona no hicieran lo propio contra el Levante, surtió su efecto. Si la guerra civil en el madridismo ya era evidente por lo que atañe al verde, ahora se añadía un componente pseudopolítico. La fractura se ensancha y se respira en el estadio, donde cada partido como local empieza a adquirir aire de plebiscito - con razón, en ocasiones -. Ahora, hay gente exigiendo el despido de Mbappé, Vini y Konaté, mientras desean que su supuesto equipo no solo pierda el derbi frente al Atlético de Madrid, sino incluso que descienda a Segunda División, precedido de un "soy madridista, pero". Todo un clásico.

¿Todo bien en casa? ¿Qué clase de sentimiento es ese? Puedo entender que haya gente decepcionada con los tres jugadores. Se puede no estar de acuerdo. Se puede pensar que el gesto fue torpe, innecesario o perfectamente legítimo. También podemos discutir si una iniciativa promovida por empresarios valencianos debería convertir a futbolistas en vehículos de un mensaje político o institucional. A título personal, un gesto de la patronal para con sus semejantes jamás tendrá mi apoyo. La explicación de Mbappé, en cambio, fue en otra dirección: respaldo al pueblo de Ceuta, pero con un recuerdo para los inmigrantes que han muerto buscando un futuro mejor. Es decir, que no quería “priorizar sufrimientos”.

Lo más llamativo es que quienes se han levantado en armas contra los tres jugadores díscolos - algunos ocultos tras avatares que eliminaron de su fondo la bandera del aguilucho para cobrar por el apoyo electoral a Enrique Riquelme – son los mismos que durante años han repetido hasta la saciedad aquello de “no hay que mezclar política con deporte” cuando miles de impresentables pitaban el himno de España en un estadio. Ahora, cuando un jugador como Mbappé, que no ha ocultado nunca su afinidad por la izquierda, o Vinicius toman una decisión que desparrama su monodosis ideológica, exigen adhesión a una posición política. La suya, evidentemente.

Tampoco el Real Madrid o su presidente se salvan de la quema. El elenco de nostálgicos puso en circulación la conspiranoia sobre una supuesta influencia en la sombra del banquero marroquí Anas Laghrari. Un relato que, por lo que sea, chocó de frente con la posterior visita de Florentino Pérez, acompañado por el presidente de honor del club, José Martínez Sánchez Pirri - ceutí de nacimiento -, a la Ciudad Autónoma para expresar el apoyo del Real Madrid a su ciudadanía tras la crisis migratoria

El Real Madrid no es un partido político. Tampoco lo son Mbappé o Vinícius. Agradecería que más futbolistas rompieran tabúes y sirvieran de altavoz para causas sociales, como otros deportistas, pero no lo hacen. Juegan al fútbol, representan a un club y tienen derecho a pensar y actuar como quieran dentro de los límites de la ley y de las normas de conducta de la entidad en cuestión. Si en el campo no rinden, soy el primero en criticarlos y especialmente con dos de los mencionados. Mi círculo está acostumbrado a lidiar con mi vinagrismo. Lo que me cuesta entender es que alguien que se autoproclama madridista desee a su club y a sus jugadores un rotundo fracaso porque no se enfundan no sé qué camiseta de un grupo de empresarios. Mourinho llevaba años avisando. Madridismo disfrazado.

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