Mientras buena parte del fútbol concentra su atención en los fichajes, los resultados y la preparación de la nueva temporada, Pep Guardiola ha vuelto a utilizar su dimensión pública para mirar más allá del terreno de juego. El entrenador catalán ha acogido a 28 niños palestinos afectados por la guerra en la sexta edición de su campus de verano, celebrado en la localidad de Rialp, en el Pirineo catalán.

La iniciativa pretende que los menores puedan alejarse temporalmente de una realidad marcada por la violencia y disfrutar de unos días en los que el balón vuelva a ser simplemente un juego. Entrenamientos, actividades educativas y convivencia con otros jóvenes forman parte de una experiencia pensada para devolverles algo tan cotidiano como difícil de encontrar en medio de un conflicto: la posibilidad de comportarse únicamente como niños.

Fútbol para recuperar cierta normalidad

La participación de los menores palestinos comenzó a organizarse en enero, después de que un joven residente en Barcelona contactara con los responsables del Pep Summer Camp. Su intención era cumplir el sueño de cerca de una treintena de niños que admiraban a Guardiola no solo por su trayectoria deportiva, sino también por la postura pública que había mantenido ante la situación de Palestina.

Los 28 participantes llegaron a Barcelona antes de incorporarse al campus y fueron distribuidos en parejas entre los diferentes grupos de entrenamiento. Además, cuentan con el acompañamiento de cinco monitores que también ejercen como intérpretes, facilitando su integración con el resto de los jóvenes. El campus reúne en sus diferentes turnos a más de 700 niños y niñas.

La intención de los organizadores ha sido evitar que reciban un trato distante o excepcional. Dentro del campo son unos participantes más, comparten ejercicios con los demás y pueden relacionarse a través de un lenguaje que no necesita traducción.

“Detrás del balón todos somos iguales”, explicó el coordinador del campus, Toni Aguilar, al señalar que durante esos días los menores pueden olvidar parcialmente los problemas que condicionan su vida cotidiana. Guardiola también visitó las instalaciones, conversó con los participantes y compartió varios momentos con el grupo.

El gesto no detendrá la guerra ni resolverá la emergencia humanitaria, pero ofrece a los niños un espacio seguro en el que entrenar, aprender, sonreír y recuperar durante unos días una parte de la infancia que el conflicto les ha arrebatado.

Un compromiso que comenzó mucho antes

La llegada de los 28 menores a Rialp no representa una acción aislada. Guardiola lleva tiempo pronunciándose públicamente sobre el sufrimiento de la población palestina, con una atención especial a las consecuencias de la guerra sobre los niños.

En junio de 2025, durante la ceremonia en la que recibió un doctorado honorífico de la Universidad de Mánchester, el técnico apartó momentáneamente el fútbol de su discurso. Guardiola aseguró que lo sucedido en Gaza le dolía “en todo el cuerpo” y pidió observar la tragedia desde una perspectiva humana, alejada de las diferencias ideológicas.

El entrenador explicó que al contemplar las imágenes de los menores heridos o muertos pensaba inmediatamente en sus propios hijos. También advirtió del peligro de asumir que el sufrimiento de niños nacidos lejos de Europa no tiene ninguna relación con el resto del mundo.

A través de una metáfora, Guardiola recordó la historia de un pequeño pájaro que intenta apagar un incendio transportando diminutas gotas de agua. El animal sabe que no podrá detener las llamas por sí solo, pero decide actuar para no permanecer inmóvil. Esa idea resume buena parte del comportamiento posterior del entrenador: quizá no pueda cambiar el conflicto, pero se niega a mirar hacia otro lado.

Del discurso a las acciones solidarias

En noviembre de 2025, Guardiola participó en la promoción del partido amistoso entre las selecciones de Cataluña y Palestina, celebrado en el Estadi Olímpic Lluís Companys. El entrenador llamó a llenar las gradas y presentó el encuentro como un acto de solidaridad y homenaje a los deportistas palestinos fallecidos durante la guerra.

El partido reunió a más de 30.000 espectadores y los ingresos obtenidos se destinaron a proyectos de ayuda humanitaria y cultural. Más allá del resultado deportivo, las banderas y los mensajes de apoyo convirtieron el encuentro en una plataforma para dar visibilidad a la situación de la población palestina.

Su intervención más contundente llegó el 29 de enero de 2026, durante el concierto solidario organizado por Act x Palestine en el Palau Sant Jordi de Barcelona. Guardiola apareció en el escenario con una kufiya palestina y comenzó su discurso con el saludo árabe “Salam Aleykoum”.

Los hemos dejado solos”, afirmó ante el público. El técnico criticó la pasividad de la comunidad internacional y aseguró que las sociedades deben posicionarse junto a quienes se encuentran en una situación de mayor vulnerabilidad. También acusó a las élites políticas de enviar a personas inocentes a combatir mientras sus dirigentes permanecen protegidos.

El reconocimiento desde las ruinas de Gaza

Las palabras y los gestos del entrenador han encontrado respuesta dentro de la propia Franja. En febrero, Guardiola firmó camisetas destinadas a Voluntad de Gaza, un equipo de fútbol integrado por jugadores que habían sufrido amputaciones.

Los miembros del conjunto habían publicado anteriormente vídeos jugando entre los escombros y sosteniendo una fotografía del técnico junto a una kufiya. Para ellos, la camiseta firmada no representaba únicamente un objeto deportivo, sino un reconocimiento a quienes continuaban practicando fútbol a pesar de las heridas provocadas por el conflicto.

Meses después, artistas palestinos pintaron retratos de Guardiola y Lamine Yamal sobre edificios destruidos en Gaza. La iniciativa, impulsada como agradecimiento por sus muestras de apoyo, reflejó el impacto que pueden alcanzar las palabras de dos figuras internacionales del fútbol entre una población que se siente abandonada.

El mural del entrenador aparecía en un entorno completamente alejado de los estadios modernos, los banquillos de la Premier League y las grandes noches europeas que han definido su carrera. Era su rostro dibujado sobre los restos de una construcción destruida, convertido en símbolo de acompañamiento para quienes agradecían que alguien con su altavoz no hubiera guardado silencio.

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