Está feo que utilice este espacio para la autopromo, pero ¡qué coño! También para eso existe. En La hora de Okocha - programa diario de El Regate en YouTube y Spotify - repasábamos lo que había dado de sí la jornada de Champions. El ojo clínico se posó, como de costumbre, en el Real Madrid. Concretamente, en ese partido ciclotímico de los blancos durante el regreso del César Mourinho a Roma. Está mal que lo diga yo, pero comentábamos durante la grabación, y con buen criterio, que el fútbol es mucho más simple de lo que queremos hacer ver. A veces basta con ordenar las piezas con cierto sentido, alejarse del nombre propio y abrir paso al hambriento frente al apático.
Ocurrió ya contra el Villarreal. Al menos durante unos minutos. Entró Vinicius Jr. al campo con destellos del brillo de antaño, aunque sin terminar de escapar del agujero negro en el que lleva atrapado un tiempo. Pero no. Lo importante no está en el '7' brasileño. Otro partido de digestión lenta con la dupla Valverde-Tchouaméni en la sala de máquinas. Para muestra, un botón. O no. Tres años no deben ser suficientes para saber que el camino de vuelta a la cima no pasa por encofrar el centro del campo. La fluidez no se construye con pies de plomo. No literalmente, vaya.
El portugués movió las fichas de su tablero. Arda Güler pasó a la base. Fede, a la banda derecha. Primero arriba y después al lateral. Lugar prohibido para el Valverde del pasado, aunque al parecer Setúbal impone más que Tolosa. Lejos de alcanzar un estado tántrico de brillantez, el equipo comenzó a fluir con más naturalidad. El turco, pese a no ser su posición natural - tampoco lo fue la del Kroos primigenio -, sabe lo que hay que hacer con un balón en los pies. No es todavía su principal virtud, quién sabe si lo será en el futuro, pero inoculó cierto orden en el caos.
El uruguayo y el francés ya no se escondían; apoyaban. Favorecían la circulación sin tener que cargar con todo el peso de la creación, una responsabilidad que desnuda sus limitaciones. A partir de ahí, el Madrid creció. La conclusión que dejó el choque liguero recordó ligeramente al arranque de la temporada pasada, con los mismos vicios en las piernas y las cabezas de los protagonistas, pero con una mano más dura blandiendo el látigo desde la banda. El Real Madrid no jugó bonito, pero sí lo hizo bien. O al menos hizo por parecer que así fuera.
La historia fue similar en el Olímpico el miércoles. Es perfectamente defendible el plan de Mourinho, siempre y cuando tengas al menos a diez soldados - contando el portero - dispuestos a compensar la falta de fútbol con físico y generosidad en el esfuerzo. Pero el dibujo nacía condenado al prescindir de un perfil como el de Trent en el lateral derecho, capaz de lanzar a los atacantes a la espalda de la Roma cuando los italianos adelantaban la presión. El problema no era solo lo que Mourinho pretendía hacer, sino con quién pretendía hacerlo. Las pérdidas absurdas de Mbappé y Vinicius terminaron de espolear a los italianos, que creyeron tanto en la gesta que llegaron a asumir el 3-1 como el final del sueño.
La pesadilla - para la Roma - llegó desde el banquillo. De nuevo, desde lo cerebral y el talento. Güler y, esta vez, Bernardo Silva asumieron el mando para devolver cierta lógica al juego del equipo. Vini, que tras el espejismo del Villarreal había vuelto a su versión más apagada, se fue prematuramente al banco. Oportunidad para Endrick. También para Espí. Hambre, juventud y ganas, además de una clarividencia que lleva demasiado tiempo sin encontrar acomodo en este equipo. El Madrid comenzó a reconocerse con la redonda, aunque la remontada terminara llegando a balón parado, gracias a la precisión con la que el turco ejecutó los saques de esquina. Conviene establecer una distinción relevante. Una cosa es jugar mejor y otra, que el marcador termine dándote la razón. Mourinho encontró respuestas en los cambios, pero necesitó verse contra las cuerdas para buscarlas. Y sí, en cierto modo tenía razón. El once que acabó el partido no garantiza el éxito. Es una cuestión de equilibrio, parafraseando a Carlo Ancelotti.
El fútbol es mucho más simple de lo que creemos. A veces basta con romper el cemento, dejar de empeñarse en que todos sean lo que no son y confiar la pelota a quienes saben qué hacer con ella. Roma puede ser un punto de inflexión. El problema sería confundir la remontada con una absolución y el Real Madrid vuelva a tropezar con los mismos errores. Por enésima vez.
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